Vicio y subcultura Gina Valentina: si eres hombre, te va a gustar

Brasil también existe para el porno. Vicio y subcultura saluda la irrupción de la mayor estrella internacional triple X que ha dado el gigante del sur desde, por lo menos, Juelz Ventura.

Gina Valentina
Javier Blánquez | 07/11/2017 - 11:11

Cuando el boom de las actrices porno latinas estuvo en su punto de máxima ebullición, y nos referimos a aquellos años de frenético fornicio –a principios de esta década– en los que surgieron estrellas parpadeantes y posteriormente neumáticas como Lela Star, Abella Anderson o Jynx Maze, cometimos un error importante, que fue no incluir en la escena a las chicas brasileñas.

Normalmente, al pensar en actrices latinas, el estereotipo que se nos viene a la cabeza es el de mujeres menudas, de proporciones compactas y formas más intuidas que voluptuosas, cuerpos pequeños y naturales con abundante matojo y un tono de piel tirando a tostado, y se explica el éxito del fenómeno hace un tiempo porque veníamos de una época en la que casi todas las actrices eran americanas o húngaras con una magnífica melena rubia y más curvas que en el circuito de Monza.

Se buscó un tipo de mujer más próxima, la que podría ser tu vecina o aquel crush de instituto que terminó casándose con un reponedor de Mercadona, y durante un tiempo, si no buscabas porno latino, te estabas perdiendo la buena mierda: chicas fogosas que decían cosas tipo ‘dámelo todo, sí, papi, ahí bien adentro’, mientras el Manuel Ferrara de turno les taladraba la caverna de Platón con su carne en barra.

 

Brasil también existe

¿Por qué distinguimos a las colombianas de las brasileñas, por tanto? ¿Acaso no son (casi) lo mismo y comparten la misma temperatura tropical?

No sabemos si es una cuestión cultural –la lengua para lamer es la misma, pero el idioma empieza a diferir demasiado– o un tema de escasez de suministro pornográfico, pero el caso es que el porno brasileño no ha estado en primera línea –ni tampoco en ‘Primera Línea’, entonamos el mea culpa– desde hace años, desde los días de Olivia del Rio y nuestra Dunia Montenegro.

Ni siquiera las dos máximas celebridades brasileñas en el circuito americano de los últimos tiempos parecían brasileñas: Jessie Rogers parecía una rubia tuneada de Florida y encima sólo duró un año –ahora es YouTuber de videojuegos–, y Juelz Ventura, con tanto tatuaje decorándole el cuerpo como si fuera una Capilla Sixtina, tampoco es que tuviera un recorrido asombroso en el circuito. Total, que con lo que nos gusta Brasil, y con las imágenes de lujuria y desenfreno que se nos vienen a la cabeza sólo con pensar en el carnaval de Río y en aquellas playas con señoritas en topless, resultaba que al porno no le gustaba Brasil.

Gina Valentina

 

Es importante incidir en el mito de la mujer brasileña. Al menos en España, y desde los años 90, Brasil se nos ha presentado como una tierra prometida, allí donde si ibas, pillabas a lo grande. Todo tiene que ver, seguramente, con las noticias que nos llegaban de unos carnavales desenfrenados en los que incluso las autoridades tenían que repartir condones entre la gente, para que entre tanta ida y venida y tanto sexo con extraños (¡y hasta con travestistas!) no sucediera que te llevaras de recuerdo una sífilis.

O con la fantástica huida de El Dioni tras robar un furgón blindado lleno de dinero, y los más de 50 días que se pasó en Río de Janeiro poniéndose como el tenazas y contratando prostitutas a pares a precios muy módicos.

 

Más samba y menos trabajar

Por supuesto, no podemos olvidar que las mujeres más bellas del mundo solían ser brasileñas –primero Gisele Bündchen, luego Adriana Lima–, y que cuando pensamos en un tipo de vida de placeres, relax y dolce far niente, no pensamos en prohombres italianos como Gianluca Vacchi, sino en el grandioso Romário, el mejor delantero del mundo.

Para acabar de afianzar el mito, en los años 90 se emitió un anuncio de televisión que servía de anzuelo para vendernos la revista ‘Man’, el hermano mayor de ‘Primera Línea’, en el que a ritmo de samba salían un montón de brasileñas moviendo las berzas y el pompis, y que acababa con una chica fogosa que decía: “Si eres hombre, te va a gustar”. Éramos hombres y nos gustaba, y si a algún sitio teníamos que ir no era Pamplona, sino a Brasil. La tierra prometida.

