Vicio y subcultura Eva Green, canción de hielo y fuego

A Blánquez le ha dado un ataque de lisérgico entusiasmo por Eva Green, actriz misteriosa y distante a la que ve como una Artemisa esculpida en mármol de Carrara o en bloques de hielo traídos directamente de la Antártida. Ahí queda eso.

Eva Green
Javier Blánquez | 10/05/2016 - 18:59

Hay dos arquetipos femeninos que, para ir resumiendo rápido, nos la ponen como la vena de un cantaor.

El primero es el de Carmen: la mujer liberada, dominante, esa que te pilla por banda y te deja más seco que un pantano en agosto, y luego te abandona mientras gimes de desesperación, arrastrándote por una palabra suya, un gesto, una atención que nunca llega. Carmen, como en la ópera de Bizet o en la novela original de Mérimée, es el modelo de lo que conocemos como mujer fatal: nunca estarás a su nivel, nunca podrás conseguir hacer con ella lo que ella hace contigo, que es manejarte como una marioneta, tirando de los hilos hasta vencer tu voluntad y tus deseos.

Y luego tenemos el otro arquetipo, que es de la mujer fría como el hielo, inflexible, que por mucho que intentes enternecer sus sentimientos nunca conseguirás de ella una palabra amable, ni un ademán de afecto. Es la frigidez interior que fascina.

 

Seducción gélida

A este segundo arquetipo lo identificamos sobre todo con Turandot, la protagonista de la última ópera de Puccini, pero también podría ser perfectamente Eva Green.

Admirémosla detenidamente. Tras esa piel blanca, que parece que un chupasangres transilvano le haya mordido la aorta, se oculta una mujer con los ojos vidriosos, el pulso lento y la función cardiovascular siempre en alerta, presta para hervir pero no necesariamente de pasión devoradora, sino de pulsión vengativa.

Tiene una sonrisa que se tuerce con curvatura de sorna, y se aposta con rigidez de esfinge, de cariátide tallada en marfil. La hemos visto en muchas películas y series, y la atracción siempre es magnética.

La primera vez fue un poco más hardcore todo, porque en ‘Los soñadores’ (2004), aquella película de Bernardo Bertolucci que homenajeaba a la nouvelle vague y la revolución frustrada de Mayo del 68, se le veía el potorro peludo, las tetillas y hasta le salía sangre después de que a su personaje la desvirgaran, pero a partir de ahí encontrarse con Eva Green en la pantalla era como ir a visitar el Louvre y quedarse dos horas viendo la Gioconda. Pose recta, rostro de misterio, una belleza imposible de abarcar. Y siempre mucha frialdad. Esa distancia que nos vuelve tarumbas.

Penny Dreadful

 

Eva y su serie

Ha empezado la tercera temporada de la serie ‘Penny Dreadful’ y, aunque la veíamos por otros motivos, ahora ya la vemos sobre todo por Eva Green. ‘Penny Dreadful’ es una delicia de pastiche de terror victoriano para gente a la que le gustan los folletines del siglo XIX, las historias de fantasmas de Dickens, el mito de Frankenstein, los monstruos clásicos –el vampiro, el hombre lobo, Satanás– y todo lo que tenga que ver con el ocultismo pop, el Tarot, los espectáculos de teatro sangriento y los casos de posesión infernal.

En la serie, Green interpreta el que posiblemente sea su papel ideal: Vanessa Ives, una ocultista con capacidad para comunicarse con los espíritus que ayuda a un explorador retirado, Sir Malcolm Murray, a resolver casos extraños en un Londres de finales del siglo XIX cubierto por la niebla, sucio, lleno de ladrones y prostitutas, y en el que impera un mal de origen sobrenatural. Hay un licántropo que merodea las tabernas, un resucitador de muertos, salones donde se practica la hipnosis, un extraño coleccionista de amantes singulares aficionado a Wagner. La serie es dios.

Al finalizar la segunda temporada, parecía como que todo acababa bien –bien es un decir, pero parecía que terminaba con orden– y que no habría una continuación. Pero para los fans del terror gótico, la serie de Showtime creada por John Logan es como un estimulante poderoso: no puedes parar de consumir, necesitas siempre una nueva dosis, mejor cuanto más pura.

