Vicio y subcultura El porno desde dentro da mucho miedo

De la adicción al sexo en serie al porno feminista pasando por la errática (y un tanto salvaje) carrera en el cine X de la starlette Kylie Page. De todo eso trata la serie documental de Netflix ‘Hot Girls Wanted: Turned On’. La hemos visto y estas son nuestras impresiones.

Kylie Page
Javier Blánquez | 09/05/2017 - 11:13

La industria del porno en Estados Unidos, ya lo hemos explicado por aquí más de una vez, es algo parecido a una planta procesadora de carne, que tritura, empaqueta y desecha a cientos de jovencitas con sueños de grandeza año tras año.

En un sector que tiene que estar ofreciendo continuamente caras nuevas, en el que el público consumidor se cansa de ver siempre lo mismo y reclama sorpresas, y en el que mantenerse arriba durante mucho tiempo solo está al alcance de unas pocas actrices privilegiadas con mucha suerte, buen cuerpo, la actitud correcta y algo de persistencia.

Es cierto, en el porno, si te lo sabes montar, hay mucho dinero en juego. No solo con las escenas –eso sería una parte significativa, pero no la más importante del pastel–, sino también con las webcams, las giras por clubes, la venta de bragas usadas, etcétera. Y si sumamos la promesa de un futuro próspero ganando más de 100.000 dólares al año, sexo a raudales, glamour y fans dispuestos a costearte tus caprichos con regalos en Amazon, se entiende el porqué del boom del porno en los últimos años, curiosamente en una época en la que cada vez menos gente paga por ello.

 

La cara oculta

El documental ‘Hot Girls Wanted’, que estrenó Netflix en 2015–-producido por la actriz mainstream Rashida Jones, y dirigido por Jill Bauer y Ronna Gradus– trataba sobre esta cuestión, sobre el sueño americano en la industria del sexo y cómo ese sueño, casi siempre, acaba roto en pedazos tras un furioso golpe de la realidad.

La idea era seguir a un grupo de chicas debutantes en el porno que respondían a un anuncio publicado en internet –la manera más sencilla de conectar a agencias con nuevas actrices es Craigslist– y que se desplazaban a un suburbio de Miami para ingresar en la familia de Hussie Models.

En empresas como Hussie es donde está el núcleo del negocio: su responsable, Riley Reynolds, es un actor porno del montón que se dedica a captar chicas, las aloja en una especie de casa-patera con piscina durante meses mientras les busca trabajos en la industria del porno de Miami y, aunque parece representar la figura del padre que se preocupa por sus niñas, en realidad es un mercader que se lleva la parte del león en cada contrato con Mofos o Brazzers. Básicamente, un explotador que juega con la ilusión de las actrices que se ponen en sus manos, mientras se cobra el derecho de pernada.

Así pues, el documental sigue los pasos de tres actrices fracasadas –una de ellas, Ava Taylor, estuvo a punto de durar casi un año en el porno, y rodó escenas en productoras de las ligas mayores como New Sensations–, porque lo normal en el porno es fracasar.

Ava Taylor

 

Intentos fallidos

Las razones que llevan a tantas chicas a este mundillo son la curiosidad por el sexo, la promesa de dinero, pero también huir del aburrimiento de sus vidas de provincias y poner tierra de por medio con su familia. Así que muchas pasan de un entorno deprimente a otro directamente sucio y cruel, razón por la cual la media de duración sea de entre tres y seis meses en el mercado.

Si en ese tiempo no se ha conseguido llamar la atención –procurando muchas visualizaciones y descargas de vídeos en los portales, ganándote la confianza de los productores con más recursos–, el porno te expulsa para siempre. Es una industria sin entrañas. Cierto es que nos da muchas alegrías para el cuerpo y un impacto visual que ni Stendhal ante el Duomo de Milán, pero gracias a ‘Hot Girls Wanted’ supimos qué es lo que había detrás. Detrás hay depredadores y presas, sueños rotos y vidas frustradas.

Tras el éxito de aquella pieza de denuncia, el equipo que hizo posible ‘Hot Girls Wanted’ se ha vuelto a reunir para entregar, también a Netflix, la primera temporada de ‘Hot Girls Wanted: Turned On’. De un largometraje pasamos a una serie de seis capítulos, aunque la intención es la misma: tratar, por medio del formato documental, el entorno de confusión que afecta al sexo en el siglo XXI, y en particular cómo es el lado oscuro de la industria del porno.

La serie se estrenó hace tres semanas, y aunque no ha cumplido la promesa del titular que eligió el suplemento Tentaciones de El País –“Hombres, esta es la serie documental que puede hacer que dejéis de ver porno”–, sí se parece un poco al matiz apocalíptico que incluía Lucía Lijtmaer en su artículo para Eldiario.es: a medida que se va viendo cada uno de los capítulos, aquello más que a una serie erótica se parece a ‘Black Mirror’. En particular, porque algunos documentales tratan sobre sexo y tecnología, y cómo las redes sociales o las herramientas móviles están cambiando la manera que tenemos de relacionarnos con los demás, observar el hecho sexual e incluso deshumanizarlo.

 

¿Una tesis cuestionable?

‘Hot Girls Wanted: Turned On’ tiene un trasfondo de denuncia, y por tanto también un sesgo moralista. Viene a decirnos que hay un reverso oscuro en el porno, como en la fuerza de los Jedis, y que hay que cuidarse mucho de penetrar (no va con segundas) en él, si es que tenemos escrúpulos y entrañas. El primer capítulo, ‘Arriba las mujeres’, trata sobre una cuestión que ha centrado buena parte del debate sobre el porno en el siglo XXI, el del feminismo y la mirada femenina, sobre todo desde el momento en que internet se convierte en el medio de difusión principal y esto hace que se destruya la industria glamurosa hasta la década de los 90 y se imponga el género gonzo como el más consumido y el más producido.

