Historias del porno En la cara, no

En los tiempos en los que las eyaculaciones faciales y las enculadas son el pan de cada día en el porno, Gisbert saca su vena nostálgica y nos recuerda a una mujer con el rostro inmaculado y la mirada helada: Annette Haven

haven
PACO GISBERT | 09/12/2014 - 13:17

En pleno siglo XXI, cualquier muchacha que aspire a convertirse en alguien dentro del mundo del porno sabe con certeza lo que le espera: un ano tan dilatado que esté dispuesto a recibir todo tipo de arietes y cientos de baños faciales de semen. Son las dos marcas de la evolución de un tipo de cine en el que, con el paso de los años, lo único que importa es que a la mujer le pongan el agujero del culo del tamaño de la estación de Atocha y su bello rostro reciba, a modo de tratamiento facial no terapéutico, las irrigaciones de todos sus compañeros de escena.

No siempre fue así. La generalización del sexo anal en las películas X es un fenómeno reciente, ligado a la popularización del gonzo y el descenso en la consideración social de las actrices. El sexo anal fue una práctica eventual en el porno clásico, hasta el punto de que algunas de las actrices míticas de los años setenta se retiraron siendo vírgenes por el lado más oscuro de su anatomía. E incluso hubo grandes estrellas del género, caso de Ginger Lynn o Dyanna Lauren, que convirtieron su desfloración trasera en una estrategia para ganar más dinero a lo largo de su carrera.

La eyaculación facial es una moda surgida en la misma época que casi se convirtió en obligatoria la penetración anal. En la edad de oro del porno norteamericano, las irrigaciones en el rostro de las actrices eran algo ocasional y generalmente como resultado de una felación más bien corta. A ningún actor se le ocurría, en las películas de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, correr como un poseso para derramar su simiente sobre la cara de su compañera de reparto, porque, en esencia, la escena sexual era consecuencia de una escena dramática anterior y salir escopetado para correrse en los morros de alguien con la que has estado hablando antes era poco creíble para el espectador.

La princesa de hielo

En esos años, fueron muchas las actrices que jamás vieron mancillado su rostro por la lefa de sus compañeros de profesión, pero quien mejor ejemplifica esa aversión a los baños lácteos es Annette Haven. Nacida en Las Vegas hace ahora 60 años y educada en una familia mormona, Haven fue una adolescente con sueños de alfombra roja y, para conseguirlos, se trasladó a California para probar suerte en la industria cinematográfica de Hollywood. Como muchas chicas de su edad y condición, Haven sólo logró promesas de un futuro actoral a cambio de pelar sus rodillas sobre los despachos de los productores. Por ello, cuando le ofrecieron un papel en ‘Lady Freaks‘, una película X dirigida por Alex de Renzy en 1973, no rechazó tan deshonesta proposición. En los siguientes 16 años, aquella mujer de enigmática belleza, piel blanca como la de Andrés Iniesta y una mirada de congelador cinco estrellas, se erigió en una de las estrellas indiscutibles del género. Sobre todo en los años de la edad de oro del porno norteamericano, los que transcurrieron entre 1976 y 1983, cuando Annette representó con tanta pasión la frialdad sexual que se ganó a pulso el apelativo de “La princesa de hielo”.

Quizás porque el hielo solidifica la leche, Haven nunca permitió que un compañero de trabajo descargara su masculinidad sobre su rostro y las culminaciones de los polvos con Annette siempre acabaron en otras partes de su anatomía. Fue, además, una mujer lista. Cuando vio que en el porno se imponía el absurdo olímpico de utilizar la cara de una actriz como recipiente seminal, se marchó de la industria. Vio que si alguien creía que lo único importante del porno era embadurnar las caras con semen, no era muy de fiar. Y, en los tiempos del Sida, ponerse en manos de alguien que no era de fiar era como jugar a la ruleta rusa. Fue tan lista que, en 1991, dos años después de dejar el porno, se casó con un rico hombre de negocios con el que todavía vive en Mill Valley, una de las zonas más exclusivas de la bahía de San Francisco.

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