El sexo de Lucía Mi aventura con el diplomático

Lucía rescata una anécdota de sus años mozos. En concreto, su promiscua y accidentada etapa universitaria, en la que tuvo relaciones muy íntimas con un diplomático paquistaní del que no recuerda el nombre, pero sí una parte de su cuerpo

El amante paquistaní
Lucía | 28/12/2016 - 9:00

Cuando era estudiante universitaria, yo ligaba mucho.

Y no porque fuese especialmente guapa. En realidad, casi cualquier otra chica de mi grupo de amigas era más guapa que yo. Pero yo era muy extrovertida y tenía más morro que espalda, así que no tenía problemas para llevarme a la cama al más atractivo del bar.

También me ayudaba mi peculiar carácter: mi tendencia a ser más borde que una esquina desconcertaba e intrigaba a muchos hombres y era una de mis armas secretas para llevarme a la cama al chico que me apeteciese. Me gustaban mucho los foráneos (yo siempre he sido de mercados internacionales, será por mis propios orígenes) y en aquella ciudad universitaria en la que estudiaba era muy fácil encontrarlos cada noche que salíamos de juerga.

 

Qué tiempos aquellos…

Hoy me apetece hablaros de una de mis víctimas. No recuerdo su nombre, le vi en una de las discotecas habituales de nuestra ruta habitual y casi hiperventilé: alto, delgado, piel color aceituna, pelo negro color azabache, estiloso al vestir… Tampoco recuerdo cómo empezamos a hablar: solo hablaba inglés, era de Pakistán, hijo de diplomáticos y estaba estudiando un máster en Salamanca.

Todo perfecto, o eso me parecía a mí que me enloquecía lo exótico. El caso es que el sexo entonces no era tan rápido como en la época de Tinder, aunque yo nunca tuve normas, y quedamos en un par de días para ir al cine.

En la película hubo unos cuantos besos y magreos. Besaba muy bien, ésa es siempre una prueba de fuego para comprobar si merece la pena encamarte con alguien. Después quedamos otro día para una merendola con unos amigos suyos también extranjero. Y así, hasta que una tarde me invitó a su casa. Vivía en las afueras de la ciudad, en un piso de nueva construcción que era la envidia de cualquiera de nosotros, estudiantes universitarios becados que aunque vivíamos en el centro, compartíamos pisos de la época de la polca que por no tener, no tenían ni calefacción.

 

Visión divina

Las lo único que recuerdo de aquella noche era su polla. No me malinterpretéis ni me llaméis superficial, no es que no cenásemos o que no hubiese preliminares. Fue todo muy bien, el chico tenía un cuerpo de infarto y era la mar de delicado, pero es que cuando nos encontramos en la cama completamente desnudos me fijé en su instrumento y a punto estuve de salir corriendo: menudo pollón.

El amante paquistaní

No era la primera verga de grandes dimensiones (aquello superaba los 20 centímetros sin problema) que veía en mi vida: años atrás estuve liada con un judío de París y también estaba bien armado, pero lo de este chico, cuyo nombre no recuerdo, era digno de ser anotado en mi diario, en el caso hipotético de haberlo tenido.

La disfruté a gusto: era bonita, grande, con un buen diámetro y después de lamerla un rato, oyendo cómo su respiración se iba acelerando por minutos, me subí encima, porque yo siempre he sido de verlo todo desde lo alto. Qué gusto, por Dios, tener aquello dentro.

El sexo fue bueno, ésa y otras ocasiones: el tío sabía moverse y a pesar de tener un gran falo (a algunos la erección, simplemente por cuestión sanguínea dura más bien poco), nuestros encuentros sexuales duraban horas. Y después dormíamos juntos y no pasaba nada: eso no significaba que te quisieras casa ni tener una relación seria, como sucede ahora, que parece que te tienes que ir corriendo porque si no, es que estás buscando presentárselo a tus padres.

 

Tristes despedidas

Pero chicos, todo tiene su fin o como diría aquél, todo lo bueno se acaba. Mira que me venía de perlas el pakistaní, porque follábamos bien y mucho, practicaba mi inglés, era un tipo cosmopolita…

Sin embargo, en alguna ocasión pensé, sobre todo al principio de aquella relación que duró más bien poco (diría que unas tres semanas como mucho) que a pesar de ser de un país de una religión muy tradicional, el hecho de haber vivido toda su vida fuera y de ser hijo de diplomáticos le había abierto las miras. Y una mierda. Una noche, cuando volvíamos del cine en dirección a su casa, iba comiéndome una piruleta por la calle, de las chuches que habían sobrado de la sesión de cine. De repente me miró y muy serio me dijo: “Las mujeres no debieran comer piruletas por la calle, eso no está bien, es una provocación”.

Yo era jovencita, poco más de 20 años, pero me bastó oír eso para darme cuenta de que de seguir con él, en unas semanas iba a intentar ponerme un burka. O sea, que ni educación en el extranjero ni narices: el tipo era un machista de tomo y lomo. Muy seria, me saqué la piruleta de la boca y le dije: “Mira, creo que lo mejor es que lo dejemos aquí, y digo aquí en esta misma calle, y tú tires para tu casa y yo para la mía”. Y ahí se acabó mi historia sexual con el pakistaní guapetón.

Porque yo, tonterías, las justas. No soy de las que renuncian a su libertad por una buena polla.

El amante paquistaní

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