Vicio y subcultura Las actrices X quieren tallas grandes

Abel Danger y su declaración de amor vía Twitter al superdotado Julio Gómez nos han acabado de abrir los ojos. El tamaño importa, señores. Las actrices porno prefieren las tallas XXL.

Kate England
Javier Blánquez | 13/03/2017 - 14:27

Siempre nos han dicho, porque incluso el hombre medio necesita mentiras piadosas que lo consuelen en sus momentos de mayor debilidad, que el tamaño no importa. Lo importante es cómo utilizas esa cosa tuya tan pequeñita, que parece un garbanzo en remojo!, nos repiten siempre a modo de mantra.

Por el tamaño, por supuesto, nos referimos a las medidas –longitud, grosor– de la herramienta sexual que cada uno de nosotros portamos en la guantera, y que en la gran mayoría de los casos es una cosa discreta, estándar, sin mayor trascendencia, que hasta nos la podrían amputar y no la echaríamos de menos salvo para lo bien que viene cuando se trata de orinar de pie.

Y para poco más, en realidad. Ojalá fuéramos todos como Príapo, dios griego de la fertilidad, que llevaba siempre en ristre un tronco en el que se podría haber colgado un columpio. O como Torito, colaborador de esta santa casa, que asegura estar mejor dotado que un purasangre de carreras.

Sobre todo porque, ¡que no te engañen! –diríamos al más puro estilo HazteOír–, lo que le gusta a las señoras, y algunos hombres homosexuales también, y a mucha gente que trabaja en dirección de casting, y a algunas clínicas de fertilidad, es que los penes sean grandes. Pequeños hay muchos y no llaman la atención. En cambio, los grandes son como el embutido bien hinchado: son los que la gente se lleva antes.

 

Fuera tópicos

La demostración empírica de que el tamaño importa, y que importa mucho, y que sobre todo está muy interiorizado en la psique de las señoras que si no se tiene lo que hay que tener mejor no insistir, es que en la dimensión espectacular del sexo, allí donde todo se sublima hasta extremos de irrealidad –que es donde se cumplen las fantasías–, las pollas enormes se cotizan como si fueran lingotes de oro o huevas de caviar.

Carter Cruise

 

En el porno, salvo que seas un follador hábil y fiable, tipo Toni Ribas, los tamaños medios no tienen una trascendencia destacable. Allí se busca que quien maneje un arma vaya con un bate de béisbol o con un mosquetón de los tiempos de Luis XIV, y no con una pistola de poco calibre o con un tirachinas.

Todo esto está muy interiorizado en la industria, forma parte de su legado histórico: a John Holmes, la primera gran estrella masculina del porno, le apodaban Mr. 35 porque esos eran los centímetros que ocupaba salva sea la parte una vez desalojada del gayumbo, y con esa tranca descomunal, que más parecía una columna dórica de un templo griego que un rasgo particular de su anatomía, marcó el camino del futuro.

Queda muy bien en pantalla que los actores tengan proporciones superiores a la media, permiten proyectar una fantasía de superación, y además da múltiples posibilidades a los guionistas para imaginar situaciones altamente eróticas, o incluso grotescamente cómicas.

 

Casos extremos

Así, en la industria del cine X es mucho más fácil obtener trabajo si tus cualidades zoológicas son notables, y te convertirás un dios –al estilo gladiador en el coliseo, o Messi en el césped– si además de volumen, también tienes amplia capacidad de riego y cualidad como performer.

Se cuentan historias de penes dopados, hinchados artificialmente con inyecciones o bombas de vacío, pero muchas veces no se puede burlar a la naturaleza, que reparte suerte de manera desigual, y a quien le toca la lotería el porno le recibe con las extremidades (brazos, pero también piernas) abiertas.

Algunos de los actores más grandes de todos los tiempos lo han sido porque, además, eran grandes de calzoncillos para adentro. Observemos detenidamente el caso de Nacho Vidal, al que el pene no le cabe en un vaso de cubata: gran follador, mejor persona, su lema es “una, grande y venosa”, como Rocco Siffredi, o como Manuel Ferrara, un tipo con una base tan gruesa, con un diámetro tan bestia, que cuando ves lo que tiene colgando tienes la tentación de pensar que estás ante un mayorista de hortalizas. No nos extrañe, pues, que en plena interpretación de la obra, la frase más repetida por las actrices sea “it’s, oh, so big”.

Alexa Grace

 

Lo que les gusta a ellas

Porque a las actrices, con la única excepción de las que tienen tamaño de cuerpo ultra-small, porque estas viven con miedo a implosionar tras una inspección espeleológica de su anatomía, les gustan los tamaños grandes.

