Mad Men Lab Larga vida al piropo

En Mad Men Lab se practica el pensamiento lateral, que viene a ser llevar la contraria casi por sistema y salirse siempre que se pueda por los cerros de Úbeda. Esta vez, a Silvia Cruz le ha dado por reivindicar la rancia tradición del piropo.

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Silvia Cruz | 20/01/2015 - 17:56

Tenía 14 años y era verano. Salí de casa para ir a la piscina y al pasar por delante de uno de los bares con más solera de la que nunca podáis imaginar, un hombre me espetó: “Niña, si fueras gallina, tendrías que tirar los huevos con paracaídas.”

Me costó entender que el gañán en cuestión hacía referencia a la longitud de mis piernas, que ni eran ni son tan eternas. La que sí era infinita era su zafiedad, cosa que le hice saber con un insulto a la medida de su mal gusto.

Más de veinte años después de esa escena, un octogenario me cedió el paso en una callejuela de Sevilla por la que apenas cabíamos los dos. Hizo un ademán con la mano para dejarme pasar y al hacerlo, me soltó: “Hija mía, quién fuera piojo.” Lo dijo mientras admiraba la abundante cabellera que me adorna la sesera y en un tono divertido y muy amable. Aún me río cuando lo recuerdo.

Con estos dos ejemplos, podrías hacerte una idea de dónde está el límite entre el improperio y el halago. Si no fuera, claro, porque yo no soy todas las mujeres. Y ese “tú” tampoco es cualquier hombre, pues no todos tienen el talento para hacerlo como es debido. Pero las leyes, queridos, se hacen para todos aunque a estas alturas no creas que la justicia es igual para ti que para Urdangarín.

 

¿Prohibir el piropo?

Digo lo de las leyes porque la directora del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género, Ángeles Carmona, ha dicho que hay que erradicar los piropos porque suponen una invasión de la intimidad. Y yo me acuerdo de Bélgica, que el año pasado aprobó una ley en virtud de la cual se pueden aplicar multas de entre 50 y 1.000 euros y penas de hasta un año de prisión por hacer comentarios desagradables en la calle. Me tocó informar de ello en su día y, la verdad, no encontré ningún argumento que me convenciera de que esa ley vaya a servir para algo. Detesto que algún maleducado me diga burradas sin gracia alguna pero también que un legislador pretenda velar por mis sonrojos.

Lo que pueden empezar a hacer algunos (y algunas) es calibrar lo que dicen y sus consecuencias. Lo de “niña”, “hija”, “chiquilla” es muy recurrente en los hombres que dicen piropos y marca el mal entendido concepto del mismo, que en su etimología deja claro que no pretende el empequeñecimiento de quien lo recibe.

“Fuego en la cara” o “color de rubí en el rostro” es el sentido que tiene la palabra raíz, del griego y el latín como casi todo en nuestro idioma, y que encuentro muy acertado por ser la reacción que provoca una lisonja. No miedo, ni acojone, ni humillación. Pues para elogiar no hace falta hacer chiquita a la receptora del piropo, ni faltarle al respeto. Pero, ¿qué pasa si para que no me empequeñezca un particular me trata como a una cría mi Gobierno?

Este es un país machista, qué duda cabe. Pero el piropo no es el problema. Sí el piropo mal entendido, como todo lo que se entiende mal. Como lo de entender que las mujeres necesitamos protección especial para andar por la calle. Es cierto que todos no somos iguales y que lo que a mi resbala puede suponerle un mal trago a otra persona. Y viceversa.

Pero, ¿qué arreglará una supuesta ley que prohíba los piropos? ¿De verdad creen que van a erradicarlos? ¿De verdad creen que nos hacen un favor? Yo a Carmona le diría que no nos quiera tanto. No sea que de tanto proteger a las mujeres, nos acaben asfixiando.

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