Vicio y subcultura Ella Hughes: apostamos todo al rojo

En vIcio y subcultura se rinde culto desde ya a esta británica pelirroja de 23 años que aborda el sexo con intensidad casi marcial y con esa mirada azul que perfora témpanos de hielo. Lo suyo no va a ser flor de un día.

Ella Hughes
Javier Blánquez | 17/07/2018 - 16:53

Para ciertas cosas, Inglaterra es una gran nación. Hacen el pop con el pedigrí más exquisito del mundo, han llevado hasta el límite de lo exasperante la buena educación –menos cuando se emborrachan y se tiran a la piscina desde un balcón de Magaluf–, han instaurado la costumbre de tomar el té a las cinco, y en el último Mundial de fútbol a punto estuvieron de jugar una final que nadie en su sano juicio habría pronosticado un mes antes.

Luego hay cosas por las que Inglaterra y, por extensión, Gran Bretaña nos cae mal: por el Brexit, por la comida de mierda que tienen en los supermercados, por lo caro que nos sale el cambio de la libra esterlina al euro, por lo poquísimo que se duchan y el acento tan cerrado que gastan, que parece que estén masticando morcilla, y ya de paso, contradiciendo lo anterior, porque han llevado hasta el límite de lo exasperante la mala educación –menos cuando eres hijo de un Lord y te has formado intelectualmente en Oxford.

Pero en general, como Javier Marías y tanta otra gente de bien, nos consideramos anglófilos. Y cuando se trata de cine porno, lógicamente, aún más.

 

La pérfida Albión

Inglaterra mola porque suele darnos mujeres con un morbo inusual, algunas porque han desarrollado una caja torácica con misiles tierra-aire harto prominentes –Sarah Young, la actriz X de los 80, le doblaba en tamaño a la mismísima Samantha Fox, si mal no recordamos; en las carátulas de las cintas de los videoclubs muchas veces no cabía de perfil–, y otras porque tienen ese bien tan escaso en otras culturas y latitudes que es el pelo rojo y la cara pecosa.

Ella Hughes

 

En cuestiones mujeriles, todo tenemos nuestros fetichismos predilectos: a algunos hombres les gustan de tobillo grueso y que haya (‘haiga’) donde agarrarse, y otras se desviven por la menudez asiática, y pervive el mito de la sueca –o sea, la rubia avikingada, de proporciones montañosas– y el de la latina que escupe fuego por los poros. Y, por supuesto, está la pelirroja de tez tan lechosa y medidas tan escuetas que parece una muñeca de cerámica, y ahí es donde llegamos a Ella Hughes, una de las británicas más picantes que nos ha dado el siglo.

Tiene 23 años y lleva en el porno desde 2015, así que no es exactamente ni una debutante ni una teen. Su historia personal es más sencilla que el manejo de un botijo: nació en Southampton, en la costa sur de Inglaterra, fue a la escuela, empezó a estudiar Derecho y, para financiarse las clases, comenzó a hacer webcams, con lo que empezó a sacarse un extra y a sacar la conclusión de que iba a ganar más dinero mostrando su cuerpo que defendiendo a delincuentes en los tribunales –y además sin tener que esperar varios años para sacarse el título y hacer las prácticas en un bufete–. Últimamente, en el porno ocurre mucho esto: se convierte en una carrera y un proyecto de vida porque se puede atacar desde la flor de la juventud, sin tener que esperar nada y con resultados instantáneos.

 

A marchas forzadas

El paso natural, después de la webcam, suele ser hacerse modelo erótica y, si hay valor para enfrentarse a los miuras del cine X masculino, empezar con el sexo explícito, y ahí fue donde Ella Hughes empezó a foguearse.

Le fue bien y muy rápidamente por motivos muy concretos: primero, porque en las escenas se comporta como si fuera a ser el último día de su vida, y se entrega y se implica con una decisión que no suele verse mucho en el porno, donde llega un momento en el que las actrices se convierten en funcionarias que rinden con lo mínimo. Pero cuando hay hambre, interés y aún no te has llevado decepciones, es cuando afloran depredadoras sexuales como Ella (o sea, ella), que delante de la cámara más parecen un leopardo famélico que una menuda post-adolescente de estatura XS.

Ella Hughes

 

No vamos a mentir, y por tanto no vamos a dárnoslas de pornófilos atentos a todos los movimientos del circuito –no nos pagan tanto como para estar en ese nivel–: a Ella Hughes la hemos conocido hace relativamente poco, más concretamente en el momento en que empezó a rodar escenas con el director francés más influyente de la década, AQNPSNHNO (Aquel que no Puede ser Nombrado hasta Nueva Orden) –tendríamos que haber sido más ágiles y descubrirle, por ejemplo, a las órdenes de Marc Dorcel– y, como las verdaderas mujeres valientes, se ha enfrentado a los pitones más estirados y gruesos del momento.

