El sexo de Lucía A la cama hay que llegar sin prejuicios

Los convencionalismos y la moral no son buenos compañeros de cama. A veces hay que saltárselos o mejor dicho, habría que dejarlos atrás siempre. Solo así se pueden descubrir tesoros. Nuestra cronista nos cuenta su positiva experiencia en el sexo intergeneracional.

Tercera edad
Lucía | 17/10/2016 - 19:00

Lo primero en lo que me fijé fueron sus brazos: fornidos, duros como piedras, al menos en apariencia, con un tatuaje de chico malo que se hizo en el Ejército. Después, las piernas: unos gemelos espectaculares, de alguien que no ha parado en su vida de hacer deporte. Me gustaba aquel señor, era innegable, tenía pinta de empotrador.

Me gustaba, eso seguro. Pero me echaba para atrás su edad. Y es que, aunque nunca me la confesó, yo diría que ese hombre tenía al menos 60 tacos. Al menos, con un cuerpo y una vitalidad envidiables, no digo que no, pero 60 tacos. Y eso me rayaba cantidad. “¿Pero le vas a pedir el carné en la cama o qué?” me decían mis amigas. Era cierto, qué más daba la edad, tontos prejuicios que vamos arrastrando y que el día menos esperado llaman a tu puerta.

Lo cierto es que me gustaba aquel tipo y su vida (había sido piloto de helicóptero en la antigua Yugoslavia). Había vivido todo tipo de situaciones, viajado por todo el globo terráqueo, vamos, la clase de tipo interesante con la que una se toma unas copas y luego echa un polvo. O varios.

Y era obvio que yo también le gustaba: las miraditas, las sonrisas, que si te masajeo los hombros… Así que una noche llamé a su habitación, llevábamos unos cuantos días en aquel hotel rural asistiendo al curso, y le pregunté si quería que fuese a verle. Me dijo que le encantaría. Recuerdo que, nada más pasar la puerta de su habitación, me besó y me dijo: “Vienes para hacer el amor conmigo, pero espero que estés en buena forma física, porque una vez que empiezo, la cosa puede durar horas”. Y yo, que siempre he sido mitad personaje mitad femme fatale le contesté que no hacía el amor, sino que follaba. El amor se lo dejo a las películas de Hollywood.

Tercera edad

 

Maratón es poco

No me engañó: en efecto, estuvimos horas y horas disfrutando del cuerpo del otro. Y vaya cuerpo tenía, cuando le tuve encima no pude por menos que, utilizando mis palmas, medirle la espalda. Jesús qué espalda, qué torso y qué culo. Qué todo, si parecía un muñeco Geyperman. A eso de las seis de la mañana le dije que me volvía a mi habitación: no me había defraudado en absoluto, follaba mejor que muchos de treinta años y tenía un control sobre su eyaculación que no había visto antes en ningún hombre.

Lo que pareció ser un polvo de una noche se convirtió en un encuentro mensual: se venía a Madrid desde su playita del sur a pasar una noche conmigo. Recuerdo especialmente la primera: con toda la delicadeza, y quién diría que aquel mastodonte podía ser delicado, me trajo hasta un perfume.

Lo habitual era que yo, después de nuestros encuentros sexuales, no tuviera abductores y que al día siguiente mi vulva se quejase cariñosamente cada vez que me sentaba. Una noche se nos fue tanto la mano (juro que no entiendo cómo este hombre podía pasarse las horas sin correrse, con una energía bestial) que a la mañana siguiente cuando desperté y fui al baño me asusté, porque los labios de mi vulva tenían tres veces lo que era su tamaño normal, era unos labios “colganderos” como diría alguna amiga mía. Nada satisface tanto como el exceso, que decían en aquella película de Al Pacino.

Creo que estuvimos así más o menos un año. Lo acabamos dejando o para ser más correctos, lo dejé yo y él no se lo tomó especialmente bien. No sé por qué lo hice, quizás simplemente me había aburrido. Una es así, será por ser Cáncer, a veces me coge la luna, que diría mi madre, y tengo comportamientos extraños.

En todo caso atesoro con mucho cariño mi experiencia en la cama con lo que viene denominándose “la tercera edad”. De tercera, este señor no tenía nada pero si yo no hubiera sido capaz de dejar atrás mis tontos prejuicios, nunca lo hubiera descubierto. Y es que a la cama hay que llegar, en la medida de lo posible, ligeros de ropa y de prejuicios.

Tercera edad

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3 Responses to A la cama hay que llegar sin prejuicios

  1. ANGEL dice:

    Sera verdad, tengo mis dudas de gran tamaño

  2. masajeshotel dice:

    Me encantan estos relatos eróticos. Recuerdan a situaciones que has vivido o sabes que podrías vivir, y eso pone muy caliente. Saludos

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