Vicio y subcultura Las nuevas estrellas del porno sin tatuajes

¿Los lienzos tatuados están dejando de ser tendencia en el cine X? Esa parece ser al menos la tendencia a la que apunta un Javier Blánquez al que la irrupción de jóvenes actrices de piel inmaculada como Chloe Kapri no ha pasado desapercibida.

Khloe Kapri y Alex Grey
Javier Blánquez | 15/11/2018 - 12:40

Quienes sigan este blog ya saben que, cada cierto tiempo, nos da por ocuparnos por cuestiones peregrinas –por no decir discusiones bizantinas– que afectan a la actualidad del cine para adultos, y hoy no va a ser una excepción.

Verán, hay muchos temas de debate que la prensa generalista no trata en profundidad, y alguien tiene que hacer el trabajo sucio, y hoy se trata de intentar localizar y poner en valor un nicho de actrices en el porno contemporáneo que, tal como está las cosas, es como una minoría resistente, la última aldea gala (esto sólo lo entenderán si han leído los cómics de Astérix) en la concepción virginal del cuerpo femenino. Vayamos al meollo.

Aquí, durante mucho tiempo, hemos hablado del tema de los tatuajes en el porno. De un tiempo a esta parte, el asunto se ha puesto muy de moda y hubo una época en la que no sólo ocurría que cualquier actriz se ponía un tatuaje en cualquier parte, por feo que fuera, porque se suponía que era lo que había que hacer, sino que algunas ya venían tatuadas de casa.

Seguramente, sea una cuestión generacional: en los últimos años, a los adolescentes les ha dado por la tinta, una moda a la que todo el mundo se apuntaba porque nadie quería sentirse excluido de la corriente principal –a pesar de que muchos tatuajes eran simple decoración, estética vacía sin significado, que es lo que siempre había sido hasta ese momento el tatuaje, un signo ritual y un memento de acontecimientos importantes en la vida–, y ahora que llega otra generación, quizá ocurra que no tatuarse sea una opción válida, como reacción ante lo anterior.

Emily Willis

 

¿Tendencia?

En cualquier caso, a lo que íbamos: hemos empezado a detectar que en el porno empiezan a surgir cuerpos naturales sin mancilla de tinta, sin mácula bajo la piel, y esto es algo que no nos esperábamos.

Es decir: si nos hemos tomado la molestia de ver cómo iban entrando chicas nuevas en el porno, y teníamos la suerte de ver cómo sus carreras se asentaban y prosperaban, sucedían normalmente dos cosas: primero, muchas ya venían tatuadas –unos versículos del Eclesiastés en las costillas, una flor en el empeine, unas letras chinas en el cuello–, o a medida que pasaba el tiempo iban ampliando la decoración por todo el cuerpo.

No estamos hablando de actrices completamente tatuadas, que es en lo que recae su identidad principal –estrellas de ayer y hoy como Christy Mack, Joanna Angel, Kleio Valentien, Bonnie Rotten o Anna Bell Peaks destacan porque su cuerpo es un lienzo, y tienen un Gernika en cada centímetro de su anatomía–, sino de actrices que poco a poco iban cubriendo zonas de su cuerpo con tatus sin previo aviso.

Por ejemplo, la francesa Nikita Bellucci, que pasó de tener cuatro cosas a la altura del potorro a tener un brazo que parecía que contenía el catálogo completo del museo del Louvre. Otro caso evidente es el de Marley Brinx, que de tener una piel blanca y lechosa, pasó a tener unas decoraciones en el brazo tan ostentosas como las que se hizo Coto Matamoros en la calva, y ahora su brazo tiene el mismo sex appeal que el de Antonio Maestre.

Estas decisiones, más allá de la libertad personal, tienen unas consecuencias profesionales claras: cuanto más te tatúas, y más te recauchutas –un clásico eterno, el de ponerse perolas de silicona y tal–, más te escoras hacia un tipo de mirada pornográfica que se excita con el cuerpo altamente modificado con productos no biológicos. Hay productoras que trabajan ese nicho y lo hacen muy bien: actrices (y actores, no nos olvidemos del perfil tipo Small Hands) con look macarra, rockero o carcelario. De todo hay en la viña del señor.

Riley Reyes

 

De vuelta a lo natural

Y, a la vez, hay un tipo de mirada pornográfica que prefiere el cuerpo natural, cuanto más natural mejor, y ese nicho estaba más desatendido porque parecía casi obligatorio que, antes de empezar a trabajar en algún cuchitril de Tampa, las nuevas actrices ya vinieran con un tatuaje hecho en cualquier garito insalubre de su pueblo, en el estado de Montana, generalmente una rosa en la parte baja del tórax o un triángulo en el pie.

