Vicio y subcultura Los Juegos Olímpicos nos ponen

Se acercan los Juegos Olímpicos y Javier Blánquez está dispuesto a encerrarse en casa a inyectarse deporte en vena y deleitar la retina con mujeres como Mikaela Mayer, Ellen Hoog o Ana Ivanovic.

Ana Ivanovic
Javier Blánquez | 02/08/2016 - 11:49

Cuando llegan los Juegos Olímpicos, siempre participamos del mismo ritual: cerramos la puerta de casa con llave –dos vueltas–, nos apostamos en el sofá, nos inyectamos el tubo de alimentación intravenosa y, durante dos semanas enteras no salimos de casa, y si hay que moverse es para mear, cagar y poco más.

La tele siempre está encendida: da igual qué competición esté en juego a las nueve de la mañana (hora local), nos tragamos lo que sea, no importa si es tiro con arco, regatas de vela, partidos de bádminton o eliminatorias de los 400 metros vallas. Mientras tanto, vamos abriendo Twitter, para leer chistes.

Por supuesto, al final del día vemos los resúmenes y las repeticiones: durante 15 días no existe nada más en el mundo que una sobredosis letal de deportes raros que, bajo ninguna circunstancia, veríamos en condiciones normales, pero que en el contexto de los JJOO devoramos como si fuera un menú McDonald’s. Suele ser una de esas experiencias que, además de una escoliosis en la columna, te dejan para siempre un recuerdo inolvidable.

 

Razones que la razón no entiende

Hay otro motivo más para ver los Juegos Olímpicos por la tele: las atletas. De repente, en una retransmisión deportiva empezamos a ver todo tipo de mujeres exóticas que, qué quieren que les diga, nos causan asombro y fascinación, por no decir estupor, en algunos casos.

Y es que los cuerpos que desfilan por el estadio, o por otros campos de competición, no suelen ser los más ortodoxos, la mayoría de las veces. Por ejemplo, siempre es muy interesante seguir las eliminatorias de las pruebas atléticas de lanzamientos de cosas –jabalina, peso, disco–, porque suelen pasearse por ahí unas señoras, principalmente húngaras o lituanas, que más parecen armarios empotrados que seres humanos armónicos.

Son féminas cuadradas, con la axila exuberante de pelambrera, con unos tobillos que no le envidiarían la circunferencia a una columna dórica, con unos brazos ajamonados y robustos, mucho entrecejo, pelusa bajo la barbilla. Por no hablar de las levantadoras de pesos –que en el vocabulario exacto de la jerga olímpica se llaman ‘halteras’–, que no suelen medir más de un metro cincuenta y son como habitantes de Moria, bestias de Uzbekistán con unos culos de granito, brazos que hacen que The Rock parezca un tirillas, y esa expresión de tensión máxima, con los labios temblando, que se les queda cuando alzan 150 kilos del tirón.

 

Especímenes brutales

Hay mujeres en el deporte, o sea, que dan miedo. Algunas parecen como salidas de una hambruna –en la maratón, sin ir más lejos–, otras tienen una espalda que daría para pintar el Guernica –en las pruebas de natación y/o waterpolo–, y luego tenemos ese terreno espinoso que es el de la gimnasia rítmica y/o deportiva, de niñas púberes de piernas musculosas y pieles blancas que, más que de materia orgánica, parecen hechas de goma de mascar.

La conclusión más precipitada que hemos sacado con el transcurso de los años, y con el paso de los Juegos, es que el deporte olímpico suele ser poco erótico. Si buscamos excitación, la encontramos más en los espectáculos culturales, en la televisión, en el porno, incluso bajando a la calle y dándose un paseo. Es más fácil atisbar ejemplares magníficos de un simple barrido óptico que cazar Pokémons con el móvil.

¿No es esto una paradoja? En el gran festival de los cuerpos, donde parece que cada anatomía ha sido esculpida con paciencia y cuidado por un maestro marmolista, donde hay figuras trabajadas con el primor de quien busca la perfección física, muchas veces encontramos bestias de tiro, criaturas mitológicas al estilo del Minotauro, allí donde, con toda nuestra ingenuidad, esperábamos hallar ninfas, sílfides y nereidas.

Aunque, en realidad, sabemos que eso no siempre es así: hay deportes anodinos o directamente irrelevantes para lo que Román Gubern llamó “la mirada opulenta” –la doma clásica, el tiro olímpico o la esgrima, por ejemplo, donde no hay nada que ver salvo las puntuaciones y ciertos movimientos coreográficos–, otros que son estéticamente grotescos, como la lucha grecorromana, pero luego los hay que son un disfrute para quienes practicamos el sillón-ball y, en previsión de lo que pueda pasar, siempre dejamos una mano libre.

