Vicio y subcultura Florida, ¿capital mundial del porno?

¿Qué tiene Florida, que se ha convertido en la gran cantera del erotismo internacional, el lugar del que proceden un porcentaje altísimo de actrices debutantes en el cine X? Javier Blánquez analiza tan extraño fenómeno con la falta de prejuicios que la caracteriza.

Megan Rain
Javier Blánquez | 06/02/2017 - 17:45

Desde que Julio Iglesias decidiera trasladarse a vivir a Miami Beach a finales de los 70, el estado de Florida ha sido, de esto no nos cabe ninguna duda, uno de los epicentros del sexo a mansalva en todo el planeta. ¡Riadas de fluidos! ¡Aeróbic en los hoteles! ¡Orgasmos en español!

Pensémoslo seriamente: incluso sin excluyéramos las más de 3000 mujeres distintas con las que se ha acostado el dios de la canción romántica –números, los de Julio, que, ni falseándolos, ha podido superar el ínclito Pipi Estrada, otro gran follador–, en Miami y sus alrededores se practican al cabo del día una cantidad vertiginosa de coitos, y muchos de ellos con la particularidad de que, además de consentidos, se producen mediante una transacción comercial y con cámaras de por medio.

Lo que nos lleva a una conclusión quizá no sorprendente, pero sí muy interesante y que nos obliga a afinar el radar de las guarreridas: desde comienzos de esta década por lo menos –aunque algunos datos afirman que el boom viene de un poco antes–, Florida se está convirtiendo poco a poco en el gran centro de producción del porno en Estados Unidos, lo que significa decir todo el mundo, comiéndole cada vez más terreno a la tradicional meca de la cosa, California.

Malena Morgan

 

La industria se está trasladando allí de manera lenta pero segura (y sin ganas de volver), el dinero está basculando de una costa a otra –siempre siguiendo el paralelo más primaveral y soleado del globo terráqueo, que recorre todo el sur de Estados Unidos– y, por supuesto, muchas de las grandes estrellas emergentes del porno ya no provienen de Los Ángeles o Nueva York, como antes, sino que han nacido, han crecido y se han desvirgado en Florida. Y cuando parece que ya lo han probado todo, entonces se meten en el porno, que resulta que lo tienen cerca.

 

Nacidas en la península del sexo

Hagamos un barrido rápido e intentemos localizar cuántas de las jóvenes starletts que ahora mismo mueven más fans en el circuito del porno –o sea: visitas en las webs, seguidores en redes sociales, votos en los premios oficiales, sin contar erecciones– provienen de Florida. Aquí va la primera constatación de que no estamos pinchando en hueso: Keisha Grey, la rolliza con diastema que obsesiona nuestros desvelos, es de Tampa, mientras que Riley Reid, todo sonrisa y miniatura, de Miami.

También son originarias de Miami las potentes Abella Danger y Remy LaCroix, a las que deberíamos sumar tanques como Peta Jensen, la todoterreno Keisi Monroe, una viciosa insaciable como Dillion Harper y la pequeñísima Dakota Skye. Incluso algunas estrellas ya retiradas, como Malena Morgan –la que fuera la número 1 del porno lésbico– o Abella Anderson, pionera del boom latino, dan la impresión de que abrieron la puerta al resto al entrar en la industria hace ya más de cinco años situando Florida en el mapa más caliente del país. Y ya que hablamos de Caliente, la estrella latina Carmen Caliente, que había colgado las bragas, dice que ahora vuelve, y resulta que también es de Florida.

Pero no nos distraigamos, y sigamos con el sondeo veloz: algunas de las estrellas emergentes o consolidadísimas del último año –Megan Rain, Casey Calvert, dos cochinas de aúpa– también son del Florida. Y si no son de Florida, al menos son de estados vecinos del sur, que les quedan cerca: Eva Lovia vino de Carolina del Sur, la reina anal Jada Stevens se crió en Georgia (lo mismo que Carter Cruise), y Maddy O’Reilly hizo sus estudios en Carolina del Norte. Una cosecha maravillosa.

Keisha, Abella y Karlee

 

Para hacer bien el amor hay que venir al sur

En definitiva, para lo que nos interesa, El Sur no es una novela de Adelaida García Morales –ni su adaptación al cine rodada por Víctor Erice–, ni tampoco el centro geográfico más poderoso del nuevo hip hop, sino la tierra prometida del sexo cerdo.

Es la nueva Meca del porno, el espacio geográfico y mental al que poco a poco se está mudando toda la industria consolidada en California, y en la que se crean un gran número de nuevas productoras –sólo para que conste, en Florida se graban muchas escenas de Mofos, Reality Kings o Bang Bros, que no son moco de pavo–. Y según datos de Enterprise Florida, hace una década había cerca de 24.000 empresas en el estado dedicadas al negocio del sexo digital –lo que va más allá de los rodajes y se extiende a las webcams, el comercio online, las páginas de sexo y la industria de los juguetes eróticos; todo ello para dar trabajo a más de 250.000 personas–. Estos datos, casi diez años después, son ahora mucho más contundentes, y Florida es, qué duda cabe, la nueva California. Le han ido comiendo la mayor parte del terreno poco a poco, sin prisa, pero sin descanso.

