Vicio y subcultura Elogio de la teta pequeña

Los pechos pequeños son tendencia desde hace ya nos cuantos años. Y una tendencia que no remite, sino que, al parecer, va a más, tal y como ha detectado Blánquez desde su observatorio del vicio y la subcultura.

Naomi Woods
Javier Blánquez | 15/05/2018 - 9:39

El pasado 8 de mayo, Adriana Chechik colgó una foto de sus tetas en Twitter.

Hasta aquí, todo normal, porque si hay algo que haga Chechik, o cualquier actriz porno con perfil en esa red social, es precisamente enseñar las parte más protuberante de su anatomía, a la vez que cuelga vídeos, fotos de sus pies e instantáneas de sus últimas escenas, donde se la ve disfrutando de abundante carne en barra (negra o blanca; para los penes, hay chicas que los consumen como si fueran pan) por cualquiera de sus orificios, indistintamente.

Lo que ocurría con esas tetas es que parecía que habían crecido, y lógicamente se nos disparó nuestro sentido arácnido y un primer pensamiento vino a nuestra cabeza: ¿se habrá operado?

Admitimos que estamos un poco paranoicos al respecto, después de varios disgustos recientes. Aquellos senos eran más redondos, más grandes, pero no artificiosos, tenían una curvatura natural, y fue la propia Adriana la que dio la clave del por qué de ese crecimiento: como tiene una vida sexual abundante y promiscua, hay momentos en los que toma la píldora anticonceptiva, y uno de los efectos secundarios que experimenta es el crecimiento del pecho, algo que, por otra parte, le viene de maravilla.

Adriana Chechik

 

Así que falsa alarma: a diferencia de Lana Rhoades o Eva Lovia, Chechik no ha pasado por el quirófano. El único cambio notable en su anatomía que podemos experimentar y que es real es el que veremos esta semana en su nueva escena en BlackedRaw con dos sementales zaínos, pues se ha teñido el pelo de rubio.

 

Sobre falsas alarmas

La lección que nos muestra esta experiencia pectoral de la falsa operación de Adriana Chechik es que, debemos admitirlo ya, estamos obsesionados –y a la vez aterrorizados– con la posibilidad de que nuestras estrellas del porno favoritas se operen las tetas, sobre todo si ya tienen las tetas bien y no necesitan ninguna mejora de ese calado.

Si algo ha tenido de especial el porno de los últimos años es que ha normalizado el cuerpo natural: para que resulten atractivas a millones de usuarios de ambos sexos, las actrices ya no necesitan una anatomía artificiosa, con tremendos labios hinchados, tintes de neón y pechos como calabazas, sino una sencilla armonía de las formas simples y lisas.

Incluso en estos años se ha creado una corriente a favor de la teta pequeña, que era algo impensable en aquellos días en que el Valle de San Fernando era como un melonar levantino, y es de eso de lo que hemos venido a hablarle hoy: que hoy, mañana y siempre, por cuestiones puramente estéticas y en aras de la belleza, nunca renunciaremos a un pecho pequeño, si ese pecho está bien.

Hay un refrán castellano que dice: “teta que mano no cubre, no es teta, sino ubre”. Nos parece que es de una perfección léxica y argumental fantástica, porque lo que viene a decirnos este ripio es que, incluso en cuestiones anatómicas, las proporciones más valiosas son las que se mueven alrededor de escalas humanas, que es algo que en tiempos antiguos ya había argumentado Protágoras.

Ella Hughes

 

En su justa medida

Es precisamente esta tensión entre lo exacto y lo que se desvía de la norma lo que provoca la excitación de la gente: a las mujeres les pueden gustar los penes grandes precisamente porque lo que funciona son los penes genéricos (alrededor de los 15 centímetros), y a los hombres les pueden gustar los pechos de más de 90 centímetros de perímetro precisamente porque lo habitual es que sean de un poco menos.

No hay que tenerle miedo a la estadística, porque en el justo medio –y aquí hacemos nuestras dos apreciaciones de Baltasar Gracián y el Arcipreste de Hita, príncipes de las letras españolas– es donde se halla la virtud, y es en el bote pequeño donde se conserva la buena confitura.

Cuando decimos pecho pequeño, evidentemente, va implícito el concepto pecho, y no entendemos como tal una anatomía plana, lo que se conoce como la tabla de planchar o la mujer nadadora, que nada por delante y nada por detrás, al estilo de Keira Knightley, sino la proporción que tiende a estar por debajo de la media.

El pecho pequeño es un concepto que se sitúa entre el mínimo exigible, al que llamaremos “tetillas de cabra”, y que representa la adorable Riley Reid, y la teta que la mano cubre, y que por tanto no es ubre, que es ese tipo de pecho respingón, redondito y armonioso, y que normalmente tiene las dimensiones de uno de esos quesos manchegos que acaban en punta.

