Vicio y subcultura ¿Hay racismo en el porno?

Alexis Rodriguez
Javier Blánquez | 19/04/2016 - 8:12

La industria del porno norteamericano es racista, aunque a veces no lo parezca.

Y lo es por una simple cuestión de costumbres: lo que entendemos como el fundamento del negocio –es decir, las actrices, los actores y las escenas–, a menos que se indique lo contrario, responde siempre a una construcción ‘por defecto’. O dicho de otro modo, una escena siempre es heterosexual y en pareja (a menos que se señale de manera específica que es gay o lésbica, o una orgía, o un trío, o un gang bang, conceptos que han dado forma a lo que conocemos como ‘categorías’), y cuando hablamos de un actor lo hacemos pensando en un varón blanco, y lo mismo de una actriz, siempre una hembra blanca (y a poder ser, rubia).

Si nos ponemos a hacer recuento, ¿cuántas actrices porno negras conocemos? Pocas, porque rara vez alcanzan el más alto nivel. Quizá encontremos más nombres si pensamos en mulatas, en latinas, en asiáticas –Eva Angelina, Asa Akira–, pero a diferencia de, por ejemplo, Anikka Albrite, de la que no hay que explicar nada porque responde al arquetipo de rubia rotunda y respingona, de todas aquellas chicas que no parezcan surgidas de una ópera de Wagner hay que indicar siempre su orientación sexual y su raza, para que no se resienta la norma.

Quizá usted, como consumidor de porno, no tenga ningún problema con el sexo interracial en pantalla. De hecho a la mayoría del público le da igual o incluso lo busca específicamente, pero a la industria no. La industria, cuando hay temas de raza de por medio, siempre marca muy bien su terreno.

Anna Morna

 

Las dichosas categorías

Hay varias formas de acotar lo interracial. La primera es rechazarlo. Hubo una época en la que, ya fuera por prejuicios o por consejo de quienes mueven los hilos del dinero, las actrices no trabajaban con actores negros. Era una degradación, una manera poco recomendable de bajarse el caché.

Todo esto tiene que ver con el racismo todavía fuertemente enquistado que existe en la sociedad americana, donde no está del todo superado el pasado esclavista de una parte de la nación y las largas épocas de segregación entre ciudadanos blancos, libres y con derechos, y la llamada basura negra, apta sólo para trabajos degradantes o para el entretenimiento. Durante todo el siglo XX, el sexo y las relaciones interraciales fueron tabú, y ese estigma ahí sigue en buena medida. Se entiende que la mujer que busca sexo con un hombre negro es una vergüenza para la sociedad, que busca la violación y la degradación.

El problema es que, más allá de los prejuicios, el mercado manda, y lo que la sociedad considera en buena medida una aberración –que un hombre negro folle con una mujer blanca–, dentro del consumo del porno se considera un acto morboso por el que mucha gente, lógicamente, paga gustosamente.

Así, desde hace varios años, el porno interracial ha ido mejorando en imagen, medios y público. Quedan lejos los días en los que lo único que había era la serie Blacks On Blondes, escenas en las que un equipo de actores negros chocaban la mano, bebían cerveza y se montaban un gang bang con una chica de pueblo, normalmente una actriz joven y aspirante dispuesta a pasar por el aro para encontrar nuevas oportunidades en el negocio. Las grandes estrellas al actor negro, directamente, no lo tocaban ni con un puntero láser.

 

El gueto está que arde

Hoy, el porno interracial vive un auge importante. Series como Blacked o DarkX –no son las únicas, hay más– se han convertido en un filón que mueven grandes cantidades de descargas ilegales y de pago, que han ido formando un nuevo star system de actores negros –antes sólo estaba Lexington Steele, el Empalador, y ahora tenemos otros sementales de ébano como Flash Brown, Rob Piper o Prince Yahshua, por ejemplo– muy apetecible para los mánagers que mueven a las actrices jóvenes más demandadas.

