Vicio y subcultura Basta de interiorismo cutre en el porno

Momento de epifanía porno: uno de los detalles que marcan la diferencia en las escenas de Greg Lansky es que no se repara en gastos a la hora de elegir localizaciones, resistiéndose así al molesto síndrome del sofá cutre.

Interiores Greg Lansky
Javier Blánquez | 08/05/2018 - 10:26

Este fin de semana hemos vuelto a comprobar la diferencia fundamental que existe en el porno cuando hay dinero en abundancia y cuando no hay ni un miserable céntimo que gastar, salvo en cámaras y en cachés.

Greg Lansky, el hombre que maneja la pasta y se va haciendo poco a poco con un harén poblado por las actrices más primaverales de cada temporada, se fue a Ibiza a rodar una escena para su portal Tushy –el especializado en perforaciones anales, algo así como la Plataforma Castor del recto– y lo menos importante de esta historia no es que consiguiera contratar a la exquisita y nívea Misha Cross, porque Misha Cross se deja contratar sin problemas, sino que alquilara una lujosa villa en Ibiza para rodar los exteriores.

En la escena hay una piscina más grande y provocadora que la de Pedro J., una fotografía exquisita de una puesta de sol, unas sábanas blancas como las que sólo te ponen en los mejores hoteles, y más gasas colgando del techo que en la cámara privada de una emperatriz de Roma. Es decir, Lansky se ha dejado una pasta importante para obtener a cambio 40 minutos de porno que son el equivalente a un Pétrus, si habláramos de vino, una especie de caviar iraní del sexo chic.

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La triste alternativa

En contraposición a esto, el porno de batalla ya sabemos cómo es: escenas cutres rodadas en furgonetas, o en un gimnasio particular, en un salón aséptico o en una habitación con edredón de punto de esas que, como mucho, solo aceptaría una estudiante de Erasmus.

Cuando hay dinero, y casi nunca lo hay, el porno se puede parecer a una superproducción de Spielberg, pero cuando no lo hay, el porno se parece al porno de este siglo XXI, o sea, que es una cosa precaria, a salto de mata, de aquí te pillo y aquí te grabo.

Por eso el imperio Lansky es tan relevante en estos últimos años: más allá de la plantilla de jamelgas y el cuidado que pone en los aspectos del lenguaje visual –la iluminación, el brillo que tienen siempre las pieles, la higiene previa a la escena, las localizaciones, etcétera–, lo que hace el pornófilo francés es recordarnos que hubo una época en la que el porno aspiraba a ser un arte, una expresión detallista, cuidada y bella en la que no se reparaba en gastos.

 

Objeciones sin importancia

Alguien dirá, y no le faltará razón, que está muy bien, por ejemplo, cubrir el suelo de pétalos de rosa, que el actor de turno se ponga una corona de laurel –en el caso de la escena con Misha Cross el empotrador es Christian Clay, un semental italiano que no viaja demasiado a Estados Unidos y por el que Lansky tiene especial predilección, de ahí que ahora se esté planteando rodar también escenas en Europa–, o que el vestuario, antes de que se lo quiten a mordiscos, sea de Gucci.

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Pero incluso así, lo importante del porno es el acto sexual, y lo que interesa es que el coito sea explosivo, variado, con implicación, sudoroso y, a poder ser, que en cada embestida del varón, recibido por la hembra con un gemido, nosotros podamos exclamar unos ‘olés’ muy taurinos desde la comodidad de nuestra barrera. Hay escenas que son arte, que son vida.

Al final, nos parece que todo se reduce a un equilibrado término medio, pues en la mesura, ya lo dice Rajoy, está la buena proporción de las cosas. Lo de Lansky es tirar de cuenta corriente porque su ídem rebosa de dinero como la de un jeque árabe, y lo de otras productoras es pura supervivencia. Y en esta manera de concebir estéticamente el porno hay un tipo de productoras que ha llegado un momento en que canta mucho que su planteamiento es intercambiable, perezoso y, llegado un momento, también irritante.

No nos referimos a TRENCHCOATx o a New Sensations, ni tampoco a TeenFidelity, que siempre han propuesto un tipo de porno duro pero con buena fotografía, muchas veces con escenas rodadas en planos dinámicos, cambiantes, abiertos, siguiendo la acción muy de cerca en vez de plantando un trípode delante del otro trípode que está ensartando de pie a la actriz en cuestión, sino a productoras como Mofo’s o HardX.

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Por ejemplo, la típica escena de Mofo’s: una habitación cutre de motel de carretera, un balcón con vistas a un barrio periférico o una playa de tercera, sábanas sucias. Estamos seguros de que son siempre las mismas habitaciones, o al menos el mismo hotel, que debe ser de la propia productora, o de alguien muy amigo que les hace una rebaja. Y luego está el colmo de la pereza, que es HardX.