Riley Reid

 

Más allá de ahí nos vamos a terrenos hipertrofiados que no son objeto de este estudio a día de hoy. Y si determinamos esos límites, nos daremos cuenta de que muchas de las figuras principales que han entrado en el porno en los últimos años se sitúan en ese justo medio delicioso, y que han convertido a nuestras productoras favoritas en impagables showrooms de tetas pequeñas, pero que conceptualmente parecen gigantes, porque nos llenan con su riqueza.

 

Una pionera

Debemos darle las gracias en ese aspecto a Riley Reid, la gran reina de la anatomía delicada, escueta y reacia al tunning.

Ella ya ha dicho en más de una ocasión que, antes de tener que operarse, se retiraría del porno, y que sea la mujer más buscada en portales como PornHub –es, por tanto, la porn star más popular del momento– dice mucho sobre el gusto general de los hombres que, frente a la pantalla de su ordenador, ofician rituales blancos en honor a su diosa: hay una atracción poderosa hacia la mujer normal, algo aniñada, sin exageraciones; hay aspectos que describen el éxito de Riley Reid que son exclusivos de ella misma –como su sonrisa, o su pelazo–, pero también lo es en gran medida su curvatura suave.

Riley Reid es canónica porque establece el límite por la parte baja de la tabla (la de clasificación, no la de planchar), fronteriza con las tetillas de cabra, y es más sintomática de una revolución en el porno que la apuesta por el maximalismo monstruoso de Lana Rhoades.

Dicho esto, para sostener la tesis de que se lleva la teta pequeña, fijémonos en algunas de las actrices primaverales que más han llamado la atención en los últimos meses, o algunas leyendas recientes que ya están completando su ciclo en el porno sin haber pasado nunca por el quirófano.

Por ejemplo, Aidra Fox: sus medidas son ideales, y no por pequeñas sus “mamellas” nos resultan menos sexys. O por ejemplo, también, Kelsi Monroe, otra mujer natural que tiene toda la redondez en la parte baja, y que por la parte superior ofrece placeres delicados y con mesura.

Kelsi Monroe

 

Es esa pequeñez tímida la que nos gusta de nuevas starlettes que han empezado a despuntar este año como la inglesa pelirroja Ella Hughes -que tiene unas tetas muy delicadas, casi invisibles si no fuera porque el pezón es de un rosado intenso, a juego con el pelo y las pecas de la cara– o la pseudo-latina Alina López, que va camino de ser una síntesis entre Riley Reid y Kelsi Monroe, es decir, una morenaza vivaracha, sonriente y que se permite complicidades con la cámara, y a la vez muy lanzada en el sexo, hasta el punto de que está por ver cuándo empieza a estrenarse en prácticas muy apreciadas por el público espectador que requieren al menos dos compañeros o sustancias lubricantes.

 

Otras candidatas

Entrarían también en esa categoría Haley Reed, Evelyn Claire, Elsa Jean y Naomi Woods, que son la versión depurada de la otra categoría superior, la de las portadoras de tetas naturales ni pequeñas ni grandes, al estilo de Abella Danger, Jade Nile o Natalia Starr, que también nos gustan porque son las que alcanzan la proporción más envidiable, liga en la que jugaban con ventaja las acomplejadas Eva Lovia y Lana Rhoades, hasta que se les fue la olla –la imparable plaga de las LdC–.

Luego está la categoría más extraña y perfecta: la de las tetas naturales grandes, tipo Keisha Grey, Kendra Sunderland o Karlee Grey. A estas hay que darles de comer aparte.

Lo que queremos decir con todo esto es que el pecho pequeño merece respeto.

Evelyn Claire

 

Que, a diferencia de lo que se piensa, gusta mucho. Que estuvo muy bien el invento del wonderbra, y que comprendemos a las chicas que se meten papel de wáter en el sujetador para parecer que tienen más de lo que tienen, pero que no pasa nada porque la teta pequeña –que es teta de verdad, porque la mano la cubre– es un bien apreciado como lo puede ser una tapa diseñada por Albert Adriá, una exquisitez en miniatura que desprende toda la armonía de la forma bella y todo el sabor del buen néctar.

Sobre gustos no hay nada escrito (o, dicho en latín, de gustibus non est disputandum, madafaka), y nunca nadie ha dicho que no nos tenga que gustar la redondez tibia con pezón juguetón. ¿Qué clase de persona podría pensar así?

Los pornófilos más exquisitos lo han certificado: podrá seguir triunfando la teta grande entre el público bastorro, como gustan los tatuajes de espalda entera, pero los gourmets se inclinan, sin ningún lugar a dudas, por la miniatura, mejor cuanto más blanca, como la última nieve de la primavera.

 

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