Difícil. Ésa es la palabra comodín con que los cubanos se refieren a cualquier intento de hacer algo diferente, alejado de la “normalidad”. Por eso, el rock al margen de los cánones soneros y tropicales de la música cubana de siempre entre en la categoría de lo “difícil”. Por suerte, la escena underground cubana está llena de artistas con talento y perseverancia, a los que la dificultad no asusta.
Tienen su público e incluso un pequeño circuito de locales más o menos improvisados en los que tocar con regularidad, pero carecen de todo apoyo oficial, no tienen una industria a su alrededor y, además, se sienten vigilados por el omnipresente ojo del Gran Hermano revolucionario. Todos esos inconvenientes los suplen con unas ganas locas de ir donde les lleve su música, aunque sea a tocar en cualquier parque público entre edificios en el que sea posible enchufar un par de amplis.
Libertad vigilada
Esta escena de rock semiclandestino volvió a estar de actualidad hace unos meses, cuando el cantante de Porno para Ricardo, Gorki, estuvo a punto de ser encerrado de nuevo (ya pasó dos años entre rejas por los mensajes “subversivos y contrarrevolucionarios” de sus canciones”). Al final, obtuvo la libertad incondicional, pero ni siquiera el riesgo de pasar otra temporada a la sombra ha hecho que Gorki renuncie a su actitud individualista y punk. Le vistamos en La Habana, y le encontramos inmerso en ese melodrama surrealista que es últimamente su vida y la de su banda. Su local de ensayo es un eterno trasiego de gente rara y chicas guapas que vienen a verles tocar. En una habitación sin un solo ventilador y en la que el calor es asfixiante, entre cartones de huevos para tratar de insonorizar la pieza y carteles con las portadas de sus discos rodeándoles, atacan los primeros acordes de una canción apabullante. Las guitarras se incrustan en el tímpano como filos de cuchillo, el sonido el feroz, inconexo, atronador. Las letras, poco menos que incomprensibles para mí, aunque sí se reconocen consignas gritadas contra el gobierno, contra Fidel, contra su hermano y contra lo que se ponga a tiro. Subversión sonora. Punk del duro.
El nombre, según me explican, es una broma privada. Un amigo de la banda, Ricardo, es un adicto al cine X. Por eso, en fiestas y reuniones, se convirtió en un ritual que alguien gritase de vez en cuando, sobre todo en momentos de relativa calma: “¡Porno para Ricardo, por favor!”.
Hoy, ya le ven otros sentidos al nombre, al margen de la simple anécdota: “Todo en la banda es una oda al placer, a la defensa del individuo frente a los que quieren convertirnos en masa mísera”, apostilla Gorki. Según él, “pese a la represión y al miedo, quedan espacios de luz para que los disfrute la gente creativa, los que no se resignan a ser mediocres”.
En 2003, Gorki fue una de las víctimas del llamado Plan Coraza, una ofensiva policial para retirar de las calles a la “escoria” de la sociedad cubana. A falta de algo mejor, le endosaron una acusación por tráfico de drogas “más falsa que un billete de 4 pesos cubanos, porque sólo lo hicieron para joderme”, dice Gorki. Había recibido un aviso gubernamental unos meses antes de que debía cambiar el nombre al grupo así como las letras de las canciones. Gorki como buen punki, se negó, y a los pocos días, tras participar en un festival anual de rock, la policía lo detuvo siguiendo las normativas anti-droga, que permitían a las autoridades sacar de la circulación a personajes incómodos con casi cualquier pretexto, justificado o no. En este caso, la policía se basó para el arresto en la presunta denuncia de una asistente a ese concierto, que acusó a Gorki de haberle vendido “una pastilla”. En el juicio, que fue público, la acusación no se tomó la molestia de presentar pruebas al respecto: se centraron desde el principio en el supuesto carácter anti-social de la música rock, así como en la falta de virtudes revolucionarias del propio Gorki. Sin más, fue hallado culpable de un delito de tráfico de drogas y condenado a cuatro años de prisión mayor.
Un mártir del compás
“Pasé dos años en una celda minúscula con otro recluso, sin acceso directo a fuente de agua y sin alimentos suficientes ni atención médica adecuada. No se me permitía abandonar aquella celda ni para bañarme ni para comer, sólo para salir al patio del penal durante dos horas a la semana y para acudir a las sesiones periódicas de reeducación. No tuve acceso a prensa, radio o televisión. Sólo se me autorizó a recibir visitas de los familiares más cercanos una vez cada tres meses”.
