Vicio y subcultura Nicki Minaj, el regreso del culo prodigioso

Aprovechando que la diosa está de vuelta, repasamos en Vicio y subcultura las razones por las que, en plena era de Cardi B, nosotros seguimos siendo devotos soldados del ejército de Nicki Minaj.

Nicki Minaj
Javier Blánquez | 17/08/2018 - 8:50

Ustedes no se acordarán, porque por entonces eran muy jóvenes, pero este humilde blog, que se llama Vicio y Subcultura, empezó hace algo menos de cuatro años en Primera Línea –otoño de 2014, el tiempo vuela– con un artículo dedicado a Nicki Minaj y el boom que por aquel entonces estaba experimentando la reivindicación del culo como arma de mujer femenina.

Era un tiempo en el que, fuera del porno –donde el ojete ha sido tema de interés siempre–, se hablaba abiertamente de sexo anal, de glúteos XXL, de mover el pompis con esmero y cadencia según las leyes del twerking. Nicki Minaj había publicado por entonces su canción ‘Anaconda’, con su vídeo correspondiente, que era un desfile de traseros con la perfección esférica del balón oficial del Mundial de fútbol, y sin duda aquel fue el año del culo.

Luego vinieron otras modas, otras estrellas de la música urbana, aunque hay dos aspectos que han perdurado durante todo este tiempo: la obsesión por el sexo –aunque light– sigue instalada en la música pop, y Nicki Minaj no ha dejado de aparecer en nuestra vida sin descanso.

 

Joven veterana

La cronología de Onika Tanya Maraj va así, más o menos.

Sus primeras apariciones en singles de hip hop sureño y R&B empezaron a darse en 2004, y bajo el amparo del sello Cash Money publicó su primer disco en solitario, Playtime is Over, en 2007, así que más o menos hemos tenido una década de presencia constante de la mayor estrella femenina de la música negra de estos últimos tiempos, siempre y cuando se entienda que Rihanna y Beyoncé tienen color de café con leche.

Cuando empezó a hacer ruido, sobre todo a partir de Pink Friday (2010), lo importante de Nicki Minaj eran dos cosas: el estilo y la lengua, aunque no necesariamente por este orden. En cuanto a estilo, era como una versión afro de Lady Gaga, una mamarracha glam con vestuarios estrafalarios, un cuidado diseño de los diseños que ilustraban su piel, una percha achaparrada y voluminosa, con más curvas pronunciadas que el circuito de Montecarlo, sobre la que caían ropajes apretados, de látex y alta costura.

Nicki Minaj

 

En aquella época, todas las adolescentes negras querían ser como ella: un lienzo para maquillajes excesivos, con un pelo elástico que permitía todo tipo de actuaciones estéticas. Si el pop es artificio, Nicki Minaj era una estrella ideal para ese momento en el que el R&B se estaba arrimando al trance, y las revistas de moda necesitaban maniquís diferentes para retratar el cambio de época.

 

Incomparable

Así que Nicki Minaj nos entraba, sobre todo, por la vista: era una criatura como de Lovecraft, una especie de Yog-Sothoth curvilínea e interdimensional, con pelucones y joyería, y además marcaba una nueva pauta estética entre las bitches negras: lejos de la sofisticación y la finura de modelos como Tweet o Cassie, Nicki Minaj recuperaba el viejo modelo de las raperas pornográficas, como Lil Kim o Foxy Brown.

Y ahí es donde entraba en juego el segundo factor, la otra cosa por la que es importante, la lengua.

Cuando decimos lengua no nos referimos a que tenga un dominio del idioma comparable al de Pérez Reverte, sino a la alta proporción de dobles sentidos, sugerencias tramposas y alusiones sexuales que invaden sus letras.

La verdad es que nadie podía habérselo imaginado: tienes a una mujer con un culo que parece un mapamundi, a la que le penden dos tetas que refutan la ley de la gravedad, y lo lógico sería pensar que sus letras consistirían en una reflexión alrededor de la idea de la moral en la filosofía de Hegel, y no tanto sobre irse de fiesta, rodearse de maromos musculados y ofrecer a sus amantes el más recóndito de sus secretos, o sea, la espelunca mucosa del recto.

