Mia Sollis es de hielo y fuego

De Praga al mundo. Mia Sollis, mujer de otro planeta y hasta de otra constelación, lleva unos años dedicándose al sexo filmado sin perder ni por un instante esa actitud de gélida suficiencia y distancia sideral con el resto de los mortales que hace que la adoremos.

Mia Sollis
Redacción | 22/02/2016 - 12:00

Con ella aprendimos, como diría Joaquín Sabina, que hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno.

Porque Mia Sollis, nacida en Praga, la capital de la República Checa, el 20 octubre de 1990, hace ahora 25 años, lleva ya un lustro dedicándose al porno con una cierta intensidad, pero la suya es una carrera reticente y discontinua, hecha de escenas esporádicas que pueden rastrearse aquí y allá, y en todo momento ha dado la sensación de ser ave de paso, de que su reino no es de este mundo.

Mia ha trabajado sobre todo para Metart y Wow Girls, que son un par de sellos entre lo más exquisito que ha dado de sí el erotismo contemporáneo. Ha rodado su buen puñado de escenas, por supuesto que sí. Y en ellas no ha tenido el menor reparo en pasarse por la piedra, con marcial disciplina centroeuropea, a cuanta mujer (y hombre, que alguno ha habido) le han puesto por delante. Sin embargo, lo ha hecho con estudiado desapego, con esa actitud tan de pelirroja que se siente material ignífugo y que si fornica ante la cámara es más porque ella lo vale y por cumplir con el expediente.

 

Que no, que no es de este mundo

El mundo del porno se nutre a partes iguales de rudas fajadoras, que se deben a su público y que se dejan las entretelas en cada escena, como si cada nuevo orgasmo pudiese ser el último, y de finas estilistas, que lo sobrevuelan todo con aristocrática indiferencia. Mia, sin duda pertenece a las segundas. Se ha centrado en el porno lésbico, que es cosa muy de pelirrojas que aspiran a encadenar una escena tras otra sin despeinarse y sin que les corra el rímel.

Ella se siente la mar de a gusto con el sexo entre chicas más relajado y preciosista, con sus lametones, tijeras y alguna que otra sesión de arnés. Pero no le pidas que finja que le va el alma en ello, porque a las mujeres de hielo y fuego se las adora sin concesiones. No se les pide nada ni se les hace reproches.

Tan genuino es lo suyo, que ni siquiera se toma la molestia de venderse como una consumada ninfómana en las contadas entrevistas que concede. Ese discurso de joven potra desbocada al que tanto partido han sacado compañeras como Skin Diamond no va con ella, mujer más bien convencional y orgullosa de serlo, de las que en su vida privada practican el sexo con recato y mesura a pesar de que lleve tatuada una postura del Kamasutra en la espalda.

Eso sí, no tiene el menor reparo en reconocer que le encanta exhibir su cuerpo. Volviendo a Sabina, desnuda se siente igual que un pez en el agua. Vestirla es peor que amortajarla.

 

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