Vicio y subcultura Gaspar Noé, un tío muy chungo

Lo último de Gaspar Noé, nuestro director canalla de cabecera, tiene casi todo lo que solemos pedirle al cine: sexo, violencia, imaginación, desmadre audiovisual y destellos de genio. No lo duden, el Noé de ‘Irreversible’ ha vuelto.

Sofia Boutella
Javier Blánquez | 17/10/2018 - 16:54

Gaspar Noé es un director de cine al que le gusta epatar. Epatar es una palabra proveniente del francés que significa algo así como “deslumbrar”, pero que tiene una connotación chulesca, como de querer quedarse con el personal, es decir, sorprender con una propuesta artística o una declaración pública, pero a la vez buscando generar malestar o polémica en quien la recibe.

Dice la RAE que epatar sería “producir asombro o admiración”, pero ojo, esto hay que hacerlo tirándose el rollo de manera pretenciosa, dejando a los demás con el culo torcido. Cuando Gaspar Noé intenta epatar, por tanto, no lo hace con un refinamiento en el lenguaje cinematográfico al estilo de, yo qué sé, Orson Welles, Paul Thomas Anderson o Santiago Segura, sino buscando maneras extrañas de narrar y que cada imagen sea como un puñetazo en el estómago del espectador.

Repasemos su trayectoria. Digamos antes que Gaspar Noé vive en París, está nacionalizado francés, y es de origen argentino. La combinación París/Buenos Aires, ustedes que están leídos, ya saben a lo que remite: mucho Cortázar, mucho Borges, mucho rollo cultureta, mucha pedantez.

Y Noé es un pedante del mal rollo que comenzó su carrera en el cine con ‘Solo contra todos’ (1998), una película sobre un padre de familia que se queda en paro y entonces se vuelve loco, socialmente peligroso, y comienza a liarla cuando secuestra a su hija y luego le hace cosas que más vale que no quieran saber.

Clímax

 

Provocación muy al límite de lo incorrecto: Noé era como la versión dura de Mathieu Kassovitz, o la versión pop de Michael Haneke o Ulrich Siedl –pero como es francés, y no austriaco, su mal rollo es de otro tipo, más chusco–.

Luego vino ‘Irreversible’ (2002), una película que era importante porque a) salía Monica Bellucci cuando Bellucci estaba en la cumbre de su atractivo; b) a un tipo le reventaban la cabeza con un extintor; c) sonaba música de Daft Punk y d) había una escena en la que a Bellucci la violaban en un paso subterráneo durante al menos 20 minutos de metraje, una cosa insoportable y que hoy provocaría que a Noé lo metieran en la cárcel. Es esa larga violación explícita, con saña, grosera, la que seguramente impide que no se pueda ver Irreversible en plataformas de streaming o que no se reedite en DVD o Blu-Ray.

 

Palabras mayores

Más tarde vino ‘Enter the Void’ (2009), un delirio protagonizado por Paz de la Huerta cuando ésta ya era medio yonqui y una de las actrices más problemáticas del entorno Hollywood, que iba sobre el viaje espiritual de un alma muerta por una ciudad podrida y sumida en el vicio y la violencia.

Era como una cosa new age mezclada con Bukowski y Scorsese con la estética del final de ‘2001. Una odisea del espacio’, o sea, una cosa pretenciosa a más no poder y, ya lo hemos dicho pero lo vamos a repetir para que quede claro, pedante. A continuación vino ‘Love’ (2015), una película porno en 3D que tenía como momento culminante una eyaculación tridimensional dirigida a la cara del espectador.

También había mucho rollo filosofía en el tocador y algo de bollería industrial. Con aquella película, quien no estuviera aún harto de Noé, terminó por hartarse mucho. Y, sin embargo, el tipo molaba, porque era la mosca cojonera del cine de autor, de la misma manera en que Antonia Dell’Atte es la mosca cojonera de ‘Masterchef Celebrity 4′.

Clímax

 

Así que, cada vez que hay una nueva película de Gaspar Noé circulando por ahí, hay que tomarse la molestia de ir a verla. La última se titula ‘Clímax’ (2018) y ya ha llegado a los cines. Primero pasó por Cannes, donde impactó en la Quincena de Realizadores –el tipo, por tanto, jugaba en casa–. Hace unos días se pre-estrenó en Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen.

Y en el cine hemos visto a gente mareada, o sorprendida (epatada) por el formato y la tensión de la película, que ahora les explicaremos de qué va, porque es muy Primera Línea. Al principio, parece una película sobre la fiesta: un grupo de bailarines se reúne en una casa de campo en un lugar lejos de cualquier ciudad, en pleno invierno, para ensayar unas coreografías.