Siempre que les toca rodar una escena con Manuel Ferrara hay fiesta, y sólo así se explica el boom en los últimos años del porno interracial. Reducido poco a poco el estigma que arrastra esta modalidad del cine X, aflora una verdad evidente: si el porno es un espectáculo, y este espectáculo se nutre de penes grandes, tetas en consonancia y mucha naturaleza salvaje, es en los actores de color (negro) donde está la mejor mercancía.

En los últimos años, el porno interracial ha vivido su edad de oro gracias a performers que más que actores parecían la sota de bastos sacada de una baraja de cartas, como Mr. Marcus, Lex the Impaler y Mandingo.

Hay más actores negros muy bien dotados, y que además han alcanzado un alto rendimiento en sus escenas, pero con estos tres tenemos perfilado a la perfección el pódium de los grandes nabos del circuito X.

Si había cualquier atisbo de reticencia racista, rápidamente quedaba aparcada porque lo que a las actrices les atraía más, aparte del sobre con el dinero, era el morbo incontrolable que producía una huerta tan vigorosa como la del gremio zaíno.

Nunca por debajo de los 20 centímetros, con un brillo mate y con una posibilidad de ensayar planos espectaculares con la cámara –del tipo meter la puntita, llegar hasta el fondo, y que quedara fuera el equivalente a un salchichón de Casa Tarradellas–, los actores negros le dieron al porno lo que Stephen Curry al baloncesto: verdadero showtime. Ahora mismo, es más probable admirar una obra maestra de la pintura en una escena de gang bang en una producción de HardX o Brazzers que en el Museo del Prado, donde cuelga el famoso cuadro de Velázquez, ‘Las lanzas’.

 

Ya viene Julio Gómez

Y cuando creíamos que en el porno ya estaban reunidos los mayores penes de toda una generación, nos hemos dado de bruces con la realidad: faltaba el as de bastos, la vara del mago Gandalf, el árbol de la vida –o el árbol de la ciencia, del bien y el mal, que presidía el jardín del Edén–, o lo que en otro contexto llamaríamos la alegría de la huerta.

Se trata de Julio Gómez, más conocido como Brake –algo así como el equivalente en porno a la estrella del pop afroamericano, Drake, el que ahora mismo se está cepillando a Jennifer Lopez–, el nuevo fichaje de Greg Lansky para la serie de escenas de sexo interracial Blacked.

Para los que últimamente estamos más interesados en el material de Blacked que en el de Blackie Books –bueno, es broma, nos encanta la editorial Blackie, en particular Carlo Padial, otro gran follador, pero la broma nos venía a huevo–, la irrupción de Brake ha sido una revolución.

No se trata de un actor negro con una herramienta grande. Se trata de un actor negro con una cosa monstruosa ahí colgando. Un pene de 30 centímetros como mínimo, más grueso que el pie de una farola, que no necesita estar en estado de erección porque incluso en reposo ya es gigante, y que está volviendo locas a las chicas del gremio.

Ava Dalush

 

Por ahora, Julio Gómez ha protagonizado solo dos escenas: una con Angel Smalls –que si fuera una estrella, astronómicamente hablando, sería una enana blanca de 1,53 centímetros– y otra con Alexa Grace. Aquí hay algo de trampa, porque Gómez ha rodado las escenas con chicas que son diminutas, y el contraste es más bestia. Pero no importa: esos atributos no son humanos, son taurinos, y el tipo ya es un dios.

 

Abella le tiene ganas

Hace poco, la voraz Abella Danger descubrió a Brake y le puso un tuit entusiasmado: “Te necesito en mi vida lo más pronto posible”. La imaginamos mirando fotos, viendo esa especie de secuoya negra colgando de la pelvis del sujeto, y rápidamente mandándole mensajes a todas sus amigas con expresión del tipo OMG! y el emoji de la berenjena, que se suele utilizar mucho en estos casos.

La imaginamos también llamando a su agente, pidiéndole que le cierre cuanto antes una escena con ese animal salvaje, para experimentar en primera persona lo que se siente al recibir en sus adentros una tranca morena de esas dimensiones sobrehumanas.

No será el único caso, por supuesto: el mundo del porno, hace poco reacio a los actores negros, pero siempre receptivo ante los tamaños XXL, ya no tiene vuelta atrás desde que este prodigio de la naturaleza ha irrumpido en escena. Hace buena la frase de Kase.O en la canción ‘Mierda’, de Violadores del Verso: “A mí me gustan grandes, y a ellas también”.

Porque no vamos a negar la evidencia: el tamaño importa, importa mucho, y allí donde haya un sexo de varón también valdrá el famoso refrán castellano, que afirma que, ande o no ande, siempre hay que preferir el burro grande. Aquí no sería un burro, sino un caballo, pero ya nos entendemos.

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