Vicio y subcultura Manuel Ferrara: uno, grande y peludo

Manuel Ferrara ha vuelto. En realidad, nunca se fue del todo, pero Blánquez ha querido aprovechar la segunda juventud que ahora mismo atraviesa el semental francés para rendir tributo a los machos alfa de su generación, a los que aún esperan muchas tardes de gloria.

Manuel Ferrara
Javier Blánquez | 28/03/2017 - 10:01

Ya hemos dicho por aquí en alguna ocasión que la vida laboral de las actrices porno, salvando contadas excepciones, es más inestable que la del autónomo español, y más breve que la de un camarero en la costa.

Con la única excepción de esa élite selecta que alcanza la cima y logra mantenerse en el Olimpo del folleteo remunerado durante aproximadamente unos diez años –prorrogables si la chica en cuestión se pasa a dirigir escenas, a producirlas, o se saca el carnet de MILF–, la mayoría de las starlettes que entran en el negocio lo hacen para quedarse por poco tiempo.

Las razones de la retirada son varias. Algunas se cansan (e incluso se casan), o no ven tanto dinero como esperaban al principio. Otras se largan, humilladas después de experimentar tratos vejatorios de todo tipo, mientras que la gran mayoría prefiere cerrar la tienda en el momento en el que baja el caché oye solo te llaman para hacer escenas en las que Max Hardcore se te mea en la boca.

Lo habitual es, lógicamente, que las aspirantes jóvenes suban con fuerza y vayan ocupando el lugar que dejan las veteranas, cuya demanda baja en picado a partir de los 30. Luego están las que encuentran marido y lo dejan, o se retiran –por un tiempo o para siempre– porque tienen un hijo, como Leah Gotti, Holly Michaels o Bonnie Rotten; en definitiva, porque la vida les presenta otras opciones y el envejecimiento en el porno es más prematuro que en otras profesiones.

 

Machos alfa de largo recorrido

En cambio, la vida laboral del macho alfa es mucho más prolongada. Por los casos que conocemos de actores porno de carrera tan dilatada como su bastón mágico, sabemos que se puede entrar en el negocio alrededor de los 18 años y salir más o menos a los 45, más que nada porque a esa edad ya no se rinde como en la gloriosa juventud, donde es posible echar tres o cuatro seguidos sin sacarla.

Manuel Ferrara

 

Hay que tener en cuenta que si uno es capaz de rendir como actor porno es, por definición, un prodigio de la naturaleza que no se ve afectado por los mismos ciclos de decadencia biológica que el resto de los mortales, pero en todo caso siempre llega el momento en el que la herramienta falla más que una escopeta de feria, que ya no aguanta tanto como antes o no es capaz de rodar dos escenas de máxima intensidad en un día, como hacía Marco Banderas en sus buenos tiempos, cuando su producción de leche diaria era comparable a la de Francia en todo un año.

Y entonces es cuando el actor, de la manera más honrosa posible, hace como las grandes leyendas tipo Nacho Vidal o Rocco Siffredi, y baja el ritmo de rodajes o se retira con todos los honores.

 

No al alcance de cualquiera

Además, hay otra razón que explica la longevidad del actor porno de élite: ser actor porno es un coñazo, en realidad, hay que correrse cuando el director lo indique, hay que conseguir empalmar en cuestión de segundos y evitar que todo se venga abajo, como el París Saint Germain en los minutos finales de una eliminatoria, y además hay que estar minutos y minutos sacándole brillo al sable sin que se derrame ni una sola gota. Y eso sólo está al alcance de seres superiores.

A veces pensamos que éste es un trabajo para monjes shao-lin, y no para hombres comunes y corrientes. ¿Quién tiene tanto aguante? ¿Quién puede atreverse con tales retos, que más necesitan un milagro que coraje? En efecto, el premio es follar en tu vida más que Pipi Estrada en solo un año, pero ¿a qué coste? ¿Y si nos da un infarto por tanto esfuerzo? Por eso, si hay un hombre en el porno que merezca ser tratado como un héroe grecolatino, ése es Manuel Ferrara.

Manuel Ferrara

 

Habiendo superado ya los 40 años, mucha gente le daba ya por acabado. Hay mucho señor envidioso que le pone a parir en los foros porque tiene barriguilla cervecera, no va al gimnasio, tiene más pelo que un perro de lanas y con el pellejo que le rodea el glande se podría tapizar un sofá de tres piezas, pero no menos cierto es que en la última década y media este francés de perfil reconocible –siempre el mismo flequillo, siempre la misma resistencia a la fimosis, siempre la misma bestialidad que le acerca a nuestros antepasados cromagnones– había sido el dios del gonzo, uno de los monstruos más infalibles del porno contemporáneo, y durante su etapa imperial consiguió mantener el tipo ante el abuso de Nacho Vidal –que lo hacía todo con la polla fuera, en los dos sentidos de la expresión, el literal y el aplicable a Messi o Stephen Curry cuando terminan partidos para enmarcar– y el empuje de jóvenes promesas como James Deen.