Ahora es normal que la mayoría de tops del negocio, como Riley Reid, August Ames, Keisha Grey o Jillian Janson, participen en este tipo de escenas, sobre todo desde que se les dio un tratamiento sofisticado, buena fotografía al estilo Elegant Angel, y se abandonó la sordidez de polvos en el gimnasio o en el taller de reparación de coches. Hay un porno interracial amable, pijo, que también ha ayudado al marketing del nuevo porno al abrir nuevas categorías: si antes era un acontecimiento que una actriz se estrenara en el anal, ahora también se vende como ocasión especial el primer interracial, o el primer trío interracial, o el primer anal con un actor negro, etcétera. En muchos aspectos, el interracial es el nuevo MILF.

Porno interracial

Pero que haya aumento de la demanda y de la oferta, eso no borra el problema del racismo.

Porque si bien hay un sector beneficiado –los actores negros, que son pocos y no paran de trabajar, y también las teens más atrevidas, que pican en todas las puertas–, hay dos segmentos de la industria que siguen sufriendo el problema del racismo.

Uno es el de las actrices negras: cuando se habla de interracial, siempre es con un hombre negro. Las actrices de color son, sencillamente, actrices de color: en ocasiones tienen ofertas importantes, como cuando Chanel Preston filma alguna escena para un estudio con buena distribución y clientela, y hay franquicias que les dedican series específicas, pero sin duda siguen siendo el patito feo de toda esta historia.

Y luego están las actrices que no terminan de estar bien definidas en lo racial. Si son latinas, no hay tanto problema: hay un mercado potente para las cubanas de grandes culos, pero si la mezcla racial es vagamente asiática, o de india nativa americana, ahí hay un problema.

 

Las perdedoras de todo esto

Nos remitimos a las palabras de Janice Griffith, una mujer de belleza espectacular, de sangre india y caribeña, y que incluso mantiene ciertos rasgos tribales en su estética –como la perforación de sus orejas–, pero que ha llegado a manifestar en público la posición de inferioridad que tienen actrices como ella, que a ojos de algunos productores son blancas, pero a ojos de otros son “negras”. En su caso, la industria no sabe en qué categoría encajonarla –latina, muslim, black, no se aclaran–, y eso significa que tiene más difícil el salto a las grandes ligas. No ser blanca, en el porno, penaliza.

Janice Griffith

 

Es una idea que comparten actores como James Deen o Lexington Steel. En una entrevista para el portal Broadly, Deen explicaba que la situación se estaba volviendo “irritante y asquerosa, muy molesta, porque causa grandes problemas al elegir un casting. Muchas veces ocurre que tengo que plegarme ante un agente y asegurarle que una de las chicas que contrato sólo follará conmigo, y no con los actores negros, porque hay todavía muchas actrices que nunca se han acostado con un negro y piden 500 dólares más si finalmente lo hacen delante de una cámara. Me parece racista, no me permite realizar un buen producto y discrimina a los actores negros con los que trabajo”.

Lexington Steele va más lejos, y asegura que el porno es la única industria del entretenimiento que practica la exclusión racial de manera sistemática. De igual manera que no existe teatro interracial, o deporte interracial, o cine interracial, no debería haber porno interracial, simplemente escenas de sexo.

Al anteponer una categoría racial, se está viniendo a decir que aquello es ‘distinto’, y por tanto una degradación para quien lo practica o para quien lo observa. Pero el problema, aunque poco a poco se vaya solucionando, sigue estando dentro de la industria: un estudio de Jon Milward, un meticuloso periodista norteamericano de datos, asegura que el 47% de las actrices blancas son reticentes a rodar escenas interraciales (mientras sólo un 12% evitan que les eyaculen en la cara).

Pero la verdadera discriminación está en los salarios: si no eres actriz blanca, vas a cobrar menos, y si eres actriz blanca que acepta follar con actores negros, estás en la posición de exigir más dinero por lo que sería una simple escena rutinaria –lo que penaliza a las productoras y discrimina al actor–. Más allá del star system y el éxito de las series tipo Blacked, el problema subyace: el porno no se quita de encima el estigma racista.

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