Vicio y subcultura En defensa de las galerías porno

Javier Blánquez echa el resto defendiendo una causa tal vez impopular pero no por ello menos justo: el del derecho a existir de ese ineludible clásico de la subcultura más viciosa que es la foto cochina.

Keisha
Javier Blánquez | 22/06/2016 - 13:04

En los inicios del porno en internet, como todavía teníamos unas conexiones de mierda y unas compresiones con más píxel que un nivel completo de Súper Mario, el consumo de cosas guarrillas pasaba necesariamente por bajarse galerías de fotos.

Había que tener paciencia, porque una miserable imagen en jpg de 200k tardaba media hora en completarse, y en un diskette de la época sólo cabían unas pocas y había que almacenar cajas y cajas de discos blandos para poder presumir de un botín de desnudos comparables a quien, durante años, hubiera coleccionado pacientemente sus ejemplares -con las páginas pegajosas, por supuesto- de ‘Lib’, ‘Clima’ y otras revistas de la época. Eran otros tiempos: te quemabas las pestañas delante de un monitor de luz titubeante, soportando el zumbido del módem, esperando a que se completara una pose griega de Jenna Jameson enseñando todos sus misterios. Y luego servía para tenerla ahí guardada, por si las moscas.

Todo esto, por supuesto, hoy nos suena a una prehistoria bastante triste y no exenta de vergüenza. Bajarse fotos de internet era la estrategia habitual que se seguía a finales de los 90 para no tener que comprarse una revista porno, que ya se percibía como algo muy decadente, el típico procedimiento de un señor mayor, soltero, socialmente disfuncional, bastante grimoso, untado de requesón y caspa, que empleaba su tiempo en pasearse los martes por la tarde a curiosear en la parte trasera de los quioscos, intercambiando papeles manoseados y con cierto olor agrio.

Pero incluso ahora el tráfico de jpgs tiene un prestigio dudoso. Imagínense, por ejemplo, que les viene alguien ahora mismo y les dice: “me acabo de bajar 200 imágenes de [inserte nombre de su actriz, porn star o celebrity favorita aquí]”. ¿Qué pensaríamos? Seguramente, que se trata de alguna especie de freak desactualizado, alguien que no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos: bajarse fotos, así generalizando, es una cosa retro y un poco inútil.

 

El estado de la cuestión

Estamos en 2016 y el consumo de porno -y quien dice porno dice también erotismo light, o incluso un brochazo morboso sin mayor interés, como podría ser la imagen de una actriz de ‘Juego de tronos’ enseñando el tobillo- ha cambiado de manera drástica. Los vídeos online que poco a poco van laminando los ingresos de las productoras en vídeo hace tiempo que se cargaron la industria del DVD y la de la revista guarra -menos ‘Primera Línea‘, porque somos una revista CULTURAL de puta madre. Cómprala, en serio-.

En la actualidad, si puedes tener a tu alcance un buffet ilimitado de escenas en una definición bastante aceptable, y siempre pensando en que estas sirven para verlas durante unos diez minutos y luego cerrar la página, nos resulta muy difícil imaginar para qué querría alguien tener una asombrosa colección de fotos digitalizadas en su disco duro, con qué intención antropológica o con qué síndrome de Diógenes las conserva.

¿Las queremos para que la galería se vaya desplazando con un elegante slide en nuestra pantalla plana gigante y nos decore la casa como si fuera un Velázquez? ¿Las clasificamos porque vamos a escribir una tesis doctoral sobre la evolución del desnudo en la red? ¿Hay alguien todavía ahí fuera que proceda a aliviarse con el simple visionado de unas imágenes estáticas?

