Vicio y subcultura El encanto morboso de las chicas yonkis

La sobredosis de heroína de Demi Lovato hace que en el rincón del vicio se plantee una de las cuestiones cruciales de nuestra época: ¿Por qué las chicas que llevan una mala vida nos resultan tan irresistibles?

Demi Lovato
Javier Blánquez | 30/07/2018 - 14:43

Estamos en verano, hay escasez de noticias, y cuando aparece alguna anécdota sensacional que afecta a cualquier famosa de categoría dudosa, ocurre que los medios de comunicación, dada la merma de mercancía valiosa, se lanzan sobre la presa como un tiburón que ha olido sangre fresca.

El tema jugoso de los últimos días, si es que han estado siguiendo las noticias y no pasando las horas ligando bronce en la playa y viajando por África, es la recaída de Demi Lovato en las drogas: el pasado 25 de julio saltaba la noticia que afirmaba que la cantante había sido ingresada en un hospital de Los Ángeles por una supuesta sobredosis de heroína –como siempre, la exclusiva la avanzó el portal de cotilleos más fiable del mundo, TMZ, el Lecturas del siglo XXI–. Y nada más saberse, empezaron a llover los artículos, las sospechas y los perfiles. Todo sea por unas visitas.

Por supuesto, esto es algo que en ‘Primera Línea’ nunca haríamos. Nuestra idea del morbo es otra. JAMÁS aprovecharíamos una desgracia como la recaída de Demi Lovato para dedicarle un artículo a Demi Lovato hablando de su fragilidad mental, sobre lo pronto y mal que le llegó la fama, acerca de sus malas compañías y sus inseguridades.

Demi Lovato

 

La prueba de ello está en que este texto que ahora lee usted trata, en realidad, sobre cuestiones humanitarias de gran importancia e incluye un análisis de lo que podrían hacer los estados para frenar el cambio climático y el hambre en el mundo, pero claro, hay que leerlo en clave. Le animamos a que descubra el código, lo quiebre y extraiga importantes enseñanzas sobre los retos de futuro que afronta nuestro planeta.

 

Generación X 3.0

Hecha esta advertencia, sigamos con el hilo anterior. Estábamos hablando (en clave) de Demi Lovato, una de esas estrellas del pop de la última década que se han convertido en emblema de la nueva generación, la que hoy tiene entre 20 y 30 años, y que ha concedido su favor no a las gallinas viejas de otra época –Madonna, etcétera–, sino a jóvenes que empezaron su carrera al borde de la adolescencia y que han ido creciendo a medida que lo hacían sus fans.

Demi Lovato pertenece a la generación de Ariana Grande, Selena Gómez y otras mozas todavía jovencísimas surgidas de factorías como Disney o franquicias como Camp Rock, que es dónde Lovato asomó la patita por primera vez. En la mayoría de los casos, la relevancia artística de estas muchachas es escasa –salvaríamos a Ariana Grande, que sus discos tienen más chicha que el volumen corporal de Beth Ditto–, pero a quién le importa la música cuando puede tener un poco de morbo eficiente a costa de jóvenes que apenas han cumplido la mayoría de edad y ya se muestran promiscuas con el sexo y ávidas con las drogas.

Demi Lovato

Ariana Grande nunca ha tenido problemas en ese aspecto, y las inseguridades de Selena Gómez, que las tiene, nunca le han llevado a un terreno tan preocupante, pero de Demi Lovato siempre se ha dicho que su entrada tempranísima en el circuito del pop masivo y la fama mundial gracias al cine hicieron mella inmediata en su rutina vital.

 

Precoz como muy pocas

Su primer disco apareció cuando ella tenía 15 años, y empezó a salir en televisión, como extra infantil en diferentes series de televisión, con menos de 10. Aunque sólo tenga 25 ahora, más de la mitad de su vida ya la ha pasado entre platós y escenarios, sufriendo el escrutinio constante de profesionales del gremio, público y la masa cotilla en general.

De hecho, internet se ha convertido en una trampa para muchas de estas chicas, que ven cómo en las redes se producen episodios de bullying, acoso y campañas de desprestigio comparables a las que sufrieron en el colegio, y todo porque hay millones de personas ahí fuera dispuestas a opinar visceralmente sobre un peinado, un color de pelo, la elección de una ropa concreta para una foto o a quién sigues o dejas de seguir en Instagram, razón por la cual Ariana Grande cortó con su novio hace unos meses y cerró temporalmente sus plataformas de ‘social media’.

Con Demi Lovato ha ocurrido algo parecido: lleva toda su vida juzgada, criticada, analizada, y encontró el refugio en cosas como una botella de ginebra o unas pastillas ansiolíticas para calmar el desgaste mental. Y eso ha hecho de ella un ejemplo más de la yonki moderna, una versión siglo XXI de artistas como Janis Joplin, que tenía una voz colosal para el blues, pero también un codo con demasiada tendencia a empinarse, y que bebía como un cosaco, costumbre que le llevó a la muerte.