Keisha Grey

Se sospecha que uno de los motivos del cambio tiene que ver con los repetidos intentos de las autoridades californianas por obligar a las productoras a grabar sus escenas porno siempre con el uso del preservativo, una particularidad que no se requiere en Florida, y que a la mayoría de consumidores les da bastante asquito –al pornófilo le han acostumbrado a los penes brillantes y elásticos, y no quiere verlos enfundados en látex–.

Además, Miami, como ciudad, tiene algo que le falta a Los Ángeles, que es el acceso inmediato a la inmigración latina que proviene de Cuba y América del Sur. Hace unos años, cuando la categoría ‘latina’ era una de las más perseguidas en los buscadores de porno –y que nos llevaban a disfrutar de las pantorrillas gelatinosas de chicas como Abella Anderson o la peruana Jynx Maze–, el circuito estaba claro: llegadas de países como Colombia, Venezuela o Santo Domingo, o nacidas de ancestros latinos en la misma Florida, como era el caso de Lela Star, otra de las pioneras del ramo, hasta que se operó y se destrozó el cuerpo, las latinas se afincaban en Miami y tenían una industria ávida de carne fresca justo enfrente de su puerta, que les demandaba anatomías naturales y deseos voraces. Y de ahí al estrellato, si nada se torcía. Algunas, como Verónica Rodríguez, incluso han aprovechado la fama que les ha aportado el porno para montarse su propia productora –en Florida, por supuesto– y gestionar directamente sus ingresos.

 

Cómo forrarse el riñón

Y es que entrar en el negocio es facilísimo. Desde el punto de vista del empresario, los requisitos legales para hacer porno en Florida no son demasiado exigentes –basta con registrar una empresa y dirigir tu actividad hacia el negocio, cosa que a nadie le parece raro, ya que si se entra en el porno es para ganar dinero–, y desde el punto de vista de las chicas las facilidades son tremendas.

Si tomamos como punto de referencia el documental ‘Hot Girls Wanted’, producido hace dos años por Netflix, nos haremos una idea rápida de por qué Florida se ha convertido en un imán de dinero rápido –y también de alguna que otra decepción y frustración– para las chicas que quieren entrar en el porno. La película, dirigida por Jill Bauer y Ronna Gradus, adopta un punto de vista de denuncia –las aspirantes a entrar en el porno como víctimas, como chicas explotadas, aunque al menos una de las participantes, Ava Taylor, ha proseguido su carrera con cierto éxito–, pero también explica por qué es todo tan fácil, al menos al comienzo.

Karlee Grey

 

Para empezar, en Florida está la infraestructura: playas, calor, empresas, tiburones dispuestos a cazar a dentelladas en un mar de jóvenes con las hormonas en plena efervescencia, con ganas de hacer dinero fácil, atraídas por una idea (casi siempre falsa) de glamour, diversión y prosperidad. Es lógico que la mayoría de las nuevas estrellas del porno sean de Florida porque en Florida está todo: es más fácil encontrarte con un rodaje porno en la calle que localizar una panadería abierta.

Evidentemente, hay la opción de desplazarse: pongamos el caso de una chica random, a la que llamaremos Aubrey (nombre inventado), que a sus 18 años se muere de asco en su pueblo de Kentucky y quiere probar en el porno; tiene Las Vegas, Los Ángeles y Miami a tiro, pero acabará yendo a Miami porque hay más posibilidades de entrar a la primera. Pero quienes lo tendrán más fácil son, simplemente, esa chica que para ir a ver a un productor que gestione webcams o que ruede gonzos sólo necesite subirse a un autobús municipal. Así comienza todo, hasta que se acaba.

Y si no se acaba rápido –ya sea porque te sientes explotada, o porque te acaba provocando asco la sordidez del rodaje, o porque no tienes el estómago para aguantar que todo el mundo a tu alrededor sepa que haces porno, incluida tu familia–, entonces hay opciones de sostener una carrera de unos cuantos años en la industria y ganar mucho dinero, que es donde están ahora Keisha Grey, Riley Reid o Abella Danger, bestias sexuales de Tampa, Miami o lugares aledaños –en el sondeo anterior también salían poblaciones como Orlando o Fort Lauderdale– que no hacen más que reforzarnos en la idea que sobrevuela a la industria del porno desde hace años: Los Ángeles y el Valle de San Fernando son el pasado, y las playas de Miami, el nuevo paraíso del vicio, la cirugía, el sexo, el latineo y la vida disipada en las playas y calentada por un sol delicioso, son definitivamente el futuro.

Se empieza con la serie ‘Girls Gone Wild’ –aquellos vídeos de spring breakers enseñando las tetas, y que se grababan en Florida–, y se acaba monopolizando una industria multimillonaria siempre necesitada de repuestos carnosos.

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