Vicio y subcultura Los tatuajes nos ponen como motos

Los lienzos tatuados son ahora mismo tendencia en el porno internacional. Incluso Greg Lansky, firme detractor de la tinta, se ha rendido al signo de los tiempos al contratar a la tatuada y muy alternativa Leigh Raven para el sello Tushy,

Krystal Kaos
Javier Blánquez | 14/11/2017 - 13:47

Hubo un momento importante en la evolución del porno moderno, y de esto hace ya unos cuantos años, que fue cuando empezaron a popularizarse movimientos como el de las Suicide Girls y conceptos como el alt-porn.

Básicamente, todo aquel fenómeno consistía en una reevaluación del cuerpo femenino: durante años, el tipo de físico dominante en el porno había sido el de la mujer/muñeca Barbie, generalmente con cintura estrecha, piernas como troncos de abeto, perímetro pectoral nada despreciable y melena rubia.

Durante los ochenta y los noventa, lo más que aceptaba el porno en cuanto a modificación del cuerpo era la cirugía estética, sobre todo si era para arreglar narices respingonas, añadir carnosidad a los labios (de arriba) y, cómo no, añadir silicona en los pechos. Empezó a ponerse de moda la mujer exagerada, de curvas rotundas, una especie de proyección a lo bestia del canon de belleza americano, que durante mucho tiempo habían acaparado mujeres como Marilyn Monroe o Kim Basinger, y que se volvió una explosión de plástico con Pamela Anderson, la gran defensora de las libertades en Cataluña. Pero llegó un momento en que tanta mujer siliconada y con el pelo oxigenado nos cansaba, y buscamos otra cosa.

Leigh Raven

 

La edad de oro de la tinta

Esa otra cosa fueron las chicas menudas y naturales, pero también con modificaciones en el cuerpo: la piel pintada, tinta hasta en las venas –como Pedro J. Ramírez–, los pezones y los lóbulos perforados.

En la década de 2000 hubo un auge del tatuaje y del piercing, y eso hizo que aflorara a la superficie un nuevo tipo de cuerpo, en el que el blanco de la piel se entendía como un vacío horroroso que había que llenar con decoración simbólica, y así empezaron a aparecer mujeres y hombres tatuados desde la cabeza a los pies.

El tatuaje era sexy, sobre todo si estaba plantado estratégicamente y dibujado con moderación, y comenzó a activarse una región poco explorada del sex-appeal: hay hombres que tienen erecciones más monstruosas, y ven cómo se disparan sus niveles de morbo, si la mujer tiene tatuajes y formas suaves como el pétalo de un lirio –a la vez, están quienes no los quieren ver ni en pintura, pues la simple modificación del cuerpo, ni que sea una cicatriz en el labio, ya se percibe como un error–.

Leigh Raven

 

Hacia el año 2000, era difícil encontrar mujeres con tatuajes en el porno, y si los tenían eran aquel corazón rojo en la nalga que tenía Jenna Jameson, por ejemplo. Pero la moda era imparable, y muchas leyendas del porno clásico, como Janine Lindemulder, empezaban a inyectarse tinta en cantidades suficientes como para imprimir una tirada de 10.000 ejemplares del Quijote con los grabados de Gustave Doré.

Las leyendas de la década de 2000 tenían todas sus tatuajes, símbolos sexys elegidos con cuidado y nunca repartidos con generosidad –pensemos en Belladonna, por ejemplo, al que un tatuaje le cruzaba la teta–, y de repente apareció una categoría nueva: la chica cuyo mayor activo era su cuidadosa elección de los tatuajes y los piercings.

No hacía falta que follaran ante la cámara: con ponerse delante de un fotógrafo y posar para la web Suicide Girls era suficiente. Suicide Girls es un catálogo ingente de vecinas de al lado con flores en el hombro, pikachus en el tobillo y alas de ángel en la rabadilla, con círculos concéntricos en el brazo y cruces en el cuello. Un placer para la vista de muchos.

 

Porno gótico

Hace unos años, las actrices porno muy tatuadas se pusieron de moda. La mayor sensación de esta década, sin duda, ha sido Bonnie Rotten, una leyenda cubierta de arriba a abajo de tatuajes complejos –como esas redes de araña que se extienden a lo ancho de sus pechos redondos, como si Spider-man le hubiera puesto la palma de la mano sobre el pezón y se le hubiera disparado la tela de lo emocionado que estaba–, y que se retiró del porno, tristemente para todos, después de encontrar al hombre de su vida y empezar a tener hijos con él.

