Historias del porno ¿El cine X perjudica seriamente la salud?

En nuestro rincón de la historia morbosa y obscena repasamos los años en que el porno fue ilegal en Estados Unidos (y en casi todas partes) y llegó a considerarse incluso una amenaza contra la salud pública.

Porno vintage
Paco Gisbert | 27/09/2017 - 9:05

La serie de televisión ‘The Deuce’ dramatiza, con la habilidad narrativa que caracteriza a David Simon y George Pelecanos, el nacimiento del cine porno en el Nueva York de los primeros 70, cuando la Gran Manzana era un hervidero de sexo y la pornografía comenzaba a formar parte de la vida social de los estadounidenses.

La acción arranca en 1969, en un entorno muy concreto (las prostitutas y sus chulos que poblaban Broadway) y cuando el negocio de la distribución del porno todavía estaba en pañales. En aquellos tiempos, los antiguos teatros de burlesque, en los que solo unos años antes se ofrecían espectáculos con mujeres ligeras de ropas y canciones picantes, se habían transformado, en su gran mayoría, en salas especializadas en cine pornográfico y proyectaban los loops que se realizaban en los sótanos y lofts de la calle 42.

Pero, como se explica en uno de los episodios de la serie, en las salas no se proyectaban los cortos en su totalidad, sino que estas funcionaban como una especie de gancho para que el público las viera en las máquinas de distribución que había instalada en sex shops y tiendas de libros eróticos.

El único material que gozaba de legitimidad para ser exhibido en las salas era el documental, por su valor antropológico, lo que produjo una avalancha de documentales relacionados con el sexo y la pornografía, muchos de ellos dirigidos por quienes se convertirían en pioneros del porno ficcionado, como Alex de Renzy o Gerard Damiano.

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Al margen de la ley

Toda esta situación dejaba en un limbo legal a la pornografía que intentó regularse por medio de la Comisión Presidencial sobre la Obscenidad y la Pornografía. Creada en 1968, bajo la presidencia de Lyndon B. Johnson a raíz de una sentencia de la Corte Suprema que daba la razón a un ciudadano del estado de Georgia para que pudiera ver contenidos eróticos en su hogar, la Comisión recibió un nuevo impulso al año siguiente, cuando tomó el poder el conservador Richard Nixon e incluyó entre sus 18 miembros al activista contrario a la pornografía Charles Keating, fundador entre otras asociaciones de Ciudadanos por una Literatura Decente.

La Comisión gastó dos millones de dólares recabando informes y entrevistando expertos para comprobar si la pornografía producía daños morales en quienes la consumían. Contra todo pronóstico y pese a la fuerte oposición de Keating, único de los comisionados nombrado directamente por el presidente, la Comisión dictaminó en septiembre de 1970 que la pornografía “no degrada la moral de los adultos” y recomendaba a todas las administraciones norteamericanas la promulgación de leyes que abolieran la prohibición de difundir o distribuir pornografía, además de abogar por una educación sexual a nivel nacional.

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Su estudio se había basado en la experiencia de Dinamarca, el único país del mundo en aquellos momentos en que la pornografía era legal. En fin, que la Comisión presidencial concluyó que ver porno no perjudica seriamente la salud, ni mental ni física, y, sobre todo, no anima a cometer delitos sexuales, al contrario de lo que defendían Keating y sus amigos.

Lo que parecía ser el paso definitivo para la legalización del porno en los Estados Unidos no fue tal, porque el Senado norteamericano rechazó la propuesta de la Comisión gracias a las presiones de los lobbys conservadores. Eso creó una indefinición legal que se prolongaría durante años, en un goteo continuo de demandas contra locales que proyectaban porno y productores, directores y actores de las películas, que cada juez resolvió de una manera y que no terminaría, gracias a la fuerza del precedente en la justicia estadounidense, hasta mediados de la década de los 70.

 

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