Vicio y subcultura De mayor quiero ser Greg Lansky

Greg Lansky ha revolucionado el mundo del porno al hacer mainstream prácticas hasta ahora marginales o inéditas, como el sexo interracial o el anal hecho por grandes estrellas. Por eso Blánquez quiere reencarnarse en él.

Lyra Law
Javier Blanquez | 17/05/2017 - 12:24

Si la reencarnación fuera una cosa cierta, y existiera la garantía absoluta de que al morir, pasado un breve lapso de tiempo, podríamos entrar en el cuerpo de otro ser animado y emprender una nueva vida, uno lo tiene clarísimo: yo no querría reencarnarme ni en un animal de granja ni en un caracol marino, ni en un cóndor de los Andes ni en un tertuliano de ‘Sálvame‘.

Puestos a elegir, uno elegiría muy pocas cosas: Messi, Mark Zuckerberg, Michael Fassbender, Fernando Sánchez Dragó –que cuando nos muramos él seguirá ahí como siempre, vivo, leyendo y follando–, y si me apuran incluso Pocholo Martínez Bordiu. Pero, por encima de todas esas opciones, si nos tuviéramos que reencarnar, ojalá fuera en Greg Lansky.

No nos cabe duda de que, a día de hoy, este francés de barba espesa y mirada opulenta –como la definiría don Román Gubern, el primer hombre guarro de España– es el hombre más afortunado de la tierra, y el último gran creador de milagros desde que Jesucristo caminó por las orillas del mar de Galilea. Como una especie de rey Midas del porno, todo lo que toca Lansky lo convierte en semen, y en premios, y en dinero, y desde hace un tiempo no hay revolución en el erotismo contemporáneo que no haya pasado por su mano callosa.

De todos los modelos a seguir, seguiríamos con fe ciega, cual apóstol abnegado, al hombre que le dio un giro copernicano al porno glamouroso. Digámoslo claro y rápido, porque esto se resumen en un concepto muy sencillo: Greg Lansky es dios.

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Aquí van varias razones para que la envidia que podamos sentir hacia Lansky merezca también el epíteto de “cochina”. Para empezar, el tipo tiene 34 años –o sea, no tiene la inmadurez repugnante del veinteañero, ni tampoco es una pieza de museo arqueológico como muchos de los que escribimos en esta revista–, y eso le sitúa en el momento ideal para disfrutar de la vida a tutiplén, alquilar yates y cenar asiduamente en restaurantes de baos.

Se mueve entre Los Ángeles y París, y su éxito como empresario le ha situado en la cúspide de un negocio, el del porno, que se dice que no da tanto dinero como antes, pero que a él le ha hecho de oro. Y seguramente ésta sea la razón más poderosa para admirar a Lansky, ya que si lo miramos con ojos exclusivamente de canalla rijoso, he aquí una persona para la que su día a día es hablar y tomar copas con mujeres bellísimas, gestionar tres páginas web, rodar escenas de alto voltaje erótico montadas e iluminadas con muy buen gusto y luego, quizá, al final del día, recibir un poco de amor y agradecimiento por los servicios prestados.

Si las productoras porno estuvieran organizadas en alguna especie de Champions League del sexo filmado, sus tres criaturas –Blacked, Vixen y Tushy– serían algo así como el Atleti, la Juventus y el Real Madrid del cine X: la bruta y esforzada, la señorial y la que siempre da por culo.

 

Negros que follan como blancos

Lansky lleva algo más de diez años trabajando en el porno. Entró de la mano de su amigo de toda la vida, el Gran Explorador Anal, Mike Adriano, el hombre que se mueve por las cavidades rectales como Luis Alberto de Cuenca por los archivos de la Biblioteca Nacional, y en 2006 empezó a dirigir escenas para diferentes productoras de Estados Unidos con un enfoque en buena medida glamouroso.