 

Historia de una decadencia

No siempre fue así. HardX, junto a Elegant Angel, fue una de las productoras que mejor empezó a cuidar la materia prima: siempre las mejores actrices, o las más bellas, o las más entusiastas del momento, siempre buenos exteriores con piscinas, vistas a lo lejos de Los Ángeles, creando esa sensación de lujo que ha marcado la idea de cierto porno moderno como “aspiracional” –y no porque se aspire mucho, por la nariz o por el ano, sino porque fomentaba una idea de glamour sustentado en la peluquería, la joyería y la moda–.

Pero luego pasábamos al interior, donde se producía el juego de ataque y contraataque, y siempre era la misma habitación. O sea: un salón luminoso, con fondos blancos y acristalados, y el sofá. SIEMPRE HAY UN SOFÁ. ¿Puede ser que algún día rueden en HardX, yo qué sé, una escena en una cama, o en el borde de una piscina? Por supuesto que lo han hecho alguna vez, pero por una razón que se nos escapa, Mason, la directora de la cosa, está obsesionada en que las escenas se hagan en un sofá blanco.

Vamos a imaginarnos una semana en la vida de ese sofá.

Es posible que en esa mansión viva un broker forrado de pasta que, por la mañana, invierte en acciones, mueve dinero, recibe plusvalías y por la tarde se dedica al cultivo del propio cuerpo, a los lujos de la nueva cocina y a ligar por Tinder. O quizá sea de una productora de Hollywood que está siempre de viaje y durante buena parte del año, antes que tener la casa desocupada, la alquila para rodajes, y si son rodajes porno qué más da.

Así que ese sofá se pasa la mayor parte del tiempo desocupado: nadie ve la tele en él, nadie se echa una siesta. Pero entonces llega el equipo de HardX, que alquila la casa cuatro veces por semana, y entonces el sofá se echa las manos a la cabeza: otra vez una doble penetración servida por Markus Dupree y Mick Blue, que son tan eficaces en el uso de sus respectivas herramientas que, lógicamente, lo ponen todo perdido, porque la actriz elegida para su bautizo anal y vaginal se moja más que la Fontana de Trevi.

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El desgaste sufrido por el sofá es importante: mucho roce, mucho sudor, mucho peso sobre una estructura frágil, manchas de rímel corrido, manchas de corrida de semen, ronchas de flujo, arañazos, restos de pelos entre los cojines, y quizá hasta una moneda de cincuenta céntimos que se le extravió a Manuel Ferrara cuando le retiraban los pantalones. Lo que ha visto ese sofá no lo ha visto ni el detective que perseguía a Cristina Cifuentes.

 

La hora de las conclusiones

La pregunta que debemos hacernos es: ¿no ganan suficiente dinero en HardX como para ir cambiando de localización de vez en cuando, o trasladar el equipo de rodaje a otras habitaciones de la mansión?

Queremos decir que no renunciamos al sofá de cuero blanco, y nos sentiríamos muy tristes y decepcionados si, de repente, nunca más volviera a aparecer como banco imperial para una tarde de sexo apasionado entre una chica con tatuajes y un ruso con una erección metálica, pero un poco de variedad, también, ¿no?

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De igual manera en que Lansky nos sorprende cambiando las localizaciones –salvo en BlackedRaw, que siempre es la misma habitación, y la misma cocina, y la misma nevera plateada en la que siempre hay unos segundos rituales de sexo de pie, al estilo de los jugadores del Barça con sus groupies–, podríamos pedir lo mismo de otras productoras de la primera división del porno que trabajan con las actrices más cotizadas y los actores de la lista A, o sea, los que nunca tienen problemas de flaccidez.

Porque va a ocurrir una cosa: de tanto trajín y tanto ñoño-ñogo que recibe ese sofá, algún día ocurrirá que se le quebrará un pata y habrá que jubilarlo. Sería muy triste que cambiara la estética de HardX sólo porque el sofá no pudo resistir más después de 400 escenas iguales.

Aunque tenemos otra teoría: quizá haya VARIOS SOFÁS, porque siempre aparece limpio y nuevo. Lo más probable, de todos modos, es que después de cada escena venga alguien con productos de limpieza y le dé una buena friega al cuero, y quite las costras de lefa, flujo y squirt ahí desperdigadas.

Y si nadie mira, hasta se llevará disimuladamente los cincuenta céntimos que se le cayeron a Manuel Ferrara cuando alguien le sacaba la herramienta para degustarla como se haría con un helado de Jordi Roca. Quién fuera ese sofá.

 

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