Desde que dio el salto a Estados Unidos en 2001, ha sido imposible ver un poco de porno, ni que fuera por casualidad, y que no estuviera Manuel por ahí. Lógicamente, el prodigio francés lo tiene todo: un robusto tronco del amor, con un impresionante perímetro de base, y unos acabados generosos, hasta el punto de que él no eyacula, sino que pinta la Vía Láctea sobre la piel de sus compañeras.

La suya es una herramienta salvaje, sin circuncidar, una animalada que, durante un tiempo, fue la primera elección de muchas productoras para momentos delicados: una desvirgación anal, la primera iniciación de una experta en temas lésbicos en el reino del mainstream heterosexual, y así. Tiene un currículum que le garantiza entrar en el Hall of Fame del ñogo-ñogo.

Manuel Ferrara

 

La leyenda del indomable

Pese a todo, los últimos años han sido duros para Ferrada. Durante un tiempo incluso se le vio menos, presionado por el empuje de James Deen –hasta que a James Deen se le acusó de violador y se tuvo que refugiar en su propia productora, ya que no le llaman más ni de HardX ni de Evil Angel; ahora parece que también vuelve a la primera línea, y a ‘Primera Línea’ también–, y cómo no por el imparable avance de su compatriota Jean Val Jean, un francés con menos centímetros de gloria pero con más abdominales y encanto metrosexual, pues se pasa con regularidad la maquinilla de afeitar por las ingles.

Si tiempo atrás era Ferrara el elegido para abrirse paso por el recto de Asa Akira cuando la estrella asiática decidió iniciarse en el anal, en los últimos años lo más que veíamos de Ferrara era que continuaba con su serie Raw –gonzo naturalista con cámara fija, en la que nuestro hombre se trajinaba durante una hora a diferentes actrices en habitaciones de hotel, sin realización y sin pirotecnia– y que de vez en cuando aparecía en escenas de segunda clase. Nos dio la impresión de que había llegado la decadencia, de que iba llegando el momento de desaparecer discretamente.

Pero desde hace unas semanas, Manuel Ferrara ha vuelto. Quizá estuviera de vacaciones. Quizá pasara una mala racha –se ha divorciado ya tres veces, tiene un montón de herederos, igual le aprietan las deudas más que los calzoncillos–, o quizá tuviera otras prioridades más acuciantes: actualmente es la pareja de Kayden Kross, con quien tiene una hija de tres años, y estas cosas también requieren su tiempo.

El caso es que en ese pelotón de privilegiados, esas altas esferas del porno en las que viven un selecto grupo de elegidos –Mick Blue, Jean Val Jean, Toni Ribas, y aunque cada vez menos Erik Everhard; casi todos por encima de los 40 años, a la espera de que la generación de los Chad White, Christiab Clay, Xander Corvus e incluso Jordi, El Niño Polla, esté a la altura (y el grosor) de las circunstancias para tomar el relevo–; en ese grupo selecto de sementales, decíamos, vuelve a estar Ferrara.

Manuel Ferrara

 

Segunda juventud

De repente, Ferrara ha aparecido en un montón de escenas en las productoras que mueven más dinero, las Vixen y Tushy de Greg Lansky, y ha recuperado el ritmo en Jules Jordan, Evil Angel y HardX. Vuelve a estar en todos los frentes: grabando gonzos guarrísimos y poniendo sus dotes de seducción al servicio de una causa mayor –es de esos que hablan al oído, y le dicen a la actriz que la va a preñar, para así ponerla más caliente, y que además se dejan comer todo lo que sería la zona del perineo, con toda la selva amazónica ahí plantada, que a las mozas les pone muy verriondas–, pero también aportando su experiencia a un porno más glamouroso.

Total, que Ferrara parece vivir una segunda juventud. No ha habido merma en ninguna de sus cualidades, culmina de manera explosiva y viscosa cada uno de sus actos, le añade intensidad a todos sus movimientos, y no parece que haya ‘gap’ generacional cuando él toma los mandos.

Así que desde aquí nos atrevemos con un pronóstico: llegará como mínimo a los 50 años dándolo todo en el trabajo. Nacho Vidal está semi-retirado –tiene dos años más que Ferrara– y hace tiempo que dejó de competir en esa liga, y mientras no salga algún fuera de serie que amenace con jubilarlos a todos, el viejo Ferrara, con su blanca peludez y su hortaliza que no cabría ni en un vaso de cubata, parece dispuesto a estar al pie del cañón, perforando cavidades y bombardeando con su láser blanco a todas las que se pongan a tiro.

Ya no gana premios AVN, pero a quién le importa eso, cuando no hay bestia más feroz en esto de la cosa “sexuaaarrrr”. A ver si queda claro: ser cipotudo es lo que hace Manuel Ferrara, no escribir como Manuel Jabois.

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