Les ha contratado el personaje que interpreta Sofia Boutella, joven de origen argelino que ha empezado a aparecer en algunos blockbusters (‘Atómica, Star Trek: Más allá, Kingsman’), y que transmite un aroma sexual muy fuerte. Entre el cuerpo de bailarines hay de todo: lesbianas, gays, peña muy salida, gente formal y correcta, todos tienes aspiraciones de éxito, y esta gira que están preparando, que les llevará a Estados Unidos, puede ser su pasaporte a la fama.

 

Kafka y Fassbinder

La primera secuencia de la película es un resumen de los cástings de los bailarines –un momento súper pedante, que ya ven que pedante es una palabra clave, porque al lado del monitor de televisión Noé sitúa películas en VHS y libros a cada cual más pretencioso, rollo Kafka, Buñuel, Fritz Lang, Oscar Wilde, Fassbinder, etc.–, y la segunda secuencia es de baile, una coreografía en plano secuencia rodada con virtuosismo que sitúa a ‘Clímax’ en su primer espacio significante: es una película rave.

Hay un problema con el cine inspirado en la escena rave y de clubbing, y es que más allá de la música y el vicio, no son películas con mucho más, ya sean Human Traffic, Berlin Calling o Eden.

Mola la banda sonora, molan algunas escenas, pero no son ni de lejos lo mismo que irse de fiesta y darle excitación al cuerpo. ‘Clímax’ intenta resolver este problema haciendo que la fiesta sea privada, y al principio los bailarines bailan, y mientras descansan vemos que son gente sexualmente muy vigorosa y muy salida, y hacen planes sobre a qué otra persona del casting se van a follar, o confiesan sus problemas de amor o, en el momento más misógino y con el diálogo más delirante de toda la peli, se recomiendan prácticas como el sexo anal, con el riesgo añadido de probar el beso negro con sorpresa.

Gaspara Noé

 

Hay momentos muy sobrados en la peli, muy de charla de vestuario, como diría Donald, hasta que todo se transforma en una cosa de terror, en vez de en un estudio de costumbres, y comienza el delirio: alguien le ha echado droga al ponche, todos se vuelven majaras, y comienza el mal rollo, o sea, que se pegan entre ellos, se quieren matar, se boicotean y se encierran en espacios opresivos. No diremos más de cómo sigue, o cómo acaba.

Sí diremos dos cosas. Uno, la banda sonora es de estarse todo el rato en el cine con una tremenda erección, en el caso de que usted comparta los mismos órganos sexuales que este servidor de usted que firma el artículo (si es usted mujer y se siente discriminada, no queda otra que apechugar: haber tenido otros cromosomas).

Diré en mi descargo que suelo decir con frecuencia expresiones “me suda el coño” o “me lo estoy pasando teta”, que dichas por un hombre resultan altamente inclusivas. Decíamos que la banda sonora es .I. porque suenan cosas de Cerrone (‘Supernature’), Dopplereffekt, Aphex Twin (‘Windowlicker’), Wild Planet, Daft Punk (‘Rollin’ & Scratchin’’) y otros éxitos rave de los 90, que es la época en la que está ambientada la película.

 

Boca abajo

Y dos, hay un lenguaje cinematográfico que pretende epatar, porque si no, no sería una película de Gaspar Noé. Cámaras boca abajo, o planos cenitales absolutos, sin ningún sesgo, lo que provoca movimientos irreales. Travellings muy virtuosos y planos secuencia largos, volteos de cámara y persecuciones agobiantes. La película a veces no deja respirar, de lo megachunga que es.

Clímax

 

¿Qué queremos decir con todo esto? Primero, que Gaspar Noé es nuestro hombre. Nos habíamos cansado un poco de él, pero con Clímax ha vuelto: está entre sus mejores películas, y además es una especie de llamada a la extinción completa y voluntaria de la especie humana, una provocación nihilista que le queda bastante ad hoc.

Además, demuestra que se puede hacer una película rave que se escape de los tópicos, y una película de terror (o de psicopatía que bordea el terror) con música de Daft Punk y Aphex Twin. Contiene algunas de las escenas de baile más chulas del cine contemporáneo, y a la vez consigue ponerte de los nervios, porque esa es la esencia del mejor Gaspar Noé, que te saque de tus cabales durante hora y media.

Así que si no la ha visto usted, tiene dos opciones: seguir con lo que está haciendo, o ir a verla. Si opta por lo segundo, recuerde: este señor lo que quiere es epatar, así que para garantizarse una satisfacción plena, déjese epatar un rato.

 

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