Vicio y subcultura Abella Danger: la ninfa constante

Amor loco es lo que siente Blánquez por la actriz porno de Florida Abella Danger, una bomba termonuclear latina que destaca por lo muy en serio que se toma el sexo y lo intensa y honesta que está siendo su carrera.

Abella Danger
Javier Blánquez | 18/04/2017 - 16:10

En la carrera de casi todas las actrices del porno suele darse un momento en el que la curva de progreso deja de ser ascendente y comienza un valle de normalidad.

O dicho de otra forma: en los primeros meses de trabajo en la industria todo va muy rápido, cada nueva escena es un reto o un estreno, haces tu primer anal delante de una cámara, también tu primer interracial, te lo montas con dos tíos, pruebas con un gang bang, intentas superarte, hacerlo todo más difícil, más a lo grande, y cuanto más original o cochino sea tu enfoque sexual, más posibilidades hay de destacar entre toda la competencia y lograr tu estatus de estrella.

Y cuando eso ocurre, normalmente el ritmo baja: ya no hay que demostrar nada a nadie, solo hay que estar disponible para rodar unas pocas veces al mes y mantenerse en el candelero, porque admitámoslo también, hay un lado oscuro en el porno, un ritmo de exigencia muy sufrido que no todo el mundo está dispuesto a soportar por largo tiempo. Así que digamos que, pasados un par de años desde su debut, si una actriz ha sostenido una curva en ascenso, entonces todas las metas ya estarán logradas y el siguiente paso es recoger premios, billetes grandes y regalos que te envían los fans, comprados en Amazon. Lo que implica aflojar el ritmo.

 

En la cima

Un caso clarísimo de actriz que ya ha dejado de progresar y que se conforma con ir dando migajas de su sexualidad salvaje al sufrido espectador es Keisha Grey. Hace tres años, cuando Keisha irrumpió en el porno, era una post-adolescente disciplinada y voraz que, sencillamente, no decía que no a nada.

Cada mes podíamos tener unas diez escenas suyas para diferentes productoras, generosas en lorza y cerdadas, bien de arbusto y piel aceitada, en las que la nueva musa curvy se aplicaba con esmero a las necesidades del productor de la película y de lo que deseaban sus fans incipientes: alto voltaje encima del colchón, máxima dedicación en todas las fases del acto, finales felices, chorrazos de felicidad.

Era un espectáculo agradable y, lógicamente, los clientes querían más. Pero cuando Keisha ya lo dio todo, y tenía comiendo de su mano a millares de onanistas en todo el mundo, lo normal era que entrara en una segunda fase en su carrera: ahora es más importante la actividad en las redes sociales, mantener una agenda ocupada en apariciones públicas en clubes de strip-tease, y el porno en sí está limitado a unas pocas escenas al mes, muy bien pagadas, sin riesgos.

Ella ya ha avisado a sus fans: nunca esperéis que me meta dos rabos por el mismo orificio, por ahí ya no paso. Así que si se mantiene arriba un poco más, la siguiente fase se iniciará pronto: el contrato en exclusiva con alguna productora, exposición mínima y máximo rendimiento, sin tener que pasar por el aro del porno durísimo y humillante. Ahí es donde está ahora, por ejemplo, Adriana Chechick, que tras coronarse como la ‘female performer of the year’ a principios de este año, se refugió en Digital Playground. Y ha bajado su rendimiento cerdo, qué se le va a hacer.

 

Sin tregua ni cuartel

Pero hay una excepción a esta norma entre las actrices que irrumpieron en el negocio hace tres años, y que son las que ahora están en la cumbre.

Abella Danger

 

Hay una trabajadora redomada que simplemente entiende que su compromiso con los fans es estar al pie del cañón, y rodar y rodar y rodar y rodar, parafraseando a Zapatones, rodar sin descanso hasta que ya no se pueda más. Podría haber emprendido el mismo camino que otras compañeras de generación y, sencillamente, tener una agenda más selectiva y buscar un enfoque más glamouroso en cada una de sus escenas, como Eva Lovia, Carter Cruise o Valentina Nappi, que ya no se meten en según qué jardines, pero eso entraría en contradicción con lo que le atrajo del porno en un primer momento.

Ella no se metió en este mundo para “explorar su sexualidad” –según contaba en sus primeras entrevistas, ya la traía bastante explorada de casa–, ni tampoco para llevar una efímera vida de estrella entre los 20 y los 25 años, con un apartamento en primera línea de playa. Ella entró en esto porque follar es lo que más le gusta y resulta que en Los Ángeles hay una industria a tutiplén en la que hay demanda creciente y pagan de muerte.

Así que con 19 años se fue de su ciudad natal, Miami, y se puso a disposición de quien quisiera contratarla. Para ella no hay días de fiesta ni requisitos inasumibles de entrada. Siempre dice que sí. Podría aplicársele el título de aquella novela de Margaret Kennedy: es la ninfa constante. Dios bendiga a Abella Danger.

