Vicio y subcultura Angela White, la chica de las curvas

En Vicio y subcultura teníamos unas ganas locas de rendirle homenaje a la nueva reina curvy. Una belleza australiana de 32 años con la cabeza muy bien amueblada y que fornica como los ángeles, haciendo diabluras con su cuerpo de diosa de la fertilidad babilónica.

Angela White
Javier Blánquez | 27/07/2017 - 8:00

El porno muchas veces nos recuerda a la competición de atletismo en unos Juegos Olímpicos, y no porque esto del folgar tenga mucho que ver con el ejercicio físico –que levante la mano quien se haya cansado alguna vez practicando un coito, o incluso que se haya hecho un esguince de pene como el ex jugador de baloncesto Dennis Rodman–, sino porque hay tantas categorías que el concepto ‘la/el mejor’ resulta muy subjetivo, y a veces incluso muy arbitrario.

Del mismo modo que no hay un mejor atleta en comparación con los demás, tampoco hay una mejor actriz en un sentido pleno. Es cierto que hay muchas categorías de premios y entre ellos está el de ‘female performer of the year’, y en ese sentido la mejor del mundo sería Adriana Chechik, a tenor de las votaciones del año pasado.

Si eso lo volviéramos a trasladar al terreno del atletismo, lo que querría decir ese título es que Adriana es la actriz más completa, como si en vez de ser buena en la doble penetración, el anal, el sexo lésbico y todo tipo de derivaciones extremas, fuera medalla de oro en decatlón. Pero también hay chicas que solo hacen lésbico que son tremendas, MILFs que son las número uno en su gremio, mejores asiáticas y mejor actrices negras, transexuales, europeas, con el chocho peludo e incluso maestras en el arte de la felación. Y esa es otra de las felices circunstancias que nos ofrece el porno, que hay de todo para todos, y en abundancia.

Angela White

 

Elogio de la curva

Hace unos meses decíamos por aquí que estaba muy de moda en el porno americano el cuerpo natural pero con curvas, y que las actrices de caderas anchas, senos grandes sin operar y tobillo grueso tenían una clientela fiel que hasta ahora no estaba muy bien cubierta.

Hay que decir que curvy no significa gorda, que esa sería otra categoría distinta: la curvy es una muchacha de formas compactas y apretadas, pero de dimensiones generosas, que tiene lo que vulgarmente se conoce como ‘algo donde agarrarse’. La curvy, llegado el momento, quizá se pase de arrobas y termine por ser una señorita gorda de muy buen ver, algo que nos parece estupendo porque ya decía bien la Orquesta Mondragón que a los hombres les gustan mucho el volumen exagerado, rubensiano, porque da sensación de confort y protección.

Pero el porno se guía por otros apetitos, y el punto justo está entre la densidad y el desparrame; mucha carne pero en bloques firmes. Y entonces, si hablamos de curvys que haya que tener en un altar, entonces nos aparece un nombre: Angela White.

Aquí tendríamos que hacer una apreciación y precisar. ¿Es Valentina Nappi curvy? En teoría sí, pero tampoco lo es exactamente, porque aún no ha llegado al punto en el que podría hacerse un viaje en el tiempo para protagonizar una película de Fellini. ¿Y nuestra Nekane, a la que le tienen que hacer los sujetadores a medida? También podríamos hacernos la misma pregunta con Kylie Page, que tiene unos senos que parecen haberle llegado por mensajería desde alguna huerta valenciana, y un trasero de los que podrían partir nueces.

Angela White

 

Y qué decir de la francesa Natasha Nice, una mujer con cuerpo de flan Danone. Tampoco nos olvidemos de la asiática London Keyes, o de Maddy O’Reilly, que cada vez que estrenan una nueva escena han ganado en perímetro de pantorrilla. Pero por motivos que ahora explicaremos, la verdadera curvy que provoca desvelos generales es una veterana con un físico inconcebible que responde al nombre de Angela White.

 

Desde las antípodas

Angela White no es una recién llegada al mundo del porno. Comenzó en 2003, justo tras cumplir los 18 años –ahora tiene 32, lo que técnicamente le sitúa ya en la categoría de MILF–, pero durante casi una década se dedicó sólo al sexo lésbico y además para el mercado australiano, que a efectos de proyección internacional es como decir el porno alemán o el inglés: por supuesto que tiene público, un canal de distribución profesional y buena infraestructura, pero si no acabas yéndote a Los Ángeles a rodar escenas con las principales productoras de la industria, es prácticamente imposible tocar el cielo.

