Vicio y subcultura El increíble auge del porno con pretensiones

Purpurina, disfraces y luz nocturna son, en opinión de Blánquez, tres de las grandes señas de identidad del porno pretencioso, una corriente que se esfuerza por mantenerse a flote en esta era de gozos descarnados.

BlackedRaw
Javier Blánquez | 20/11/2018 - 12:24

A lo largo de los tiempos, el porno ha buscado siempre su oportunidad para dignificarse como cultura pop e incluso como arte. No lo necesita, pero es lo que hay.

Ya se sabe que en cualquier disciplina creativa supuestamente fuera del canon de lo sublime –le ha pasado al cómic, al cine de serie B, a la novela de detectives, a muchas cosas– hay que forzar la cuerda del significado y el marco estético para parecer una cosa digna, y tampoco vamos a negar que, planteando este tipo de maniobras, a veces se ha entrado en una nueva dimensión y se han hecho cosas de valor.

De hecho, el origen del cine porno es una historia de aspiración: entre los primeros realizadores había el deseo de hacer arte, de entrar en el discurso de la cultura oficial, y no quedarse únicamente en la perversión de la representación gráfica del acto sexual. Ocurre que hay una gran distancia entre querer ser arte valioso y serlo de verdad, pero al menos lo intentaban.

A lo largo del tiempo, muchos han sido los realizadores y los estudios que, aun sabiendo que lo suyo se reducía a meterla y a sacarla, han cuidado algunos aspectos del producto para intentar legitimarlo. El guion, por ejemplo –que levante la mano quien haya escuchado una vez la frase “me gusta el porno, pero sólo si tiene argumento”–, o la calidad de la fotografía, o el cuidado de la puesta en escena –es decir, ir más allá del sofá cutre blanco de siempre–.

En ese aspecto, hay un hilo conductor que va de las producciones de Vivid de finales de los 80 al cine de Mario Salieri y Andrew Blake en los 90, a la edad dorada de Private y, en la última década, el trabajo de productoras como X-Art, Nubiles o Vixen. La validez de esas propuestas estaba en que, sin olvidar que lo que hacen es porno, intentaban cuidar los detalles para que fuera porno bueno, y no otra cosa que intentara camuflar que precisamente, uy qué horror, eso era porno.

TrenchcoatX

 

Sexo animal

Así que, a lo largo del tiempo, ha habido una tensión entre la utilidad del producto –básicamente, que te toques un poco– y su validez artística –no es que el museo del Louvre se haya propuesto abrir una sala con las películas de Sylvia Saint–.

Cuando llegó el porno gonzo, toda esta tensión se fue a tomar viento: de repente, ganó la idea primaria, la representación bruta y animal de la sexualidad, el más cerdo todavía. Y el porno de los últimos años, de hecho, también hay que entenderlo como eso, como una tensión entre lo evidente y lo sutil, en hacerlo primigenio y visceral, pero a poder ser con algunos toquecitos chic. Y entonces es cuando el porno se mete en aventuras que a veces dan un poco de yuyu.

Ejemplos: las películas-parodia, donde para justificar un giro argumental se mezcla el sexo con el cosplay, y tenemos, por ejemplo, a actrices y actores disfrazados de superhéroes, de personajes de la cultura pop, incluso de Pokémon (no es broma, hay una escena de nuestra querida Alexa Tomas en la que sale fornicando ardorosamente con un disfraz de Pikachu, pokémon de la primera generación de tipo eléctrico, y es bastante bajona).

Esto lo hizo mucho Private durante una época, y es lo que siguen haciendo Wicked y Axel Braun, con aquellas supreproducciones inspiradas en el Imperio Romano, en Piratas del Caribe o cualquier otro entorno sancionado por la cultura de masas. El subgénero del porno inspirado en Star Wars, por ejemplo, es inagotable.

 

Aquí y ahora

Esto sigue ahí, y ejemplo de ello es lo que últimamente hemos visto en escenas protagonizadas por algunas de las estrellas poderosas del momento, como Riley Reid o Abella Danger, o por productoras como Pure Taboo o TrenchcoatX: al intentar darle glamour al porno, hacen cosas que pueden tener su sentido estético, pero que anulan el impacto animal que tiene que tener una escena sexual.

BlackedRaw

 

Por ejemplo, jugar con la luz natural, de modo que una escena que comienza con el último sol de la tarde se termina transformando en una escena de noche con luz artificial –ya dijimos aquí que rodar de noche y con luz artificial empezaba a ser tendencia gracias a Blackedraw, y ahora es moda con ínfulas–, o darle una identidad estética a todas las escenas de una serie. Pure Taboo, por ejemplo, busca un toque de claroscuro, como si en vez de porno fuera un cuadro de Caravaggio.

En plena corriente, lo último que hemos visto y que más nos ha llamado la atención es la proliferación de escenas en las que las actrices aparecen con el cuerpo recubierto con purpurina o pintura dorada. En serio: en vez de lucir su bella desnudez, y perlar la piel de sudor que cae a chorros –que es lo que últimamente está buscando Greg Lansky en sus escenas más duras, que se vea sudar a las actrices–, lo que hacen es convertir a Riley Reid en un Ferrero-Rocher, delicioso por dentro y brillante por fuera.

Hay otra escena reciente de Abella Danger, en la que le perfora el siempre eficaz Markus Dupree, que cuando no rueda porno trabaja haciendo túneles con el pene en la red de oleoductos rusos que trasladan el gas a Europa, en la que ella aparece caracterizada como faraona de Egipto y lleva todo el cuerpo cubierto por purpurina brillante, mientras al fondo hay como una proyección de diapositivas.

Pure Taboo

 

A ver, en serio, ¿todo esto para qué?

Seguramente, habrá un segmento de público al que le gusten estas cosas, y que se excite con elementos de atrezzo como un collar, unos zapatos de tacón, una pajarita o, para el caso, la piel cubierta por purpurina, pero si ese tipo de porno no se comercializa buscando ese segmento en concreto –como sí lo hace el porno con reptiles–, entonces queda una cosa muy rara, muy poco realista, seguramente incómoda para los profesionales y de efecto erótico dudoso, por no hablar ya del artístico.

Y precisamente en un momento en el que el porno, gracias a las grandes inversiones de Greg Lansky y la visión de Kayden Kross, está intentando alcanzar un nivel Hollywood en su producto, hacer este tipo de cosas sin ton ni son, y porque parece que mola, quedan como un intento cutre que se queda a medio camino.

Vaya por delante: queremos que el porno sea brillante (creativamente hablando) y atrevido, y si aspira a ser arte, debe encontrar su camino. Lo ha hecho en el pasado, y lo seguirá haciendo en el futuro.

Pero hay modas raras, y excentricidades sin mucha explicación, que no sólo no aportan novedades, sino que bajan la excitación a marchas forzadas. A menos, en productoras como Legal Porno o Brazzers lo tienen claro: como mucho dejan al personal con las medias puestas, una gorra y unos calcetines, y el resto es ir al grano. Porque el porno, si no va al grano, no es porno, sino otra cosa.

 

 

 

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