El sexo de Lucía Con Tinder en un pueblo perdido

Esta semana, a nuestra cronista sexual le ha dado por hacer un experimento de alto riesgo: utilizar una app de ligue, un invento casi cien por cien urbano, en un rincón perdido de la España rural.

Tinder
Lucía | 07/10/2016 - 16:41

Me las veía yo muy felices en un pueblecito de Asturias, porque mi amiga Pilar, que vive en Burgos, me había contado que a veces se descargaba Tinder, según se aburriese o le picase la vulva (escribo vulva porque una vez leí un comentario a uno de mis posts, algo que los periodistas sabemos fehacientemente que no debemos hacer, pero retomo, leí un comentario de una chica que, escondida tras un avatar falso, me decía que yo era una ordinaria escribiendo, así que pongo vulva y no chichi, para no herir sensibilidades).

Sigamos con Pilar: me cuenta que las veces que lo ha usado, cuando los maromos no pueden presentarse a la cita, le dan excusas del tipo “tengo que quitar piedras o desbrozar”. Pues lógico: cada entorno lo suyo, no te van a responder que están viendo la última de Woody Allen. Eso sí, también me reconocía que el público masculino era mucho más noblote y sano que el de las capitales, algo que, visto el percal, tampoco es muy difícil.

Yo quería ver qué material había en aquel villorrio para comprobar si eran sanotes como me decía Pilar y poder intercambiar impresiones sobre las máquinas Sthil. Así que allí estaba yo, aprovechando la wifi del único hotelito del pueblucho para descargarme la app del diablo. Lo primero es que empezaron a desfilar por mi pantalla caballeros de León capital y yo estaba en Asturias y es que claro, antes de descargarte una de estas apps casi tienes que tener una Licenciatura en Físicas y saber de gps y de geolocalizaciones. Modifiqué los criterios de búsqueda y entonces empezaron a aparecer mocetones más cercanos.

Tinder

 

Menudos hallazgos

Le di al Like a Tomás, que parecía ser un amante de las pesas y de los gimnasios, a tenor de la tableta de chocolate que lucía (podíamos denominarle como un hombre-torso de no ser porque en una de las fotos se le veía la cara). Y lo típico: de dónde eres, qué haces aquí, cómo que una francesa en Madrid, qué haces allí… Entonces me llamaron para la cena y, chicos, la cena es la cena, y tuve que dejar la conversación porque no es de recibo estar cenando y ligando en Tinder al mismo tiempo porque además, aunque soy chica, a mí no me da para varias tareas a la vez. Y seamos sinceros: ¿qué era más urgente, cenarse una fabada o seguir con Tomás? La fabada, claro está.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, a la hora, regresé a la conversación y… ¡Tomás había cancelado nuestra compatibilidad! Simplemente porque había tardado una hora en contestarle. Coño, me dije, pues sí que están las sensibilidades a flor de piel en los pueblos, madre mía qué impaciencia y qué estrés para vivir rodeado de prados y vacas…

Seguí con David, que aunque no tenía tableta, sí poseía unos bonitos ojos azules. Pero la conversación decayó pronto porque era tan monosilábico y poco saleroso como Rajoy y a mí, aunque sea en una app de dating, se me liga por el cerebro. Ya estaba empezando a cansarme cuando hice una tercera intentona: Rogelio, entradito ya en años, pasó por mi pantalla (he de decir que material había más bien poco, pero claro, una está acostumbrada al chorreo de hombres de la capital del reino…). Tampoco hubo feeling.

Vamos, que aquella noche ni desbrozar, ni ser desbrozada, ni degustar unos dulces típicos regionales. Nada de nada: la herramienta me preguntaba si iba a salir de fiesta y me daban ganas de decirle que a dónde, si lo único que había cerca era la cabaña del “prao”.

Un bluff, vaya. Yo que quería desbrozar

Tinder

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2 Responses to Con Tinder en un pueblo perdido

  1. creo que tinder es una rapida manera de encontrar sexo pero hay otras personas que buscan encontrar pareja, el problema viene cuando se mezclan personas de ambos grupos, lo importante creo que es, que cada uno encuentre lo que necesite, pero se dejen las cosas claras desde el principio.

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