Así que nos han dado una tercera temporada que de momento pinta bien –se han emitido ya dos capítulos– y que nos da lo que más queremos, que es más planos de Eva Green con su resplandor de luna. Es lo que corona el poder de atracción morbosa de ‘Penny Dreadful’: la francesa de hielo, con su pelazo negro en cascada contrastando con la anemia de un cuello largo y apetecible para cualquier bebedor de elixires sangrientos, vestida ya sea con camisón bordado o con elegantes ropajes decimonónicos con cenefas y corsés, viajando a parajes lejanos en los que impera la magia negra o bajando al inframundo para detener la acción de peligrosos íncubos, hechiceras y vestiglos de la naturaleza.

Eva Green

Si Green parece una mujer de otra época –como una Greta Garbo a la francesa, y con el doble de morbo–, ésta es su serie ideal.

Lo de que Eva Green proyecta una imagen distante, inalcanzable, no es inventado. En su vida real, y ya llegados a los 35 años –la conocimos la mayoría con 25, cuando se convirtió en ‘chica Bond’ en el relanzamiento de la serie en ‘Casino Royale’ y con Daniel Craig de protagonista, ese señor con la misma estatura y músculos que Pablo Motos–, Eva Green es todo lo opuesto a lo que pide el glamour de Hollywood.

Mientras a otras chicas deslumbrantes lo que les gustan son los diamantes, los yates y las vacaciones en Copacabana, a Green lo que más le interesa es que la dejen en paz y no le den la tabarra, y rara vez se le va a ver en un sarao público, o pavoneándose por los sitios, o calentando bragueta al personal.

Ella se describe como una freak, vive sola en una casa grande, con chimenea y gatos, rodeada de una amplia biblioteca. La imaginamos por la noche redactando poemas en un pergamino usando una pluma de ganso, mojando la tinta para delinear arabescos bellamente caligrafiados, mientras suenan unas suites de Bach. Le gusta la egiptología y el estudio de los insectos, dice que colecciona cráneos de diferentes especies animales perfectamente desecados y en perfecta conservación. La imaginamos vestida de negro, sirviéndose el té en una porcelana noble, tapando las ventanas de su sala de estar con gruesos cortinajes púrpura, durmiendo en una cama grande con dosel.

Otras quizá practican el esquí acuático, se acuestan con futbolistas y dilapidan sus ingresos de juventud en perlas y masajes, pero Eva Green está por encima de todo eso. Ella es Artemisa, Nefertiti y Atenea, y algún día, cuando Isis deje de ser un ejército terrorista y vuelva a ser una diosa a orillas del Nilo, seguramente se reencarnará en ella.

 

Delicias de otro mundo

Toda esta cosa cultureta alrededor de Eva Green sería una circunstancia que daría pie a muchas mofas si no fuera porque lleva años siendo una de las actrices más misteriosas y fascinantes del estrellato actual. Nunca ha querido ser un monigote o una tía buena de Hollywood manejado a su antojo por los productores: cuando ha tenido que enseñar carne la ha enseñado –no es una estrecha en ese sentido–, pero tampoco se ha intentado ganar el pan como florero con menos expresión gestual que Nicole Kidman: busca papeles interesantes que le aporten algo a su vida personal –el próximo será en ‘Euphoria’, una película de autor sueca frente a frente con Alicia Vikander, que es la mejor noticia del año–, y su proyecto es más de estudio y aprendizaje que de sexo y vida loca.

Se dice que no tiene novio, y si lo tiene anda por ahí muy escondido; se ve que vive sola y que le da igual lo que piensen los demás, que a ella en ese particular el coño le suda a chorros. Es una Turandot moderna, una canción de hielo y de fuego, como la de George R. R. Martin, y van pasando los años y su imagen fascinante no se marchita, porque está esculpida en mármol de Carrara, o en bloques congelados traídos directamente desde la Antártida.

Hoy hemos decidido que nos gustan las mujeres frías, y todo porque Eva Green no deja de estar ahí, siendo un enigma fascinante y un ejemplo de perfección.

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