Vicio y subcultura Alexis Texas, ¿una musa para la era Trump?

Para Blánquez, Alexis Texas es, además de un escándalo y un primor, una reliquia. Una superviviente de otra era del porno en la que actrices rubias y neumáticas fornicaban al viejo estilo, con aire de distantes aristócratas del sexo.

Alexis Texas
Javier Blánquez | 27/02/2017 - 9:24

Alexis Texas debutó en el porno hace diez años, justo cuando había cumplido la mayoría de edad de los 21 –la que permite, además de mantener relaciones sexuales consentidas, beber también alcohol  y conducir camiones–, lo que significa que hace unos meses cumplió los 31, que es un número hermoso siempre y cuando no te dediques al cine X.

Porque, en el porno, cumplir 31 años significa estar en una situación un poco jodida o, cuanto menos, incómoda. A partir de los 30 es cuando se empiezan a producir las retiradas de las actrices veteranas.

Los motivos, ya se sabe, suelen ser dos: el primero es que ya no se ven capaces de resistir el empuje de las starletts jovencísimas que, cuando todavía pueden presumir de teens, y con el carné de identidad en la boca, se ofrecen a las productoras a precio de saldo, inundando el mercado de carne fresca y barata, mientras que el segundo viene derivado de una implacable ley natural: el avance de la edad es imparable y perjudica la lozanía de antaño –y por tanto hay estrías, patas de gallo incipientes, carnes que empiezan a colgar, operaciones de estética que no salen bien–, y sólo una pequeña porción de actrices se mantiene en la brecha, cambiando el registro y dirigiendo su trabajo hacia la categoría MILF.

Pero mientras se produce esa transición de lo que ya no es teen ni tampoco es madurita viciosa, muchas chicas pierden la paciencia y lo dejan: las ofertas que llegan están mal pagadas, en productoras de tercera, en escenas sin gusto. Un cuadro.

Alexis Texas

 

El inexorable paso del tiempo

Sobre esa crisis de los 30 en el porno habló ampliamente Asa Akira en su último libro de memorias, ‘Dirty Thirty’, y relata una realidad que muchas de las estrellas de principios de la década –Jada Stevens, Lexi Belle, la propia Asa, por ejemplo– hace tiempo que dejaron de estar en primera línea (cuando decimos primera línea nos referimos a la expresión, no a ‘Primera Línea’ la revista, porque aquí las querremos siempre).

Lexi Belle, por ejemplo, ya hace tiempo que colgó las bragas, y en el caso de Jada Stevens, sus escenas cada vez están más racionadas, y hace poco anunció que una de sus disciplinas más admiradas, la profundidad de su cavidad anal atravesada por un tráfico que ni el de la M-30, ya no la iba a practicar más. Y aunque Asa sigue siendo una reina en el negocio muy bien pagada, los productos en los que participa son cada vez más asépticos y generalistas, ya no pisa el barro del porno duro, que el cuerpo no está para según qué aventuras. Lo dicho antes: tener 31 años en el porno es una mierda.

Alexis Texas

 

Una excepción espléndida

Pero luego tenemos a Alexis Texas que, precisamente a esa edad, parece estar disfrutando de un momento imperial en su carrera.

Es cierto que lo que tiene Alexis no lo tiene casi nadie en este negocio –si hablamos de traseros especialmente esféricos y voluminosos, dos glúteos del tamaño de sandías de la huerta valenciana, no hay ninguno como el suyo–, pero eso no explica del todo por qué se ha convertido en una actriz referencial que resume muy bien, además, el momento anímico y social de los nuevos Estados Unidos de la era Trump.

Trump y el porno son conceptos muy alejados entre sí –siempre y cuando nos creamos que es cierto que existe un vídeo del presidente duchándose con el oro urinario de unas prostitutas rusas, que es mentira, pero molaría que fuera verdad–, pero algunas de las ideas que conforman el catecismo de Trump las podemos ver reflejadas en Texas.

La supremacía blanca, por ejemplo, en un negocio cada vez más racialmente diverso. El resurgir del viejo sur conservador. El tinte rubio de la señora americana de siempre. La intransigencia en ciertas líneas rojas. Si el porno en los tiempos de Trump debiera tener una musa, ella sería Alexis.

Alexis Texas

 

Oro bruñido

Mirémosla con atención. Alexis Texas es una pornstar como las de antes a la que le vendrían como anillo al dedo estos dos endecasílabos de Góngora –“mientras por competir con tu cabello / oro bruñido al sol relumbra en vano”; si no los han comprendido, es una metáfora del pelo rubio que compite con el brillo del astro rey–, y es que esta tejana es la apoteosis de la rubia respingona y neumática, a la que le queda de muerte el bikini para ir a broncearse en Venice Beach, y que aunque sea una auténtica bestia en la cama, quiere ser ante todo una señora en la calle.

Heredera natural de fieras sexuales con un componente aristocrático como Jenna Jameson o Ginger Lynn, hecha del mismo material que Janine Lindemulder o Savanahh, Alexis Texas parece venir de un pasado heroico, el del porno de los 90 antes de que repuntara el mercado europeo gracias a Private, y en su manera de actuar parece traer implícita la promesa de hacer América grande otra vez, al menos tan grande como sus nalgas.