Gina Valentina

 

Por eso, en cuanto una actriz porno brasileña ha empezado a escalar furiosamente en el particular ranking ATP del sexo ante una cámara, nuestros sentidos arácnidos se han despertado como si fuera la alarma de un hotel ante una amenaza de fuego. Por fin tenemos a la brasileña de nuestros sueños, y responde a la perfección a todos los estereotipos con los que hemos estado fantaseando durante años: hablamos de Gina Valentina, pequeña y morena, pero con un tren inferior poderoso, más salida que el pico de la mesa, de rasgos afilados y dominantes –si estudiamos atentamente su cara, veremos que es como la de la cantante Taylor Swift pero con la ceja del mismo color que la almeja, o sea, negra tiznada–, y una manera desacomplejada de actuar.

 

Gina es cosa seria

En una escena reciente que le hemos visto, junto a Melissa Moore –la actriz que se parece mucho a Riley Reid, después de que Riley Reid se haya comido un bocadillo–, nuestra Gina Valentina no tiene ningún problema en combinar el porno lésbico con el falsamente heterosexual, dejándose penetrar por Melissa mediante un strap-on que, en un momento de la escena, incluso llega a chupar con fruición, como si fuera un polo Kalise. Llega un punto en que le da igual si los miembros son blancos o negros, de carne en barra o de plástico: a Gina le pone todo.

Tiene 20 años, va camino de cumplir los 21, y lleva en el negocio del porno desde 2015, cuando decidió entrar apenas cumplida la mayoría de edad. Aunque para mucha gente pueda parecer una recién llegada al mercado, hay que tener en cuenta un dato impactante que da la medida de la clase de máquina sexual que es esta carioca inagotable: lleva cerca de 200 escenas filmadas, lo que da una media de unas 90 escenas al año, dos a la semana.

No es que sean números exagerados, porque la dinámica del negocio y la abundancia de oportunidades ya da para eso sobradamente, y quizá sea la única manera de llegar a las grandes ligas en un plazo de tiempo corto y razonable.

Al menos, a ella le ha funcionado: en cuestión de un año, Gina Valentina, que ha tenido que pasar por platós bastante sórdidos, al final ha conseguido consolidar su posición como uno de los bombones más suculentos de 2017: en agosto fue chica Penthouse –un honor que también han tenido otras actrices porno muy queridas en esta revista, como Lana Rhoades, Kendra Sunderland, Uma Jolie, Kenna James o Valentina Nappi–, y desde este mes también es chica Vixen. Y ya se sabe que, cuando Greg Lansky llama a tu puerta, que la encuentre siempre abierta, no la cierres nunca, invítalo a pasar, como decía Julio Iglesias.

Gina Valentina

 

Homenajes cruzados

Hemos mencionado a Valentina Nappi, y no nos parece que sea casual que Gina Valentina haya escogido este nombre artístico. Si nos hemos encontrado con chicas que, nada más entrar en el porno, han decidido utilizar apellidos de plume como Grey en homenaje a Sasha Grey, no tiene que extrañarnos que la rotunda vestal italiana, ejemplo de ardor, inteligencia, clase y empaque, haya sido una influencia para nuevas chicas que entran en el negocio buscando referentes morales y sexuales.

Valentina Nappi es la mezcla perfecta entre delicadeza y vicio, exactamente lo mismo que transmite Gina Valentina, que más allá de esos dos tatuajes enormes que le decoran la piel como si fueran cuadros en casa de la Baronesa Thyssen –uno floreado y en colores cubriéndole parte de la paletilla, otro de un barco en un muslo turgente– lo que transmite es una imagen de virginal ingenuidad, de juventud fresca, de inocencia interrumpida por la llamada de la naturaleza y la alteración de las hormonas.

El año pasado, Gina Valentina estuvo entre las nominadas a la mejor actriz revelación de los premios AVN, y no ganó porque se cruzó en su camino un huracán imparable, uno de los fenómenos más explosivos del porno contemporáneo, ese metro cuarenta de guarrería desbocada y rasgos aniñadísimos que responde al nombre de Holly Hendrix.

Al no ser una debutante, para Gina ya no hay opción de ser la rookie de 2018 cuando los premios se vuelvan a fallar –hemos dicho fallar, no follar– en enero, pero a la espera de que salgan las nominaciones, aquí va un pronóstico inicial: no ganará female performer of the year, pero seguramente esté entre las nominadas –el premio, ahora mismo, está entre Angela White, Lana Rhoades y Eva Lovia, si no nos falla el instinto, siempre y cuando no repita Adriana Chechik, que con el año que lleva podría ser–, tendrá varias escenas en competición y, aquí viene lo más interesante, no sólo se colará entre las favoritas en la categoría de mejor actriz extranjera, sino que aquí podría ganar perfectamente.

Aunque gane o pierda, lo que está claro es que Gina Valentina nos ha robado el corazón y no podemos quitárnosla de la cabeza. Es nuestra nueva estrella favorita, porque es brasileña y porque cuando se pone ante la cámara saltan chispas.

Si eres hombre, te va a gustar. Cien por cien garantizado.

 

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