Estando él entre rejas, su banda actuó en la película española ‘Habana Blues’, en todo un derroche de rabia fértil y actitud punk. “Me perdí eso”, nos confirma Gorki, “estaba preso, mi hermano”. Como si se tratase de una pesadilla recurrente, el pasdo verano se presentó en su casa la policía para detenerle de nuevo. Esta vez, los cargos eran los de “peligrosidad social y alteración de la paz social”. Al parecer, una vecina, presidenta del comité de defensa de la revolución de su barrio, le denunció por el estruendo de sus ensayos y lo “obsceno” de sus letras.
Esta vez, funcionó la táctica de darle publicidad a la detención e “internacionalizar el conflicto”. Una campaña de solidaridad de músicos de varios países y la cobertura que la prensa occidental dio a la noticia ayudaron sin duda a que todo se saldase con una multa de 600 pesos (18 euros).
“Yo no soy político”, remata Gorki, “sino artista. Todo nuestro mensaje se resume en reivindicar el libre albedrío y la libertad sexual, algo que se consideraría normal en cualquier país del mundo libre. ¿Por qué en Cuba no lo es?”
Los ases de la nueva escena cubana
Hay otras bandas de interés, pero estas cuatro son, junto con Porno para Ricardo, de lo mejor que ha emergido de la escena underground cubana en los últimos años.
Free Hole Negro
Juntos bajo ese nombre desde diciembre de 1999, los Free Hole Negro partieron de la clandestina escena hip hop de La Habana para crear su propio estilo, el free hop. Tal y como ellos lo entienden, se trata de una síntesis en clave rockera y hip hopera de tendencias musicales internacionales y ritmos cubanos más tradicionales. Los Free Hole hacen una relectura moderna y muy directa del funk, la rumba, el jazz tropical, el mambo, el danzón o el son montuno, y no se olvidan de inyectarle dosis de house, drum & base y lo que se tercie. El resultado: uno de los grupos más cool y con mayor personalidad que pueden encontrarse hoy por hoy en Cuba.
En cuanto al nombre, aparte de un obvio juego de palabras con uno de los platos estrella de la gastronomía tradicional cubana (los fríjoles negros), hace referencia a conceptos que sienten m,uy cercanos, como la libertad estilística o la energía desordenada, incomprensible y poderosa de los agujeros negros. Un cóctel de ideas muy sugerentes que define a la perfección a este grupo de síntesis.
Cuba Libre
Aseguran estar en lo mejor de su fase creativa aunque tengan los bolsillos vacíos. Tratan de tocar allí donde los inviten, pero no siempre cobran. Su música se define como “timba metal” con aderezos de hip-hop y rap. No se complican a la hora de componer letras: chicas, fiestas y libertad de pensamiento. En definitiva, promover espacios de libertad y hedonismo en una isla con demasiadas carencias. Según ellos, “si tuviéramos acceso libre a Internet, las cosas serían diferentes”.
Scape
Les llaman “frikis”, que es el término despectivo que se aplica a los rockeros en Cuba. A ellos les encanta, porque refuerza su propia idea de que son “incómodos” por “diferentes”. Esta banda de heavy actúa muy a menudo, en conciertos rara vez publicitados y que suelen reunir alrededor de 200 personas gracias al boca a oreja. La suya es una de las músicas consideradas “no oficiales” por el gobierno, y aún la hacen menos oficial sus letras, subversivas, llenas del desencanto de una generación harta de que le falte de todo. Su líder, Jennifer, es la primera mujer que se atreve a hacer heavy metal en Cuba. Procedente de una familia de músicos con cuyo apoyo ha contado desde el principio, dice sentirse “arropada y segura” en una banda de chicos. “Sólo nos faltaría poder ganarnos la vida con esto, que es lo que verdad nos gusta”, dice con una mueca en la que se aprecia cierta ironía, incluso fastidio. “Pero esto es Cuba, y aunque estemos en ello, vivir del metal cubano es algo que hoy por hoy no parece posible”.
Sociedad Habana Blues
Y cerramos con el proyecto personal del bluesmen de La Habana Miguel de Oca. Él fue el encargado de dirigir las primeras jam sessions de blues de las que hay constancia en La Habana. Además de un colectivo de músicos que se reúnen para tocar juntos su estilo favorito, la Sociedad Habana Blues es una asociación cultural que funciona desde los 90 y ha hecho una gran labor a todos los niveles para difundir el blues en su país.