Bonnie Rotten

Bonnie Rotten, sin embargo, quedará en el recuerdo como un hito del porno moderno: la primera superestrella tatuada que traspasó el mercado ‘inked’ –un subgénero en el que las chicas son verdaderas adictas al tatuaje, y que generalmente tiene seguimiento entre fetichistas y gourmets del porno lésbico, y también entre el público exclusivamente femenino, que ellas también ven porno– y se desbocó en el mainstream: cuando vino Bonnie Rotten al Salón Erótico de Barcelona, aquello fue una locura. Al personal ya le daba igual si tenía la piel salpicada por un manchurrón de boli Bic roto o si estaba virgen como la de un bebé, el caso es que aquella era una mujer cañón, una bestia que despertaba excitación colectiva.

 

El relevo de la reina

Desde que se retiró Bonnie Rotten, el porno generalista ha estado buscando otra estrella de dimensiones parecidas, y la verdad es que no ha sido fácil. Este año –a principios de noviembre– se fallaban los premios Inked Awards, y uno de los momentos más especiales de la gala de entrega de premios fue cuando se decidió incluir a Bonnie Rotten en el ‘Hall of Fame’, una categoría selecta en la que, hasta ahora, sólo había tres mujeres: Janine Lindemulder –cómo no–, la co-fundadora de Suicide Girls, Missy Suicide, y la legendaria Joanna Angel, la dueña de la productora Burning Angel, especializada en chicas tatuadas.

Teniendo en cuenta que la fase más tatuada de Janine le llegó cuando ya no estaba en la primera división del porno, que Missy Suicie es empresaria, y Joanna Angel fundamentalmente una directora, más que una performer, la inclusión de Bonnie Rotten en ese club selecto lanza un mensaje claro: ella fue la primera porn star con tatuajes que trascendió más allá de un círculo privado y se convirtió en un mito. Y cuando tienes un mito reciente, necesitas renovarlo tan pronto como sea: el porno hipster aún no ha encontrado sucesora para Sasha Gray, y el porno con tatuajes busca a la nueva Bonnie.

¿Quién podría ser?

En los últimos dos años, el nombre que mayor proyección está alcanzando es Leigh Raven. Este domingo, en un giro asombroso de los acontecimientos, Leigh Raven protagonizaba una escena para Tushy, uno de los tres portales de Greg Lansky, el especializado en sexo anal. Lo sorprendente no es que Raven decidiera abrirle la puerta de atrás a Jean Val Jean –ella es lesbiana en su vida privada y está casada con otra mujer, pero es bisexual en el porno y ha rodado con hombres desde el principio, y ya venía estrenada en el anal–, sino que Lansky, que se dice que tiene cierta aversión a los tatuajes de choni de Miami, decidiera rodar con ella una escena en la que no salía tapada en absoluto.

Leigh Raven

 

Hace unos meses, cuando decidió contratar a otra actriz tatuada, Charlotte Sartre, Lansky le hizo trabajar con medias y bastante ropa puesta, para disimular los tatuajes. Pero tanto en esta escena en Tushy, como en otra de esta misma semana en Blacked Raw, los tatuajes se ven a tutiplén: y es que otra leyenda moderna con tatuajes, Kleio Valentien, se ha sumado al clan, encima probando rabo negro.

De todos modos, lo significativo no es que Lansky ahora haya descubierto que hay mercado para el tatuaje y que sus prejuicios le estaban haciendo ganar menos pasta de la que podría obtener, sino el buen momento que viven las actrices con tatuajes.

Un hecho significativo es que muchas chicas que empezaban en el negocio con la piel sin manchar, a la que han empezado con un tatuaje, no han podido parar. Las hay que han sufrido una transformación importante en los últimos meses –Kylie Page, por ejemplo, o la brasileña Juelz Ventura–, y otras que ya venían muy tatuadas se han seguido cubriendo más y más.

Kleio y Skin Diamond

 

Si echamos un vistazo a los galardones de los Inked Awards 2017, veremos que muchas actrices tatuadas con más premios están entre las favoritas del público mainstream: la ‘female performer of the year’ ha sido Kleio Valentien –sin duda, la heredera natural de Bonnie Rotten–, y la ‘starlette of the year’ (debutante) nada menos que Holly Hendrix, que a la vez se llevó el galardón a la mejor escena lésbica (con Gabriela Paltrova) y un reconocimiento al ‘mejor coño’. El mejor culo lo tiene Romi Rain, la mejor directora es Joanna Angel, y la mejor escena del año la rodó Anna Bell Peaks.

No aparece Leigh Raven en estos premios, pero la suya es una carrera en ascenso que, tarde o temprano, le llevará a los primeros puestos del olimpo tatuado. Sólo hay que ver su estética –que ahora no sólo se compone de tinta a raudales, sino del pelo rapado y de muchos piercings– para comprobar que, si hablamos de actrices fetish, ella es el futuro. Hay mercado para las chicas con tatuajes y quien no quiera explotarlo es que no se entera de qué va la película. Greg Lansky ya lo ha visto. No sé a qué esperas tú.

 

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