 

Eslabón perdido

Alexis Texas, por tanto, es la pervivencia de un modelo: es al porno de 2017 lo que Iniesta al Barça, un vestigio de una manera de jugar –en este caso, una manera de follar– mucho más elegante, aunque si hay que golear, se golea sin piedad. Es sabido que la mayoría de chicas entran hoy en el circuito buscando el dinero instantáneo, y muy pocas lo hacen como proyecto de conocimiento personal.

Tampoco es que Alexis sea una ONG, y es cierto que entró en el porno con 21 años después de ver cómo se rodaba una escena en el bar en el que estaba trabajando de camarera, y lo hizo porque le picaba la almeja y tenía telarañas en la billetera, pero en su trayectoria hay valores firmes, conservadores, de otra época. Como Trump, pero abierta de piernas.

Alexis Texas

 

Uno de los momentos más comentados de la estrategia profesional de Alexis Texas fue cuando declaró públicamente que a ella no le interesaba practicar el sexo interracial delante de una cámara. Lo hizo en un momento en el que el interracial estaba francamente mal visto –un subgénero limitado a series como Black on Blondes y alguna cosa medio perversa en productoras gonzo, y monopolizado por cuatro actores con estacas afiladas y poca higiene; todavía se recuerda con horror cuando el as de bastos más admirado de su momento, Mr. Marcus, estuvo trabajando durante semanas en el año 2012 contagiando de sífilis a un montón de actrices, negligencia por la que incluso fue a la cárcel–.

Y sin embargo, en los últimos años el interracial ha ganado en estatus, en el plan de márketing de una actriz siempre se vende el primer IR como si fuera el primer anal –como un acontecimiento planetario, o sea–, y productoras como Blacked han hecho mucho por darle glamour y categoría al porno con actores negros. Pero Alexis mantiene una actitud conservadora al respecto, y promete que nunca lo hará. Su justificación es puramente crematística: en el momento en el que lo haces, tu caché baja.

 

Una decisión controvertida

En todo caso, no han faltado las acusaciones de racista, algo que, en todo caso, sería cuestionable y, sin ninguna duda, no exclusivo de Alexis Texas –además, un poco absurdo, pues tiene sangre panameña (y, bueno, también alemana)–.

Aunque ahora el IR está mejor pagado e incluso aporta estatus, todavía existe el prejuicio racial no por la raza en sí –veamos; si a una señora le gustan los penes, le tendrá que apetecer una tapa de morcilla, aunque solo sea por su volumen inconcebible–, sino por la idea de que en el momento en el que una se pasa al black, como los directivos de Bankia, ya no hay way back, y tu caché queda indefinidamente dañado.

Alexis Texas

 

Alexis Texas se ha convertido en el último bastión de integridad e intransigencia en ese caballo de batalla tan particular: por sus dos puertas no va a entrar ningún rabo oscuro, y sólo por eso se ha consolidado como la actriz preferida de la basura blanca americana. Es como de otra época, es un recuerdo de ciertas etapas imperiales en las que las actrices eran como muñecas barbies con tuneados esféricos, y en la que no había mezcla racial. En la era Trump, vuelve a ser una favorita del público más chapado a la antigua.

Si buscamos escenas interraciales de Alexis Texas, no las encontraremos. Se dice que hay al menos una en circulación –un pecadillo de juventud, una cuestión menor; si la hay, nosotros no la hemos visto–, y en algunos portales de vídeos aparece una supuesta escena interracial que resulta ser con Marco Banderas como partenaire.

Y si bien el viejo Marco –que es dios: esa dentadura blanca blanquísima, esas imitaciones de Julio Iglesias, esas eyaculaciones dobles, esa extraña inclinación de su herramienta– puede pasar por latino, vive dios que no es de tez oscura, lo que le permite superar el corte del peculiar código ético de Alexis Texas.

Una Alexis que, desde que firmó su showcase de regreso victorioso –’The Real Buttowoman Returns’, en Elegant Angel, compañía para la que también dirige escenas y que le está permitiendo reconducir su carrera al estilo de la que fuera su mentora, Belladonna, que después de fornicar lo más grandes se pasó con honores a detrás de la cámara–, no ha dejado de trabajar y de cobrar cuantiosas minutas por sus servicios, desmontando así el tópico de que a partir de los 30 todo es cuesta abajo en el porno.

Quizá porque ella no es cualquier actriz en el porno moderno: es la actriz fetiche de una nueva ola en la que un sector del público las va a querer más blancas, más rubias y más americanas que nunca. No es alt-porn con tatuajes, no es alt-righ con su post-verdad, pero una alternativa a la jovencita viciosa que se lo folla todo.

Alexis Texas es una señora aristocrática que selecciona muy bien quién penetra en sus secretos y que responde a una imagen tan clásica como la de una Venus de Botticelli, pero en el vetusto sur americano: la mujer de cabellos destellantes como la reserva del Fort Knox y posaderas como la cordillera de los Apalaches que ha venido a ser el faro de una nueva época en la que, si al menos América no será great again, al menos sí lo serán los calentones del personal.

 

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