Demi Lovato

En la música, y en la moda, hay numerosos casos de mujeres que encuentran una salida fácil en los paraísos artificiales de Baudelaire, y Demi Lovato también cayó. De cuatro patas y, además, muy pronto. En fecha tan temprana como 2010 ya se sabía que tenía un problema con el alcohol, y en aquel tiempo ya tuvo que suspender giras y entrar en clínicas de rehabilitación para revertir la tendencia. Desde entonces, ha entrado y salido con cierta regularidad, síntoma de que el problema no está resuelto, porque más parece mental que físico.

 

Confesiones de una joven politoxicómana

Este año, en su canción confesional ‘Sober’, Demi Lovato parecía anunciar al mundo que estaba recuperada, que ya había dejando de dialogar con la botella y de buscar la paz mental por medio de remedios químicos. Pero la noticia del otro día volvió a encender las alarmas: un ingreso por sobredosis de heroína es cosa seria –que conste que eso no implica pincharse la vena, seguramente sea de abuso de fármacos con altos niveles de opiáceos, una de las causas de los fallecimientos recientes de Prince y Carrie Fisher–, y demuestra que Demi Lovato no está recuperada, ni mucho menos.

Estas caídas y recaídas, estos avisos de mejora y de mañana lo dejo, han despertado un fantasma que se agitaba a lo lejos, que es el de Amy Winehouse, el caso emblemático de estrella de la música con voz extraordinaria cuya vida se fue por el retrete por el consumo de drogas y por su tendencia a decir que no cada vez que se le recomendaba ir a rehab.

Demi Lovato

 

Porque no todas las artistas pueden ser como Courtney Love, que se ha picado la vena y se ha bebido hasta el agua de los floreros, y ahí sigue: lo normal es que, como Amy o Whitney Houston, el caballo, el crack y otras drogas corrosivas del organismo te lleven al otro mundo en menos que canta un gallo, no sin antes haberte obsequiado una vida de anti-glamour con los dientes picados y muchos meses de vida en un piso sucio y desballestado, en el que que no querría vivir ni Gollum.

¿Hay un encanto yonki? En la moda, hace unas décadas, se inventó el concepto heroin-chic para describir la tendencia de esas modelos esqueléticas, casi fantasmales y pálidas, cuya emisión de belleza estaba precisamente en la delgadez fronteriza con la ocasionada por las muchas drogas y el modo de vida peligroso. La reina del heroin chic fue Kate Moss, y tan grande fue su influencia que, llegado el momento, se empezó a poner freno, con éxito moderado, a la participación de las modelos muy delgadas en desfiles y campañas de moda.

También, de manera periódica, la droga adquiere un aura mítica y elegante en diferentes etapas de la evolución musical reciente, ya sea en el rock, en el jazz, el flamenco y, por supuesto, en la música dance. Pese a las campañas de salud pública y las recomendaciones activas para disuadir a la gente de probar las drogas de manera irresponsable, hay momentos en los que de nada sirve advertir de los peligros: las drogas molan y se consumen.

Demi Lovato

 

Una tradición espeluznante

Las consecuencias pueden ser fatales, por supuesto. Últimamente, varios artistas y famosos han sucumbido a una dosis mal medida: decíamos Prince, pero también decimos Carrie Fisher, Philip Seymour Hoffman y, en su momento, Heath Ledger. No era gente que se estuviera arrastrando por los narcopisos y mendigando una dosis a base de limosnas, sino famosos en la cresta de la ola, la mayoría de las veces, con problemas de ansiedad, depresión, autoestima o agobio; necesitaban pastillas y no midieron bien la dosis.

La fama, casi siempre, es una putada: no la deseen. En esa misma dinámica ha estado Demi Lovato, una polluela joven y en la flor de la edad que, sin embargo, no es capaz de gestionar su suerte y ha decidido, una vez más, lanzarse por el tobogán de la autodestrucción. Ahora bien, como suele decirse, de la droga se sale: si lo consiguió Britney Spears, por qué no lo va a conseguir cualquiera.

Es cierto que hay un glamour yonqui y que sentimos cierta fascinación por la chica joven y guapa que se droga, y que decide lanzarse por la pendiente en busca de un final fatal. Existen en la moda, en el porno –pronto tendremos que explicar qué es lo que ha pasado con Keisha Grey–, en el cine y en el pop –hay artículo reservado a Sky Ferreira para cuando se decida a publicar su nuevo disco, que se está retrasando más que el ‘Chinese Democracy’ de Guns’n’Roses–, y volveremos a hablar de ellas tarde o temprano, porque esta tendencia no se frena.

Otra cosa es que nos guste.

 

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