Échate un Casquet La leche derramada

Por aclamación. Casquet dejó caer que las únicas charlas sobre sexo que ha recibido en su día se las dieron su abuela y el que fue su suegro, y por supuesto le hemos pedido detalles. Aquí los tienes.

Leche derramada
Noemí Casquet / Foto: LMD Photo | 26/06/2014 - 17:15

Cómo y cuándo empezar a hablar de sexo es una cuestión que tarde o temprano se plantea en casi todas las familias. En cuanto los niños crecen, pasan a ser cada vez más conscientes de su propia sexualidad. Nos preguntamos qué es ese órgano tan raro que tenemos pegado o colgando, para qué sirve y por qué nos da tanto placer cuando jugamos con él. Todas esas preguntas deben contestarlas los padres. O al menos eso parece lo más lógico.

En mi caso, crecí viendo porno y hablando de sexo de forma natural con mi madre. Ella nunca se vio obligada a darme una de esas tardías e incómodas charlas sobre sexo, porque ya desde mi primera adolescencia muchas de nuestras conversaciones se convertían en improvisadas clases teóricas sobre el tema. Mi madre jamás me ha juzgado por mi orientación sexual, ni por mis fantasías, ni por mi profesión. Al contrario, creo que tengo a la madre más orgullosa del mundo. Aunque eso no significa que no haya recibido ninguna charla sexual. Como os contaba en un artículo anterior, hay dos personas que intentaron instruirme, a su manera, en el noble arte de follar: mi abuela y mi antiguo suegro. De película, ¿verdad?

 

La abuela y la leche

La primera charla se produjo un caluroso día de verano. Mi primo y yo rondábamos los 16 años y, como podéis imaginar, ya teníamos bastante experiencia en cuestiones de sexo. En pleno desayuno, mi abuela interrumpió nuestro silencio con su habitual sutileza a la hora de traer a colación temas delicados. Empezó a contarnos un cuento. Un chico y una chica se conocen en una discoteca. Se gustan. Se besan. Se van a casa juntos (o al baño, da igual). Llegado ese punto, la abuela dejó lo que estaba haciendo y se acercó a nosotros. Cogió un vaso de leche y dio un golpe en la mesa: “Y ¡pum!: se derrama la leche“, nos dijo.

Mi primo y yo nos quedamos perplejos. Si no lo habíamos entendido mal, nuestra abuela acababa de explicarnos la eyaculación masculina derramando un vaso de leche sobre el tapete y pronunciando una frase para el recuerdo. Una frase, por cierto, que aún hoy es uno de los lemas no oficiales de mi familia, pero que por suerte no me ha creado ningún trauma a la hora de presenciar eyaculaciones… o de beber leche.

 

Siempre hay una segunda vez

Pocos años más tarde, cuando pensaba que ya lo había escuchado todo en esta vida, recibí la llamada del padre del que por entonces era mi novio. Quería hablar conmigo. A solas.

Mi antiguo suegro es un hombre serio, repeinado, médico de profesión y con una insufrible tendencia a observarlo y analizarlo todo, ya sea un partido de fútbol o mi vida sexual. En cuanto entré en su despachó, se atusó el pelo, carraspeó y empezó a darme la clase de anatomía más interminable que pueda imaginarse. El tema principal era el semen y cómo un espermatozoide puede fecundar un óvulo. Nada, en fin, que pudiese sorprender demasiado a una chica de 18 años que ya había visto semen derramado sobre casi todas sus partes. Semen, en concreto, del hijo del hombre que me estaba dando la charla.

Aclarado lo del óvulo, empezó a darme consejos sobre sexo seguro, insistiéndome en trucos elementales como que aprovechásemos sobre todo las dos semanas anteriores a la ovulación, en las que resulta muy difícil (aunque no imposible, según me recalcó) quedarse embarazada y que en cambio mejor recurriésemos a la abstinencia durante las dos siguientes, las del ciclo fértil. Me proponía, en fin, lo que él consideraba una vida sexual plena y equilibrada: 15 días de barra libre y otros 15 en los que mejor ni tocarnos.

Yo escuchaba con atención, pero reprimiendo a duras penas el sopor que me causaban sus consejos y su voz grave y monótona. De vez en cuando me preguntaba si tenía alguna duda. Yo negaba con la cabeza. Así pasamos cerca de dos horas, encerrados en un despacho claustrofóbico, con el aire acondicionado a tope, frente a frente, hablando de sexo. O mejor dicho, él hablando y yo escuchando un monólogo soporífero sobre anatomía humana y salud reproductiva. Por suerte, ya no tengo por qué soportar los plomizos sermones de ese tipo. Compadezco a la pobre chica que haya venido detrás de mí.

Al final, casi todo lo que hoy sé sobre sexo lo he ido descubriendo yo sola, sin necesidad de charlas ni sermones. Con mis dedos, con mis amantes y con mi curiosidad por nuevas formas de obtener placer. Y es que lo mejor del sexo no se explica. Se vive.

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