Cuando hablemos en Vicio y subcultura de Valentina Nappi –que hablaremos, y muy pronto, lo juramos por Celia Blanco– tendremos que recordar que en su carrera hay un antes y un después de trabajar con New Sensations, Vixen o Brazzers, y es que la diferencia entre ser un fenómeno regional o un astro mundial es enorme. Angela White, pues, estaba feliz en Australia, disfrutando de su condición de bisexual –follándose a chicas delante de la cámara, y chicos fuera de ella, manejando el negocio de su webcam y metiéndose incluso en política–, pero pasados los años se dio cuenta de que estaba desaprovechando un talento natural que le hacía única. Y fue cuando empezó a mover piezas hasta diseñar la jugada maestra que le ha llevado hasta la cumbre.

Angela White

 

Una estrella con estudios

Angela White compaginó sus primeros años en el porno con los estudios en la universidad, donde ha obtenido el título en estudios de género: su aproximación al asunto, pues, es desde la fluidez sexual (vulgo, teoría queer) y con un halo feminista que le ha llevado a enrolarse en diferentes campañas de activismo en favor de las trabajadoras sexuales, e incluso presentándose a unas elecciones australianas –las regionales del estado de Victoria– dentro de la lista del Partido Australiano del Sexo en el año 2010.

No tuvo tanto favor de los votantes como Cicciolina, aquella musa del porno italiano que llegó a sentar su coño en un escaño del parlamento –disculpen el juego de palabras fácil y obvio, pero TENÍA QUE HACERLO–, y aún así ganó notoriedad. De repente, sus escenas, que se consumían en petit comité, comenzaron a ganar popularidad. Mucha gente –chicas que se queman las pestañas con el porno y señores que devoran con la mirada– descubrió un físico ganador en el que las principales bazas eran las curvas. Era el año 2010 y Angela White había dejado de ser una actriz porno semidesconocida: de repente, había demanda.

Por tanto, no es extraño que su ascenso verdadero comience en 2011 y se consolide hacia 2013. En 2011, Angela White tomó una decisión importante: iba a dejar de rodar exclusivamente escenas lésbicas y se pasaría también a las escenas chica/chico. Aunque sólo mira un metro sesenta, Angela White es una actriz difícil para muchos hombres, porque hay que manejar un volumen de cuerpo importante, pero a la vez tiene una presencia ante la cámara que resulta fascinante: al perpetrar el acto, su movimiento desplaza la piel y la carne como si fueran oleadas de ondas sísmicas, como si una piedra hubiera caído en un estanque y agitara las aguas.

Angela White

 

Lo que tiene Angela White es un cuerpo de la consistencia del pudding, que se bambolea y redobla el espectáculo. Desde los tiempos prehistóricos se ha observado la entrada en carnes como símbolo de fertilidad, y Angela parece una diosa babilónica de la naturaleza y la agricultura.

 

Consagración definitiva

En 2013 llegó el segundo cambio importante: a finales de aquel año Angela White decidió fundar su propia productora y distribuir ella misma sus escenas. Tenía fans, su nombre ya era popular en el mercado americano, y no le fue difícil contratar a profesionales como Manuel Ferrara, Valentina Nappi o Mr. Marcus para ensayar toda la variedad de géneros posibles: se hizo interraciales, se hizo DPs, se hizo lésbicos, incluso llegó a publicar series temáticas –’Angela White loves Girls’, ‘Angela White loves Anal’, etcétera–, y además seguía al pie de la letra el libro de estilo de HardX o la factoría Lansky: fotografía cuidada, buena iluminación, belleza, pero también intensidad y guarreridas.

Tenía que quedar claro que lo suyo era gonzo duro, atraer al público dispuesto a pagar por un producto bien hecho. Y durante un par de años, Angela White situó al porno australiano en el mapa. La gente quería más, pero sobre todo la quería a ella.

En 2016 tomó una decisión aún más importante: aunque seguiría al frente de su productora, Angela White comprendió que se podía hacer mucho dinero en Estados Unidos y se mudó a California. Fichó por la agencia Spiegler –que necesitaba una curvy de primer nivel después de que se fuera Keisha Grey–, y desde entonces la cosa se ha disparado: ya no tiene exclusividad consigo misma, sino con todas las buenas productoras que le ofrezcan un considerable fajo de billetes, y no ha variado en nada su manera de trabajar: le gusta ese tipo de sexo de acabar sudando mucho, sexo de agarrar y apretar como si en vez de labios tuvieras una ventosa, escenas de 40 minutos con mucho chorretón de aceite, mucho trío, mucho gritar.

Así que Angela White nos da lo que otras chicas de la elite del porno nos ofrecen con cierta regularidad, pero lo hace con ese cuerpo rollizo suyo que se mueve formando un tsunami de mujer en celo. Ya sabíamos que te gustaban las curvys, a nosotros no nos engañas. Lo que igual no sabías es que Angela White es la mujer de tu vida, lo mejor que le ha pasado a las tallas grandes desde la Mariah Carey de finales de los 90.

 

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