Vicio y subcultura El mundo loco de los sex-shops japoneses

Si te quedaste con la idea de que los sex-shops son zocos del sexo de saldo más bien previsibles y decadentes, tienes que visitar los de Japón. En estos grandes almacenes de la extravagancia sexual uno se abre a formas insólitas de placer y consumo y se reconcilia de paso con el ser humano.

Sex-shops en Japón
Javier Blánquez | 28/07/2017 - 20:52

Hubo una época en la que entrar a un sex-shop en España era casi lo mismo que irse a Sarajevo en pleno verano del 93 a hacer turismo: una actividad de lo más peligrosa en la que, por suerte, no se perdía la vida, pero sí la inocencia.

Los sex shops solían ser antros mal iluminados, con expositores mustios, un tono gris general y una serie de objetos a la venta que, en efecto, nos apetecía mirar, tocar e incluso poseer, pero que parecían recubiertos por una pátina de materia repelente que nos impulsaban a dejarlos allí, incluso a esquivarlos con la mirada. Arneses, películas en DVD, lencería rara, cosas de cuero, muñecas, revistas: muchos de aquellos bienes de consumo ahora son residuales –mientras que otros se han disparado–, pero el halo de sordidez que envolvía a los sex-shops obligaba a pasar por allí de puntillas, o incluso a no entrar.

Porque lo peor eran las cabinas, esos cubículos estrechos de los que a veces salía un señor con el pelo revuelto y la mano pringosa en la que, por un precio nada módico, te mostraban imágenes de vicio y subcultura. No eran lugares agradables. Todavía estaba Felipe González en el gobierno.

 

La edad del oro del comercio sexual

Hoy, los sex shops son lugares mucho más espaciosos, iluminados, bien surtidos y hasta tienen hilo musical; se parecen a lo que sería la dependencia erótica del Primark, si es que el Primark tuviera juguetes sexuales, esposas, strap-ons y aceites corporales entre su variada oferta para la clase media-baja de los grandes núcleos de población urbanos.

Han (casi) desaparecido las películas y las revistas, soportes de nuestra educación erótica en la edad oscura, cuando un vistazo rápido a ‘Penthouse’ creíamos que era mucho más educativo que leer ‘La Celestina’ –aunque, siendo justos con la realidad, no se podía entrar a un sex-shop a hojear revistas, porque estaban fuertemente precintadas e incluso llevaban candado–, y en general son lugares agradables en los que darse una vuelta, olisquear rarezas y salirse luego. Forman parte de la oferta de ocio en una tarde cualquiera de compras en la gran ciudad.

Pero, aún así, en los sex-shops de España ya no entramos. Se ha vuelto todo tan chic que incluso existen modalidades pequeñas, indistinguibles de una zapatería, a las que llaman ‘condonerías’ y que venden preservativos de sabores, otra clase de profilácticos, juguetes, caramelos afrodisíacos y lencería.

Demos gracias a la regulación legislativa, que ha sacado el comercio erótico de la marginalidad para convertirlo en algo no demasiado alejado de una panadería orgánica. Lo que ocurre es que, con tanta funcionalidad y diseño, lo que antes era una experiencia peligrosa, contracultural, ahora se ha convertido en algo aburrido. Si, andando por la calle con una dama a tu vera, surge la opción de ‘entrar a un sex shop’, la respuesta debe ser siempre que no, que ni hablar, que vaya pérdida de tiempo. No por vulgar, sino por aburrido. En los sex-shops no pasa nada. A menos, porque siempre hay excepciones, que los visites en Japón. Entonces sí, hay que entrar.

Sex-shops en Japón

 

Un mundo aparte

Si no han estado nunca en un sex-shop de Japón, así va la cosa: se trata de grandes almacenes del sexo con un montón de gente comprando cosas locas y una variedad de productos alucinante, que dan una buena medida de los niveles de perversión a los que puede llegar la imaginación erótica oriental.

Para empezar, los sex-shops en Japón son lugares extremadamente divertidos, porque suena ese tipo de j-pop saltarín y adolescente por el hilo musical, lo que te obliga inmediatamente a pensar en colegialas con falda corta, calcetines blancos y coletas, algo muy necesario para estar in the mood cuando cruzas las puertas automáticas, y entonces empezar a cotillear.