El gonzo barrió con cualquier intención artística que pudiera haber en el porno y convirtió la industria en una fábrica de montaje de escenas crudas, sin argumento ni pre-producción, en las que solo se veía gente follar, normalmente con una dureza creciente. El gonzo trajo al porno prácticas que antes no eran habituales –el cream pie para culminar una escena, por ejemplo– y una mirada simplificada que se centraba casi siempre en la mujer.

Así que el porno feminista, o con intención feminista, intenta romper esta hegemonía dándole al porno algo más de “gusto” y una mirada nueva, que en ese capítulo asumen nuestra amiga Erika Lust y su equivalente en Estados Unidos, Holly Randall –la hija de la famosa fotógrafa erótica Suze Randall–, que suele dirigir películas para productoras mainstream como Wicked o Digital Playground. La conclusión es que hacer porno de calidad cuesta dinero y hay que ganarse al público con mucho esfuerzo. Es una batalla que se puede perder.

 

La tecnología os hará libres

El segundo capítulo, ‘Ámame en Tinder’, trata sobre un nuevo arquetipo del follador en la última década: el depredador de Tinder, alguien con tanto éxito con las apps de ligues que ha amasado una colección de amantes casuales tan colosal –incluso las anota en un cuaderno, como Don Giovanni o Will Smith en ‘El Príncipe de Bel-Air’, que gestionaba una codiciada “chorbagenda”–, tanto, que se ha olvidado de fomentar relaciones humanas serias y firmes.

Es tan sencillo follar gracias a las apps, si uno le ha pillado el truquillo, que lo normal es tratar a las chicas como si fueran candidatas de un casting: es fácil desprenderse de una porque hay muchas haciendo cola, siempre aspiramos a algo mejor, aunque por el camino se deshumanicen las relaciones y se atrofie la capacidad de madurar y empatizar.

El sentido moralista de ‘Hot Girls Wanted’ queda claro aquí: el protagonista, James, es un ex concursante de ‘Gran Hermano’ que ganó fama repentina tras ser expulsado del concurso, el típico chico bueno al que las chicas querían “como amigo”, y que aprovechó la coyuntura para dejar de ser un pagafantas y convertirse en un follador en racha; durante el documental, James no se arrepiente de su actitud… hasta el final.

 

Las entretelas

Los capítulos más interesantes son el tercero y el cuarto. El quinto tiene que ver con los fans del porno, y cómo se obsesionan con las chicas que aparecen al otro lado de la pantalla, y el sexto trata sobre el sexo en las redes sociales, y cómo muchas veces la mirada desde la pantalla puede ser delictiva y contradictoria con el mundo real –trata sobre el caso de una chica de 18 años condenada a prisión por transmitir durante 10 minutos, vía Periscope, la violación de una amiga, más preocupada por amasar ‘likes’ y visualizaciones que en llamar a la policía–. Pero los dos episodios centrales son los que nos llevan a la industria del porno, a conocerla desde dentro.

‘Propietarias’ es un regreso al mundo de las agencias de contratación y tiene como protagonista a Bailey Rayne, webcammer, ex actriz y empleada de una agencia que intenta trabajar en el porno en base a criterios éticos: se aconseja a las chicas cómo gestionar su dinero, cómo tener al día sus impuestos, cómo evitar depredadores, cómo llevar el conjunto de su carrera, en definitiva, y no caer por el camino.

Lo interesante de este capítulo es que ahí conocemos a Bonnie Kinz, una debutante que rápidamente llama la atención a las productoras –tiene un cuerpo pequeño, natural, redondo y compacto– y que poco a poco empieza a perder el norte: de querer hacer solo escenas lésbicas, rápidamente se pasa a las escenas chico-chica por dinero, se busca un viejo verde que le paga por su compañía –paso previo a la prostitución–, se gasta su dinero en drogas y finalmente se cambia su nombre al de Kylie Page cuando Bailey la da por perdida.

Kylie Page

 

“No sé qué será de ella”, confiesa Bailey al final. Lo cierto es que Kylie Page es hoy una de las actrices de moda, una de las curvys más solicitadas, que ya ha trabajado con Manuel Ferrara y Greg Lansky, pero ahora sabemos cómo llegó hasta allí: de manera inconsciente, ganándose mala fama como joven inmadura poco de fiar. ¿Cuánto durará?

El cuarto capítulo, ‘La toma del dinero’, trata sobre los actores en el porno: sementales sacrificados, esclavizados durante horas obligados a mantener una erección poderosa sin correrse, y muchas veces marginados si pertenecen al colectivo de actores negros. Trata sobre el tabú del sexo interracial, sobre actrices que se niegan a follar con negros y sobre el humillante suplemento de 100 dólares que se les paga cuando trabajan para Blacks On Blondes, Blacked o DarkX.

‘Hot Gils Wanted: Turned On’ es una mirada al porno desde dentro. Tiene una intención de denuncia y de protesta que no cambiará cómo son las cosas, pero sí conseguirá que comprendamos mejor que el porno no es únicamente lo que nos muestran las actrices top desde sus cuentas de Twitter: dinero, viajes, amantes, regalos, playa y prosperidad. También hay derrotas, abandonos, tratamientos de apestada, ruinas, cuchitriles y el sueño de poder volver, si es que se puede, a tener una vida normal.

 

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