 

Una estajanovista nata

No hace ni tres años que Abella Danger está trabajando en la industria –su primera escena fue en septiembre de 2014–, pero parece que lleve aquí toda la vida.

La tenemos más vista que a la presentadora del telediario: a día de hoy, su cómputo de títulos grabados ya supera los 300, lo que significa que tiene una media de más de 100 escenas al año; algo así como una cada tres días.

Abella Danger

 

Es como un reloj, persistente, disciplinada, y aunque eso haya provocado una cierta sensación de saturación y agotamiento en la mirada del pornófilo voraz –no es nuestro caso, que conste; tenemos otras cosas que hacer–, lo cierto es que Abella no parece dispuesta a bajar el ritmo. Dicen algunos expertos que esta cadencia de trabajo tan elevado y cíclico puede acabar resultando contraproducente, porque ya no hay nada nuevo que enseñar, ninguna barrera que superar cuando ya lo has hecho todo, pero no parece que a Abella le haya pasado factura todavía esta ubicuidad sexual.

Quizá porque se percibe que no hay fingimiento excesivo cuando actúa: da la sensación de ser una mujer hambrienta, necesitada de su dosis de coitos ante una cámara, como si fuera una vampira obligada a salir de caza cada noche, y a la que no le importa demasiado si los actores son rednecks mediocres con bigote o los primeros de la clase, los Dupree, Val Jean o Blue de turno.

Ella se folla a lo que sea, y no le da importancia a si hay algún aspecto de lo suyo que te pueda molestar. ¿Que lleva meses sin depilarse la almeja? Pues no mires. ¿Que cuando habla parece que tenga voz de cazalla, esa entonación ronca de quien parece haberse levantado hace dos minutos y necesita urgentemente un café? Si no te agrada, ponte un disco de Maria Callas y escucharás una bonita voz, pero no des por saco. ¿Que exagera mucho en los orgasmos? Puede ser, pero lo que tú tienes es envidia por no poder chillar tanto como cuando a ella le mete cuatro dedos Manuel Ferrara y le hace emanar vida como si fuera la Fontada de Trevi.

 

Un presente espléndido

Lo más interesante del caso Abella Danger es que, en el último año de su carrera, no ha variado su estrategia. 2014 fue un periodo de novata en el que empezó a llamar la atención y encontró su lugar en la industria: se dio a conocer en los foros más adecuados, y poco a poco ya fue recibiendo las llamadas de diferentes peces gordos de la industrial –la fichó el representante Mark Splieger, el mismo que gestiona las carreras de Riley Reid y Keisha Grey, siempre ojo avizor ante la carne fresco y con olfato para detectar quien es una verdadera estrella en potencia–, y tuvo numerosas apariciones en escenas de HardX y productoras similares.

Abella Danger

 

Así que en 2015 la cosa se disparó a lo bestia y a principios de 2016 llegó la cosecha de premios: fue elegida como debutante del año en las tres grandes competiciones, los AVN, los XBiz y los XRCO. Había unanimidad: no solo tenía una estructura física digna de esa Venus de Willendorf que tan cachondo pone a Voiello, el cardenal más carismático de la serie ‘El joven papa’ –Abella entra en la categoría de latina, es culona y curvilínea, y ha llegado más lejos de lo que nos prometió la última gran esperanza sudamericana, Jynx Maze–, sino que en cada escena se entregaba como si fuera la última. Incluso en 2016 y todo lo que llevamos de 2017, hay una constancia de motor diesel en su manera de follar ante la cámara: Abella lo da todo, se entrega, se ofrece, no baja la guardia.

Seguramente, su secreto está ahí: si en un momento de indecisión no tienes claro qué ver cuando llega el momento de elegir una escena, sabes que Abella Danger es máxima fiabilidad, como el coche de Fernando Alonso (broma).

Hay una media constante de calidad que no baja. Sus más de 300 faenas no es que sean todas son memorables, como tampoco lo son las de Cayetano Rivera –hay una cierta repetición de patrones, con voltajes variables–, pero nunca engaña, ni tampoco decepciona. Además, Abella alterna lo soft y lo hard con bastante criterio, se pasa al lado glamuroso cuando conviene –siempre que Greg Lansky descuelga el teléfono, ella está disponible para montárselo con un semental negro, por ejemplo–, no distingue entre carne y pescado, y cuando toca hacer un gonzo cerdísimo, de esos en los que te está Ferrara durante una hora taladrando sin piedad, Abella Danger se presta.

Cuando eligió su nombre lo tenía claro: Abella en homenaje a Abella Anderson, la tremenda cubana de Florida que protagonizó el momento de explosión del porno latino, y que se retiró para ser la señora de Jules Jordan, y Danger porque es explosiva y tiene más peligro que Corea del Norte con un arsenal nuclear.

La amamos loquísimamente, para qué negarlo.

 

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