Y si en algún momento habías pensado que los sex-shops en Japón iban a ser más comedidos que en otras partes, por aquello de las diferencias culturales y un sentido del pudor distinto –-que sería el que explicaría que en el porno japonés se pixelen los órganos sexuales–, lo cierto es que andas muy equivocado. Si entras en una cadena cualquiera de las muchas que hay, verás que todo está organizado como si fuera un Corte Inglés: en la planta baja están los objetos de consumo inmediato –unos caramelos para estimular la libido, un poco de lencería para regalar, las últimas novedades en Blu-Ray (porque en Japón no sólo es que se consuma porno en vídeo, sino que se hace en alta definición), y cosas curiosas como gomas de borrar, postales y trivialidades diversas.

Pero si decides bajar al sótano, entonces aparecen cosas muy interesantes. Por ejemplo, una planta entera dedicada al vídeo, de unas dimensiones parecidas a la sección de películas y discos de FNAC, y prácticamente todo dedicado al star system japonés. No es que allí no lleguen las ediciones en vídeo doméstico de las grandes productoras americanas –puedes hacerte con películas de HardX, Elegant Angel o Blacked, aunque al precio que te costaría una hamburguesa con patatas en el restaurante Horcher de Madrid, donde van a almorzar todos los capitostes del IBEX y Pérez-Reverte–, pero sin duda el mercado interior está muy bien surtido.

Sex-shops en Japón

 

Solo una puntualización: para un consumidor de porno japonés, ver una escena en la que Manuel Ferrara está taladrando a Eva Lovia es el equivalente a ver porno de otra etnia, así que es posible que no les excite tanto el sexo caucásico como el protagonizado por estrellas del porno local como Kokomi Naruse o Tsubomi, que son muchachas de formas nítidas, de línea clara, como mármoles vaticanos. Y hay toneladas de películas, y en cada planta hay consolas de visionado y pantallas que están todo el rato emitiendo fragmentos editados de las escenas, como si te estuvieran vendiendo el último disco de Katy Perry con videoclips.

 

Paraíso pansexual

A partir de la planta 1, está todo lo operativo para el buen folgar a la manera japonesa, que se puede hacer de varias formas: en pareja o en solitario.

El cliché que afirma que el pornófilo japonés es un pajillero encerrado en casa con hábitos muy freaks es cierto, y eso hace que el mercado del juguete erótico japonés abunde en filias propias de otakus. Por ejemplo, si tu deseo sexual pasa por ensartar con el micropene a un famoso dibujo animado –Bulma de ‘Bola de dragón’, o las niñas de ‘Neon Genesis Evangelion’–, esa fantasía será posible porque el surtido de muñecas inspiradas en el manga y el anime en un sex shop japonés es contundente.

Hay tal demanda que la oferta se dispara, y si en occidente lo que arrasa son los moldes de las vulvas de las estrellas mainstream del momento –un masturbador con los vericuetos interiores de Keisha Grey–, allí no interesa tanto el tacto y la humedad interior, sino la presencia exterior: hacértelo con Misa Amane, de ‘Death Note’, es algo que mucha gente lleva años pidiendo a gritos.

Sex-shops en Japón

 

Más allá del momento freak, los sex-shops japoneses son zocos en los que cualquier cosa que desees la puedes encontrar. ¿Amplia variedad de cuerdas para el bondage? Por supuesto. ¿Diferentes artefactos para causar dolor, desde velas dispuestas para arrojar cera caliente sobre la piel o látigos, pañuelos para amordazar y cosas de cuero? Todo lo que quieras. ¿Una selección variada de masturbadores femeninos? De todos los tamaños y a todas las velocidades, con las pilas incluidas.

¿Vestidos de enfermera, camarera de piso, dómina, azafata o lo que se tercie, para cumplir las más recurrentes fantasías? Además de un sex-shop, el local japonés es también una casa de disfraces. ¿Aros para el pene, bolsas para la autoasfixia, mementos y souvenirs sobre cuestiones guarras? ¡Agua va!

Cada planta es temática –para mujeres, vestidos y dildos; para hombres, geles y moldes; para las parejas, cualquier cosa que estimule las fantasías kinkys, incluidas espumas para afeitar y todo tipo de lubricantes–, hasta que llegas al final de todo y te das cuenta de que necesitarías varias vidas, o una actividad propia de Nacho Vidal, para sacarle partido a toda esa oferta sexual que Tokio, la gran urbe consumista, pone a tu alcance.

Así que un consejo para el turista abierto de mente y oídos: si en tus vacaciones de este año te vas a Japón, además de ponerte como el tenazas en los restaurantes de sushi y fideos, ponte un poco caliente pisando un sex-shop. Los hay en todas partes, y están a rebosar de cosas que nunca imaginarías que fueran posibles.

 

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