E n Venezuela es fundamental destacar físicamente, y la competencia entre las mujeres es feroz. Basta con echar un vistazo al centro de cualquier ciudad grande, como Caracas, para darse cuenta. Las calles son las pasarelas de las mujeres, y los hombres son los espectadores que asisten boquiabiertos a ese desfile masivo sin organización.
El recién llegado/a no parará de girarse para contemplar todo el esplendor de unas bellas caderas y su sano contoneo. Y como estamos en la calle, vale todo: intercambiar miradas pícaras o decir piropos, la clásica artimaña latinoamericana para llamar la atención de una chica (que algunas veces funciona). En las discotecas y centros comerciales es más alucinante todavía.
También se podrían hacer apuestas para adivinar la edad de las mujeres, cosa prácticamente imposible. ¿El secreto? La belleza de la mujer venezolana es una cuestión, sobre todo, de actitud.
Soy guapa, luego existo
En la cultura nacional existe un profundo culto a los concursos de belleza: desde la elección de la más bonita de la clase en tu colegio hasta las elecciones de la reina de las fiestas de tu barrio, tu ciudad y tu pueblo, o la madrina de los juegos deportivos, o la reina del carnaval... Son incontables las excusas para elegir a la más guapa. A pesar de ser, para muchos, frívolos e innecesarios, los concursos de belleza y las misses venezolanas son la imagen que mejor representa al país en el exterior. Después del petróleo y de Hugo Chávez, claro.
Como venezolano, durante toda mi vida he vivido bajo el influjo de una televisión plagada de culebrones y de la influencia del certamen de Miss Venezuela, el “magno evento de la mujer venezolana", como lo definen sus organizadores. El certamen es una industria que mueve millones de dólares al año, y lo cierto es que paraliza al país entero. A falta de un equipo aceptable en el Mundial de fútbol, buenas son las misses. Con motivo de Miss Venezuela se organizan reuniones en casas de amigos, se hacen apuestas, se emiten programas especiales en la televisión... Y lo mismo sucede cuando se celebra Miss Universo, la única ocasión en que el país se pone de acuerdo en algo: el deseo que gane nuestra representante.
Aún puedo escuchar los gritos de la gente por las calles cuando alguna de nuestras candidatas para el título de Miss Universo ganó. En 1979, Maritza Sayalero se convirtió en la primera compatriota en alcanzar el título y, además, la primera que se operó la nariz. Desde entonces, ya son varias las coronas que las mujeres venezolanas se han colocado en su cabeza: cuatro de Miss Universo (hasta la fecha, somos el país que ha ganado más veces) y cinco de Miss Mundo. Y en otros certámenes tenemos ya más de cien coronas registradas.
Cuando algún extranjero conoce a un venezolano, siempre surge la misma conversación: “Tenéis unas mujeres bellísimas que ganan los concursos de Miss Universo, me encantaría conocer vuestro país”. Y el pecho se llena de orgullo patrio y frívolo, aunque a veces uno se pregunta para qué sirve eso. Hay que reconocerlo: las mujeres de Miss Venezuela han sido las mejores embajadoras, el mejor producto de exportación y la mejor campaña turística para el país.
Disciplina nazi
Para concursar en Miss Venezuela, las condiciones son mucho más exigentes que para ser elegida la más guapa del barrio. Para empezar, las chicas seleccionadas (no tienen por qué ser propiamente de las regiones que representan) son sometidas a una disciplina de ejercicio y alimentación que las lleva al borde del colapso nervioso. Sin embargo, su participación en el certamen les otorgará un estatus que puede abrirles muchas puertas. El fotógrafo Fran Beaufrand lo explica: "En un país tercermundista como este, las grandes oportunidades para una mujer joven pueden estar en el concurso de belleza. Nuestra verdadera y única realeza está construida en el imaginario popular por las reinas de la belleza, quienes, con su juventud y buenos modales, han suplido esa necesidad de ídolos de alcurnia y abolengo".
En Miss Venezuela hay de todo, como en una buena telenovela venezolana: intriga, pasión, belleza, crueldad y mucha fantasía. Aunque de puertas para afuera no se percibe el enorme sacrificio de estas niñas (cada vez más jóvenes), con las hormonas todavía no estabilizadas. Una extrema disciplina conductual, física y alimentaria. A la vez, se les moldea el cuerpo con los métodos artificiales más conocidos.
Mujeres como producto
Daniel Zapata, director de una agencia de modelos de Caracas, comenta: “Desde dentro, el certamen no es tan bello, ni tan de color de rosa. No es un cuento de hadas. A las chicas se les trata como a objetos: no importa si están deprimidas, si tienen familia o no. Las mujeres son un producto. Suelen ser chicas de 17 a 19 años, todavía son niñas. Muchas de ellas incluso son vírgenes. Alrededor existen demasiados intereses, muchos “amigos” que buscan favores. Muchas chicas salidas del certamen han llegado a ser famosas, pero también algunas se han dedicado a la prostitución de lujo. Incluso ha habido prostitutas que han entrado en Miss Venezuela para mejorar su estatus en el trabajo. El concurso es un trampolín, pero te enseña poco. De todas formas, la experiencia en sí misma es enriquecedora: las niñas tienen que tener mucha responsabilidad y mucho aguante”.
En Miss Venezuela, pues, sólo una chica se llevará la corona y los aplausos. Pero a las demás, la experiencia les cambiará y se irán tratando de aprovechar esos quince minutos de fama como trampolín para el estrellato. No todas lo lograrán.