Vicio y subcultura Ellos las prefieren ‘curvys’

En esto del porno, sostiene Blánquez, el físico de las chicas va por modas. Ahora se llevan las ‘curvys’, muchachas lozanas que no se preocupan si les cuelga un buen michelín o su culo se desparrama más de lo normal.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 08/11/2016 - 11:30

En el porno, ya se sabe, todo va por modas, y no hay nada que dure para siempre. Pero a la vez, y aunque resulte paradójico, el porno es también un sector de negocio en el que todas las modas del pasado, aunque sea de manera marginal y ocupando nichos de mercado más o menos marginales –lógicamente, para que no se escape ni un solo cliente, que aquí de lo que se trata es de facturar a lo grande–, se mantienen más o menos vigente, en una situación de letargo calculado, por si tienen que volver. Por ejemplo, a día de hoy ya no está en boga la tendencia de las tetas grandísimas, siliconadas, que fue tan popular en los años 90, ni tampoco se lleva demasiado lo de rodar con chicas de origen asiático, a pesar de que el porno japonés tiene sus fieles. Eso no significa que no sean corrientes todavía con su seguimiento y sus recursos, pero lo cierto es que las cosas hoy van por otro lado, y las convenciones de antaño, porque los gustos cambian y las miradas se modifican, ya no son las más solicitadas por las hordas de pornófilos que consumen diariamente gigas de datos como si se fuera a acabar el mundo. Si no hay novedades, básicamente, la gente se aburre.

Las modas caprichosas

Hace unos años, recordarán, estaban muy de moda las chicas latinas. Hoy, las latinas ya no son una fuerza decisiva en el mapa del porno, y salvo alguna que otra excepción en el star system –hoy sería Verónica Rodríguez, esa esquelética fuente de squirting, o lo que queda de Jynx Maze–, las productoras parecen preferir otro tipo de chicas. Parece que repuntan las actrices de raza negra, quizá como una especialización a la inversa de la poderosa corriente actual de las escenas interraciales, pero en realidad hoy a las muchachas las vemos más bien caucasianas, naturales y sanotas. Otras modas que pasaron bastante, aunque tarde o temprano volverán, fueron las de los potorros depilados y los tatuajes de gran tamaño, y lo de rodar las escenas desde el punto de vista del hombre, cámara en mano, y lo de rizarse el pelo, etcétera.

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Total, que en el porno una de las llaves del éxito está en aportar novedad allí donde se percibe un déficit, explotar la diferencia y darle forma (o volumen) a un giro de tuerca que nos lleve por caminos familiares que, sin embargo, nos parecen nuevos. Cuando hace unos años aparecieron Riley Reid y Valentina Nappi, con todo el potorro amazónico, frondoso de pelambre, ahí hubo un giro del relato que poco a poco nos fue llevando a este statu quo actual en el que parece que lo que más se aprecia son los cuerpos naturales: nada de silicona, nada de operaciones de pómulos, ni siquiera nada de tintes de colores extraños –si eso ocurre, te conviertes en una freak excéntrica, como Janice Griffith–, y por supuesto la depilación mínima e imprescindible, y ha sido ese interés por el cuerpo natural lo que ha ido creando las condiciones para que, llegados a finales de 2016, se haya ido aposentando la nueva moda que más vemos al alza actualmente, que es la de que los cuerpos sean, además de naturales, lo más lozanos, voluminosos y redondos posibles. Ante el imperio de la delgadez y la pequeñez, muchas productoras de primera fila le han perdido definitivamente el miedo a las chicas curvys, al desparrame de carne y al bamboleo del michelín.

Apología del michelín

No hablamos de actrices gordas, sino de actrices que no se obsesionan con estar siempre en su peso ideal, y que por tanto se dejan crecer el culo, las caderas y que disfrutan mostrando los pliegues de su abdomen cuando practican la postura del cowboy inverso. Seguramente, haya una disposición de vasos comunicantes entre la moda –donde se ha ido abriendo un hueco para modelos que no parezcan el palo de la escoba, y que por tanto tienen formas más rotundas, con muchas de ellas especializadas en tallas ‘plus size’– y otros ámbitos de la sociedad de consumo, y si nos gusta y nos hace gracia Amy Schumer como actriz, e incluso llamamos gorda a Cristina Pedroche en las redes sociales, e incluso si a estas alturas del partido todavía hay hombres a los que Mariah Carey les pone burrísimos con toda su catarata de grasa, es lógico que en el porno también nos atraigan unos cuantos kilos de más y la sensación de que esas chicas no están formadas de carne pétrea y elástica, sino de gelatina endurecida y consistente.