Michelle E. Waterson

 

Porque de igual manera que los Juegos Olímpicos tienen una parte de lanzadoras de martillo con exceso de anabolizantes y saltadoras de pértiga con la constitución anatómica de un percherón, también es lo siguiente: nadadoras en chándal yendo a recoger sus medallas con el cabello recién mojado, jugadoras de vóley-playa con unos culos turgentes y contorneados, tenistas que intentan combatir con un físico grecolatino el dominio aplastante de la bestia Serena Williams, equipos australes de hockey sobre hierba o de fútbol, y hasta alguna regatista de vela con mansión y spa en Marbella.

Además de la gloria olímpica y las lágrimas derramadas tras conquistar una medalla, lo que nos clava a la pantalla de la televisión es, además, ese desfile de cuerpos estupendos –también los hay masculinos, pero esto es ‘Primera Línea’, una revista especializada–, y para este año tenemos varios objetivos prioritarios. Estas son las atletas que queremos ver, a toda costa, en Río 2016.

 

Nuestro panteón olímpico

La primera, Jaqueline Carvalho, la gran figura del equipo brasileño de voleibol. Aparte de que juega en casa y aspira al oro –y que le jodan al cobre, como diría Mucho Muchacho–, Carvalho es la gran razón por la que, de vez en cuando, vemos partidos de volei en pista, ese deporte de saltos alargados y cuerpos espigados de dos metros entre los cuales, de vez en cuando, aparece una amazona rotunda.

Digamos que todo el equipo brasileño de voleibol es un espectáculo –además ganan: en Pekín y en Londres se llevaron la final de calle–, pero cuando le toque sacar a Carvalho atenderemos con mayor atención a la pantalla. Por supuesto, exploraremos otros equipos, y también seguiremos con atención el voley-playa, algo que es una obviedad, porque los ratings de audiencia se disparan cuando animamos a esos equipos de dos contra dos en bikini rebozándose en arena.

La segunda gran atracción de Río, sin ninguna duda, es Ana Ivanovic, la tenista serbia, actual número 7 del mundo, y aunque sabemos que no va a ganar –porque ahí está Serena, con esos muslos que, si se curaran como el jamón, acabarían con el hambre en el mundo–, lo que queremos es que avance todo lo posible en su cuadro, y que como mínimo aspire a jugar la final, y que apure todos los sets posibles para verla cuanto más tiempo mejor, corriendo detrás de la pelota, gimiendo con cada golpe, sudando mucho. El tenis, por lo general, siempre nos da alegrías. ¿Qué tiempos aquellos los de Sharapova, verdad? Nosotros somos del equipo de Ivanovic. Vale, también somos de Garbiñe Muguruza, para qué negarlo. Firmamos una final entre ambas.

La tercera atracción, es el boxeo. Mikaela Mayer, componente del equipo femenino de Estados Unidos, parece una Jennifer Lopez con los brazos bellamente musculados. Compite en la categoría de peso ligero, y es una de esas deportistas que nos permitirán prestar un poco de atención a las competiciones de lucha y de contacto, porque como bien se sabe, en el taekwondo no se ve nada, en el judo aún menos, por no hablar de la esgrima, aunque en Río habrá una novedad: debutarán lo que se conoce como mixed martial arts (MMA o artes marciales mixtas, muy parecidas al kickboxing), y ahí quizá nos encontremos con Michelle E. Waterson, una de esas mujeres que pegan duro.

Tema atletas: todos los especialistas en belleza y deporte aconsejan no perderse las carreras de la velocista Natasha Hastings, una liebre zaína que aspira a conseguir varios oros y que galopa y corta el viento cuando pasa por la meta como si fuera una exhalación, pero sobre todo seguir las eliminatorias y la final de salto con pértiga únicamente porque ahí compite Allison Stokke. No sabemos si conseguirá colgarse algún trofeo, pero que nos va a tener colgando de la pantalla sin perder detalle lo podemos asegurar de la manera más rotunda.

Finalmente: fútbol, hockey sobre hierba, baloncesto, otros deportes de equipo que no sean el voleibol, que eso se da por hecho. Hay que seguirlo todo. Recomendamos sobre todo seguir los partidos de fútbol de Canadá, por si le dan minutos a Lauren Sesselmann, o los de hockey de Holanda, ya que ahí juega la gran estrella –dentro y fuera del campo– de este deporte, Ellen Hoog, una rubia delicada como una flor de cerezo en primavera.

Y si queda tiempo libre, todas las pruebas en las que se lance a la piscina Mireia Belmonte, para deleitarnos con unos brazos que seguramente son los que le robaron a la Venus de Milo, para armar las partes de otra diosa. En definitiva, que entre una cosa y la otra los Juegos Olímpicos de Río ya nos han liado, y apesta a que no nos moverán de casa ni con una grúa.

 

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