Precisamente por este anacronismo rampante, nos resulta extraordinariamente entrañable que una de las páginas más visitadas de internet, y una que seguimos visitando con cierta regularidad, sea FreeOnes. FreeOnes es al porno online lo que el catálogo de coches de época para un aficionado al motor: un espacio en el que admirar tanto las bellezas del pasado como las nuevas incorporaciones al mercado, una página en la que curiosear y perderse entre una selva de matojos y una columnata de piernas que avergonzaría en su liviandad clásica y blanquísima a los mármoles de Samarcanda, allí donde vamos a parar por error, o por despiste, y nos quedamos un rato escrutando el ránking de las chicas más deseadas del momento, las más populares.

 

Colecciones privadas

Seguramente ya no guardemos las imágenes, porque tener fotos X en el disco duro es una pérdida de tiempo y un gasto innecesario de espacio, nos convierte automáticamente en urracas, pero no hay nada malo en deslizar la mirada, echar un vistazo rápido, incluso guardar una furtivamente para darle nuevos usos en la época de las redes sociales y la mensajería instantánea.

No concebimos la existencia de seres humanos que todavía utilicen gestores para bajarse de golpe las 300 instantáneas de una galería, para tenerlas almacenadas en una carpeta por si acaso, pero sí sabemos de gente que intercambia fotos de sus señoritas predilectas –Remy LaCroix, Keisha Grey, Alexa Tomas, Natalie Dormer, por ejemplo- en rápidos disparos vía Twitter, o Whatsapp, en medios que no practiquen la censura y que permitan gestionar un desnudo como si fuera un emoji, o como una apostilla a un comentario -mucho mejor un poco de carne que un gif de Kevin Spacey en el papel de Frank Underwood, que ya está muy visto-, o como un simple impacto destinado a crear una reacción, un fogonazo provocador.

La foto porno en internet sigue teniendo una función. No es la de ilustrar blogs. No se trata únicamente de recopilar los mejores momentos de una escena coital para que el usuario sepa un poco de qué va la cosa antes de bajársela (gratis o pagando). No se trata de sustituir a las revistas en papel de toda la vida, porque una foto en papel y una foto en binario son cosas muy distintas, y en el primer medio funcionan muy bien y en el segundo muy mal -nunca nos llevaríamos el ordenador al WC para contemplar galerías; en todo caso, veríamos fotos sueltas, un poco por despiste, sin guión, mientras liberamos rehenes-, sino de crear un nuevo espacio para la difusión de nuevos cuerpos.

 

Acceso universal

FreeOnes es la gran biblioteca de Alejandría del desnudo en el siglo XXI, una plataforma avanzada a su tiempo, fundada en 1998, que ha establecido categorías de todo tipo, que genera tráfico y que incluso enlaza a vídeos y se acompaña de comentarios de gente muy sibarita.

Esto es, por ejemplo, lo que dicen los usuarios de Keisha Grey, la número 1 del ranking a día 21 de junio de 2016, el primero del verano: “Por favor, Keisha, baja el ritmo un poco. Espero que tu carrera sea larga, pero es que llevas un ritmo… 500 escenas en 5 años. Relaja la raja, tu coño te lo agradecerá”, o “Es perfecta, su cara, ese espacio hueco entre los dientes y sus tetas, que son lo suficientemente generosas como para satisfacer mi pasión por los pechos grandes”, o incluso “Es la estrella del porno más sucia y más sexy que he visto en mucho tiempo, una de las mejores, caliente como el infierno, tiene un culo alucinante, tetas reales y folla como un demonio. Sus habilidades son impresionantes, una de mis preferidas de todos los tiempos”. Si no es alta literatura, se le acerca.

Gente, en definitiva, que sabe. Gente que le da una utilidad a la imagen, a la foto porno en tiempos de saturación de vídeos. Gente que pasa de los nuevos consumos y que se siente feliz en el espacio retro que implica volver a los orígenes del porno y encontrar un bocadito de satisfacción en una simple foto. En el fondo, sabemos que os encanta: una galería de vez en cuando no hace daño, ¿verdad? Si no, no estarías aquí. Manifiéstalo con orgullo, no pasa nada: súmate al sí rotundo a la foto cochina.

 

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