Échate un Casquet Anatomía de un orgasmo

Casquet nos habla esta vez de su más que consolidada relación con un viejo amigo que la acompaña desde la adolescencia y que es más fácil de reconocer que de describir: el orgasmo.

Orgasmo
Noemí Casquet | 31/07/2014 - 18:06

Recuerdo con cariño el día en que el orgasmo llegó a mi vida, aunque el tiempo está empezando a convertirlo en uno de aquellos recuerdos tan lejanos que ya ni siquiera parecen propios.

Fue a mis 14 años, con un chico mayor que yo. Era un día de verano y estábamos en su claustrofóbica habitación, llena de videojuegos y ropa sucia. Yo jamás había visto un pene y era algo que, por supuesto, despertaba mi curiosidad. En cuanto puede observarlo en directo, recuerdo que pensé que parecía una especie de gusano.

Lo tomé en mis manos con algo de indecisión y de miedo y, poco a poco, empecé a hacerle la que sería mi primera paja, una sucesión de movimientos torpes y repetitivos que no tardó en aburrirme. La cosa empezó a mejorar cuando el chico me tumbó e introdujo los dedos en mi entrepierna. Yo aún no conocía el placer. No de ese modo.

Él tenía experiencia, y se notaba. Tardé menos de un par de minutos en correrme y otro más en recuperar el aliento y darme cuenta de que aquello que acababa de experimentar era un orgasmo. Tenía que serlo.

 

Sin la menor duda

Corrí a consultar a mi persona favorita en este mundo: mi madre. Sin más rodeos, le pedí que me explicase cómo era un orgasmo. Se quedó parada, no por la pregunta en sí, sino por lo difícil que le resultaba dar con una buena respuesta. “Es una explosión de placer“, me dijo al fin. “Notas como todo tu cuerpo se contrae y sientes que ese gemido que tanto te esfuerzas en contener se te escapa de los labios”. Y acabó diciéndome justo lo que esperaba oír: “Cuando tienes uno, sabes que lo has tenido”.

Así que estaba claro: acababa de tener mi primer orgasmo entre las sábanas apestosas de aquel chico de pelo largo y cuerpo de atleta. A partir de entonces, ya no pude parar. Me masturbé por primera vez y descubrí que podía llegar a aquel clímax por mí misma. Disfruté de un verano lleno de gemidos ahogados en la almohada, de duchas eternas y ojos en blanco.

Años después, con mi sexualidad bastante más desarrollada y ya una larga lista de orgasmos a cuestas, no sé si sabría contestar con precisión si alguien me plantease la misma pregunta que le hice a mi madre aquel verano. Echo un vistazo a la Wikipedia y me encuentro con que es “la descarga repentina de tensión sexual acumulada durante el ciclo de la respuesta sexual”, y que resulta en “contracciones musculares rítmicas en la región pélvica”. Rítmica y placenteras.

También leo que, a nivel químico, consiste en la liberación de las neurohormonas oxitocinas, la prolactina y las endorfinas. Nuestro cerebro se revuelca en un éxtasis de dopamina, la conocida hormona de la felicidad. Por eso necesitamos más.

 

El tormento y el éxtasis

Es difícil explicarle una sensación a alguien que nunca la ha experimentado. ¿Cómo describir el olor a jazmín a quien no lo conoce? El orgasmo es algo parecido. Y además, resulta tan intenso, tan abrumador, que se hace difícil reducirlo a palabras, aunque siempre podremos decir que incluye palpitaciones, contracciones, sudoración, pérdida del control corporal y espasmos involuntarios, o que es el momento en que se suspende la realidad, cierras los ojos, aprietas los dientes y el alma se te escapa de la garganta al cielo pasando por los labios.

Durante el orgasmo, el placer te absorbe, recorre tu cuerpo instalándose en todos sus ángulos, te dobla los dedos de los pies, te hace arquear violentamente la cabeza, succiona toda tu energía. Y en el instante posterior, tu cerebro se inunda de dopamina y te deja derrotado, relajado y feliz, disfrutando de tu dosis de droga.

Jordi Junyent, filósofo y psicólogo, explica que los seres humanos tenemos una tolerancia mucho mayor al dolor que al placer. Si experimentásemos dosis de placer tan intensas y frecuentes como las de dolor, no podríamos resistirlo. Moriríamos.

Tal vez por eso a alguien se le ocurrió llamar al orgasmo la pequeña muerte. Y por eso ese instante de plenitud sexual en que creemos morir nos resulta tan adictivo que queremos experimentarlo una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

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