Por ejemplo, trabajó contratado por New Sensations, más tarde por Reality Kings, y  mientras estuvo atento al auge de una nueva forma de hacer en el porno mainstream: como respuesta al gonzo más bruto, del estilo Brazzers o Legal Porno –en el que una escena convencional consiste en dos pobres actrices ucranianas empaladas por seis sementales hasta las cejas de viagra–, se estaba dando un tipo de porno más cuidado en los detalles, el de productoras como X-Art, Colette, Elegant Angel y, en gran medida, HardX.

Dentro de esta rama ‘glamcore’ había niveles. Por ejemplo, X-Art o Colette están muy cerca del softcore –son más filmaciones de parejas jóvenes y bellas haciendo el amor, y no hay nada sucio en ellas–, y en HardX ya se rozaba el límite del porno duro, con amagos de bofetadas, asfixias y algún lapo dirigido a la cara.

Así que Lansky comprendió que se podía afinar la fórmula utilizando la táctica Macron: ni de izquierdas ni de derechas, ni demasiado blando ni demasiado duro, todo elegante y juvenil, aspiracional y de extremo centro. Y en 2014 decidió que iba a montárselo por su cuenta y fundó su primera productora, Blacked.

Ana Morna

 

Blacked, además, explotaba otro nicho creciente: el del porno interracial, que todavía arrastraba el estigma de cosa decadente y sucia, en el que las actrices con menos caché se rebajaban por cuatro duros y sufrían el embiste de unos sementales negros que, si tuvieran que haber buscado otra profesión, habrían sido picadores en la Maestranza.

Y Lansky pensó: hagamos porno interracial con actrices punteras, guapas e irresistibles, y hagámoslo bien pagado y con luces bonitas, y con sábanas blancas y piscinas, hagámoslo pijo como los antiguos vídeos de Private, pero adaptado a los nuevos tiempos, o sea, que si hay que hacer una doble penetración se hace, y Blacked arrasó, y se aprovechó de la explotación de una estrategia que empezaba a funcionar en el porno moderno: la iniciación de una actriz nueva en el misterio del sexo interracial.

Tal fue su éxito que la competencia, sintiéndose barrida del mapa, tuvo que reaccionar, y HardX tuvo que fundar DarkX para poder luchar por una cuota de mercado que se le escurría entre los dedos como el flujo vaginal tras una faena de James Deen. Pero está claro que Blacked ganó, y eso le dio pie a Lansky para montar una segunda productora, Tushy, que sería como Blacked pero en blanco y en anal, y muchas de las nuevas actrices dijeron “quiero ser ensartada por la retaguardia por primera vez en mi vida delante de una cámara ante la mirada de Lansky”, y Tushy subió como un cohete.

Y cuando Blacked y Tushy eran las productoras del momento –hasta el punto de que en 2015 le habían hecho ganar a Lansky el premio AVN al mejor director y a la mejor productora–, se inventó Vixen, que es la vuelta de tuerca del porno glam.

 

Para hacer bien el amor hay que hablar con Lansky

La conclusión lógica de toda esta expansión empresarial ha sido que ya es prácticamente imposible ser una actriz de primer nivel en el porno si no has rodado para Tushy, Vixen o Blacked. Y es más: ponerte en manos de Lanksy garantiza premios. Cuando Riley Reid arrasó como ‘female performer of the year’ en 2016 fue gracias al showcase de tres escenas que rodó para Tushy, en el que por primera vez accedía al sexo anal. Una producción explosiva, intensa, inesperada y reluciente.

Ahora, Greg Lansky se permite pasearse por las agencias de representantes de actrices como Dabiz Muñoz se pasaría por el mercado de San Antón de Madrid para comprar solo el mejor producto, entre olés y reverencias, y sabiendo que tiene la sartén por el mango.