Keisha Grey

El hecho de que Keisha Grey sea una de las porn stars más populares del momento seguramente tiene mucho que ver. Keisha, que es una máquina de follar –parafraseando el título de un volumen de cuentos de Bukowski–, también tiene un cuerpo que no era el más corriente en el negocio cuando empezó a rodar escenas, hace unos tres años. Keisha tenía tetas naturales voluminosas, un trasero respingón y un montón de pliegues encantadores que podría haberse quitado con una dieta ayurvédica como la de Miguel Bosé, o compaginando Pilates y spinning, y aunque es cierto que se ha estado quitando algunos kilos últimamente, ha sido hábil a la hora de mantener unas formas todavía carnosas, generosas en su redondez. Como se dice comúnmente, Keisha es el vivo ejemplo del “que haya donde agarrarse”, y con ella han ido pujando sus amigas, chicas viciosillas como Karlee Grey y Abella Danger, que sin ser curvys de talla grande sí son actrices porno con su poco de michelín, su ubre de tamaño respetable, buenos muslos y mofletes que resaltan. Hace unos días, la productora Blacked lanzó una escena de lo más poderosa en la que estas tres chicas se lo hacían con dos sementales negros, y daba gusto ver esa floración de carne, esa charcutería delicatessen, retozando en el triclinio como si fuera una bacanal en el palacio de Calígula.

Karlee Grey

Jamón, tocino y volumen

Antes de todo esto, por supuesto, ya estuvo la moda de los culos grandes. Es algo que nos remonta, en los últimos tiempos, incluso a Kim Kardashian, que sin ser estrella del porno –al menos en el sentido habitual de la expresión; ella hace porno pero de otro tipo–, sí ha influenciado a toda una generación de chicas americanas en el deseo de tener un buen trasero, méritos que podrían atribuírsele conjuntamente con Nicki Minaj, la otra gran diosa de la nalga excesiva. Para rodar buenas escenas anales, era importante que las actrices tuvieran un culo como un balón medicinal, que hubiera superficie de agarre y presión, que llenaran todo el cuadro del enfoque. Pero ahora ya no basta con el culo: hay que ocupar el plano con una anatomía barroca, con un busto churrigueresco y un tren inferior que hubiera vuelto loco a Rubens; hay que darle a la mirada opulenta –que diría Román Gubern, uno de los primeros intelectuales sobre pornografía en España– la opulencia de las formas, en definitiva.

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Poco a poco, pues, las actrices curvys se van afianzando en las agendas de las productoras. Natasha Nice, miniatura francesa con varios años ya de trayectoria, por ejemplo, ha vuelto a ocupar un lugar de preeminencia en el porno americano precisamente porque sus formas, como la fuerza a Luke, siempre le acompañan, y ahora está rodando gonzo de calidad mientras sus carnes se pliegan en arabescos. A la vez, el mercado ya permite la entrada en tromba de cuerpos rotundos como el de Kylie Page, una teen que justo acaba de debutar y que ya está trabajando para Greg Lansky, Twistys y BangBros a todo tren, pues lo tiene todo para ser la gran estrella de los próximos dos años: un aspecto 100% yanqui –rubia platino al estilo Pamela Anderson–, poderosos senos naturales y esa redondez curvy de la que estamos hablando. Por supuesto, esta afición por la lorza es la clave del auge de la italiana Valentina Nappi, que a medida que ha ido progresando su carrera ha ido dejándose algún que otro michelín, o de la antiguamente delgada y hoy robusta Maddy O’Reilly, y de la segunda juventud de la australiana Angela White, que puestos a buscar una reina curvy a todos los efectos, bien pudiera ser ella. Es más: White, viendo que ahora hay mercado, ha dejado de producir sus propios vídeos y ha empezado a entrar en el mercado de las productoras californianas de la mano de Mark Spliguer, el representante que mejor exprime los contratos, para sacar una tajada importante en esta coyuntura plenamente favorable. Si en vez de una tabla de planchar pareces un tarro de mermelada, más dinero en 2016 y, por supuesto, en todo 2017.

Maddy O'Reilly

Lo que nos lleva a recordar que todo esto ya lo anticipó la Orquesta Mondragón, cuando Javier Gurruchaga cantaba aquello de que “ellos las prefieren gordas, muy muy gordas y apretás”. Se ve que los productores, los directores y los consumidores de porno, en este momento, están también muy de acuerdo en que el público quiere jamón, tocino y volumen, mucho volumen. Pues habrá que subirlo.

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