Pero que un simple fulgor de fama en el mainstream de la cosa no distraiga nuestra atención de lo importante: aquí no se trata de que Ella Hughes haya hecho una escena en Blacked compartiendo sábanas con un tipo zaíno que dos meses antes estaba trapicheando con crack en una esquina mohosa de Atlanta, sino de algo más etéreo: esa mirada azul.

 

Irresistible

Ella Hughes está brillando en el porno porque en sus escenas se transmiten pequeños detalles que, de tan evanescentes, podría parecer que no están ahí.

En este gremio, ya se sabe, hay dos tipos de actrices: las que se creen que se les debe algo porque les ha tocado la lotería genética y, a la mínima de cambio, se ponen a dormir y a vivir de rentas, hasta que su sexo aburre, y las que llevan el fornicio en la sangre y, aunque no entren en la categoría de bestias insaciables, saben que esta ficción del ñogo-ñogo para espectadores lúbricos ha de resultar una experiencia visceral, algo que despierte la atención y deje recuerdos imborrables.

A pesar de que la nueva ola puritana que cubre el mundo –tanto a la izquierda como a la derecha– censuraría sin duda opiniones así, lo cierto es que el sexo es tan necesario como respirar oxígeno, y su recreación –espectacular o artística, tanto da– debería ser parte integral de nuestra cultura. Si así fuera, empezaríamos por crear una nueva religión politeísta y Ella sería nuestra Afrodita, la diosa del amor, porque su carisma es divino y su acción está por encima del límite humano.

Ella Hughes

 

Vale, quizá estemos exagerando.

Lleva en el oficio poco tiempo y es como uno de esos futbolistas de temporada que brillan durante un torneo corto y parece que vaya a ser el futuro, y por el que se desviven los clubes más grandes de Europa. Pero concedámosle el beneficio de la duda. Todo lo que hemos visto hasta ahora de Ella Hugues nos encanta: tiene ese resplandor nacarado en la piel y unos ojos grandes y profundos en los que podríamos reflejarnos cuando nos afeitamos por la mañana, y tiene un mentón con hoyuelo de los que perfeccionan con una curva suave la forma ovalada de su cara, potenciada por el rojo intenso de su cabellera.

A partir de ahí, todo es proporción y miniatura. Hay un detalle que nos parece choni –el tatuaje que tiene en el pubis, aunque hemos visto cosas mucho peores y lo tendremos por pecadillo venial–, y otro que nos parece exquisito, y es que ella es de las que creen que el tesorito debe ir rasurado o con flora mínima.

 

Insaciable

Una vez pasa a la acción, lo mejor de Ella Hugues es que siempre toma la iniciativa y no se detiene en ningún momento. La hemos visto en productoras como Teens Like It Big, I Have a Wife, BlackedRaw y HotAndMean, así como en Tushy –o sea, ha habido expediciones espeolológicas en su organismo– o BrazzersExtra.

Se nota que es una belleza delicada por la calidad de las partenaires que le han tocado en los lésbicos y en los tríos –Gina Valentina, Gia Paige, Jillian Janson–, y también que sabe lo que quiere. Cuando los periódicos sensacionalistas británicos descubrieron que una de las trabajadoras sexuales de más impacto del momento era una antigua estudiante de derecho en Oxford, acudieron raudos y veloces a informar y Ella lo dejó claro: he abandonado los estudios para dedicarme al sexo por pasta.

Ella Hughes

 

Como ocurre en otros casos, el porno es sólo la excusa para obtener ingresos más enjundiosos por otras vías: ha hecho cosas para darse publicidad -como, por ejemplo, participar de extra en la sexta temporada de Juego de Tronos, haciendo de prostituta de Volantis-, y otras para darse lujos (una empresa de escorts de lujo la anuncia en su página, aunque parece un cebo más que una realidad; en cualquier caso, su tarifa sería 400 libras la hora).

Lo que está claro es que no está únicamente por los beneficios a corto plazo, sino por la forma de vida: en las pocas entrevistas que ha concedido, Ella asegura que tiene orgasmos durante las escenas y que no piensa abandonar el porno, que se pasará a la dirección y la producción en algún momento, e incluso que le gustaría escribir libros.

Así que respiremos, no será flor de un día. Ante esta perspectiva, ya lo tenemos claro: si hay que apostar, lo apostamos todo al rojo.

 

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