Cada uno de sus movimientos de los últimos dos años ha sido inteligente y comercialmente rentable: fichó en exclusiva a Kendra Sunderland, contribuyó al auge imparable de Jillian Janson –y cuando Jillian dejó de estar bajo el paraguas de Lansky se convirtió en una actriz vulgar–, propició el renacer de Lana Rhoades, hizo de Leah Gotti una estrella, hasta que Leah se retiró, y últimamente está consiguiendo que la nueva generación del porno, la hornada más exitosa de 2016/2017, sea la que él dice que tiene que ser: Angel Smalls, Lily Jordan, Charity Crawford, Anya Olsen y Alexa Grace son sus nuevas protegidas, las actrices que más lo petan ahora, el relevo de las consagradas Abella Danger, Keisha Grey, Megan Rain o Valentina Nappi, que todas han rodado para él.

Por supuesto, los actores más fiables y viriles trabajan bajo su cuerda: Jean Val Jean, reencarnación de Adonis y Príapo a la vez, o Manuel Ferrara. Su descubrimiento de Julio Gómez, el actor negro con un rabo que parece un menhir, ha sido uno de los momentos más sonados del porno en 2017.

Chloe Amour

 

Por ahora, Lansky sólo ha fracasado en un intento: convencer a Dani Daniels para que rodara su primera escena anal. Daniels tuvo su oportunidad, no la quiso valorar, y ahora ya es una actriz en retroceso. Pero si alguien puede convencerla y darle las armas para que vuelva a la primera división, es él: solo tiene que debutar en la disciplina más jaleada por los fans.

Convencer a una chica para que haga sexo anal no es siempre fácil, hay muchas que se niegan, que no quieren pasar por ese trance tan dilatado, que no lo ven como una motivación o un objetivo en su carrera –otro ejemplo lo encontramos en otra chica Lansky, nuestra Amarna Miller–. Pero cuando se anuncia una exclusiva de este calibre, quien se lleva el gato al agua es quien reina en esta industria, y del mismo modo en que Tushy se llevó los debuts por la puerta trasera de Riley Reid y Lana Rhoades, entre otras, hace unos días llegó el anuncio más esperado: próximamente será el turno de Eva Lovia.

 

Picasso del triple X

Lo que nos lleva a lo que decíamos al principio de este texto: Greg Lansky es dios, porque obra milagros. Lovia ha tenido una trayectoria fulgurante en el porno, pero siempre yendo poco a poco. Empezó con el porno lésbico, y rápidamente se vio que, de seguir por ese camino, sería la nueva Malena Morgan. Pero Malena Morgan se retiró y Eva Lovia empezó a hacer escenas con varones –así que el trono de reina lésbica pasó a Jenna Sativa–, y Lovia volvió a comenzar de cero, subiendo y subiendo hasta que se convirtió en una de las actrices favoritas del público gracias a sus pecas y su perfectamente diseñado tren inferior.

Pero le faltaba el anal para coronarse. Así que este verano va a ser caliente, cuando Tushy empiece a publicar las escenas de las ‘Obsessions‘ de Lovia, que si todo va como tiene que ir, le situarán en una de las posiciones de cabeza para ser ‘female performer of the year’ en 2018.

Ariana Marie

Todo esto es obra de Lansky. Ni Miguel Ángel consiguió crear tantas obras maestras en tan poco tiempo. Ni la firma de Picasso vale tanto. Con una cámara y un talón de cheques bien nutrido, Lansky ha sido como Spielberg, un hombre capaz de materializar las mayores fantasías de la humanidad.

Y si nos preguntan por qué nos gustaría reencarnarnos en él, hay una explicación sencilla: además de los paisajes que obtiene con su mirada fotográfica y del dinero que gana, seguro que alguna amistad íntima ha ido forjando en este tiempo y que nos recuerda a ese verso de Góngora que dice que “a batallas de amor, campo de plumas”.

Lansky no necesita ser musulmán para estar en el cielo rodeado de las mujeres más bellas. Le basta con levantarse cada mañana, abrir la puerta de la oficina de Blacked/Vixen/Tushy, empezar a facturar y sentirse como en el cielo.

 

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