Hay tatuajes que son tan discretos que casi no cuentan –los que tienen Abigail Mac o Autumn Falls, por ejemplo, que son tan pequeños y están tan escondidos que sólo se ven si el cámara apunta al talón o, en un arrebato de pasión, su partenaire le aparta el pelo para besarle el cuello y entonces ahí lo tenemos, el tatuaje, como si fuera el Aleph de Borges, un punto místico que concentra toda la materia del universo infinito–. Y luego están las que no se han tatuado nunca, y que por no tener, ni siquiera se han escrito una chuleta para un examen con bolígrafo en la mano.

En nuestras últimas exploraciones pornográficas, hemos dado con una lista creciente de actrices con recorrido todavía corto, pero que van subiendo como la espuma e instalándose en la cúspide del entretenimiento sexual para la mirada pasiva, y que se caracterizan por no tener nada artificial en su cuerpo, salvo algún tinte para el pelo, un rasurado oportuno o (esto cuenta como excepción) algún piercing.

Por ejemplo, nos gustaría centrarnos en Khloe Kapri, una joven de 21 años, criada en Las Vegas y, por tanto, con acceso directo al glamour del porno oficial, que lleva desde los 18 participando en escenas y que en este año ha terminado de explotar como una promesa de futuro con recorrido por delante. Lo que nos interesa ahora de Khloe no es tanto su pericia fornicatoria, que la tiene y además muy bien, sino su cuerpo, que sólo tiene de antinatural el teñido rubio de bote con raíces negras y las perforaciones en los pezones, pero en el que no asoma ni un solo tatuaje.

Khloe Kapri

 

¿Esto es deliberado? ¿Es generacional?

También puede influir el hecho de que algunas productoras punteras, de las que pagan bien y ofrecen notoriedad mundial –no diremos cuáles, son las de siempre, las que se llevan todos los premios– prefieran siempre el cuerpo natural al tatuado, quizá porque el tatuaje se identifica con el hardcore extremo (y por eso Holly Hendrix ha ido tintándose poco a poco el pellejo), y el cuerpo natural con la elegancia chic. En cualquier caso, muchas chicas por debajo de los 21 años ya vienen sin tatuajes. En un nivel superior esas excepciones son raras -si no recordamos mal, Adriana Chechik no tienen ningún tatuaje-, pero entre las nuevas estrellas empieza a ser común.

 

Unas cuantas

Este sería un repaso parcial y ampliable. Empecemos con Lily Love, morenaza turgente que, al menos durante el tiempo en que le seguimos la pista, tenía la piel más blanca que la leche. No nos olvidemos de Kenna James, que como buena musa glam que es –aunque últimamente ha rodado una escena con Kissa Sins que puede que le anime a pisar terreno hardcore más duro y, quizá con suerte, ofrendar la puerta trasera a los dioses– no se permite ningún tipo de estorbo que mancille su apariencia virginal. Hay una categoría periférica que es la de “los tatuajes discretos”, que se ven poco –ahí es donde estarían Ivy Wolfe, que tiene una cosa en la muñeca, o Little Caprice, que sólo tiene una cruz en el antebrazo–, aunque si nos queremos poner categóricos, tenemos más munición.

Kenna James

 

Por ejemplo, Brett Rossi, que tiene las tetas de goma, pero lo demás inmaculado como un estucado de yeso. Las nuevas reinas glam europeas y, para más morbo, pelirrojas y con pecas, como Red Fox o Jia Lissa, no necesitan tatuajes para poner a cien al personal, y si volvemos a la primera división americana, el patrón se repite con Athena Palomino –otro caso al estilo Brett Rossi, pecho operado, pero por lo demás virgen como el aceite de Jaén–, Emily Willis, Paige Owens, Natalia Starr, Anya Olsen, Riley Reyes o Elena Koshka. Incluso podemos subir más arriba, y convencernos de que el cuerpo sin tatuar también está fuerte en la primera división (y multipremiada) del porno gracias a Jill Kassidy, Abella Danger y, TACHÁN TACHÁN, ¡Angela White!

Así que si usted es aficionado al cuerpo sin tinta, tenemos buenas noticias: cada vez hay más chicas que se resisten a la moda del “make porno choni again”, y vuelven a las buenas costumbres victorianas y conservadoras de mantener el cuerpo como un templo sin mancilla. Si es lo que le mola, ya ve, hay mucha oferta donde surtirse.

 

 

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