Nicki Minaj

 

Desde la publicación de Pink Friday, la carrera de Nicki Minaj entró en una fase de dar vueltas sobre la idea de éxito apuntalada ahí: sus siguientes discos eran variaciones alrededor del mismo concepto de negritud/fama/sexo/vidorra, como el The Re-Up de Pink Friday o Pinkprint, que aunque tenían material nuevo, eran en realidad una continuación lógica de una fórmula que había funcionado y que había que exprimir hasta la última gota, como si fueran naranjas de Mercadona o una eyaculación de Mick Blue aprovechada por Adriana Chechik.

Y durante estos años, para quien haya querido ver y escuchar, nuestra Nicki ha estado hasta en la sopa, participando con featurings en los singles de todo el mundo, desde Ariana Grande a Rick Ross, Madonna, Meek Mill o Big Sean.

 

Aquí y ahora

Bien, ahora estamos en 2018 y las reglas del juego han cambiado. Nicki Minaj había sido la reina del mambo hasta hace nada, lo tenía todo para atraer miradas y despertar deseos –siempre y cuando a uno/a le gusten los cuerpos rotundos y no-normativos–, y tampoco vamos a negar que en su repertorio hay hitazos como Beez in the Trap que no vamos a dejar de escuchar nunca.

Nicki Minaj

 

Pero ha entrado en juego una nueva generación que ha aprendido de sus enseñanzas –ser más fresca que las lechugas, hablar sin control de sexo y reclamar para la mujer un papel protagonista y dominante–, y de repente tenemos nuevas estrellas que le han comido la tostada a nuestra diosa curvilínea, que no hay que olvidar que ya va camino de cumplir los 36 años, una edad con la que ya cuesta mucho fingir que eres joven y primaveral. O sea, que ahora quien manda es Cardi B, que además arrastra muchas más escuchas en YouTube.

Podría parecer que el nuevo disco de Nicki Minaj, Queen, se titula así porque es el barrio de Nueva York en el que creció –si le añadimos una S–, tras criarse en Jamaica. Vale, sí. Pero Queen (Reina) es también una manera de reclamar espacio, algo así como decir ‘que se quiten todas esas zorras jóvenes, que aquí la que manda sigue siendo la menda y su coño moreno’, una decisión territorial obligatoria tal como está el patio, porque una vez alcanzado estatus lo más difícil es mantenerlo y seguir en la cresta de la ola en un terreno en el que la gente puede olvidarse de ti en cuestión de minutos.

No tiene pinta de que vaya a ocurrir con Minaj, porque ella seguirá jugando su carta principal: su tremenda ‘pechonalidad’, el culazo que la cirugía estética le ha dado, y las poco sutiles referencias a invitar a quien la escuche a imaginarse –todo mental, nada de estirar la zarpa– que le está haciendo de todo, como si fuera una muñeca de látex. Minaj es una apologeta descarada de todo lo que es el guarrindongueo recreativo, siempre habla de su culo predispuesto a la acción, y de tomar las riendas de la cosa. Ahora es MILF, pero ya sabemos que para las MILFs siempre hay mercado.

Nicki Minaj

 

Canción de amor a la libertad

Algún día, alguien tendrá que escribir un ensayo potente y bien razonado sobre cómo ha cambiado la sexualidad en los últimos años desde el punto de vista de la comunidad negra, y qué papel ha tenido Nicki Minaj en todo esto.

¿Hay mayor libertad de expresión sobre preferencias sexuales supuestamente desviadas desde que ella es una estrella que acumula millones de visitas en YouTube? ¿Hay una correlación entre el auge de las estrellas del porno negras infiltrándose en el mainstream (Ana Foxxx, Chanel Heart, etcétera) con el modelo de mujer libre e hipersexualizada, desprendida de los rigores del gueto, que representa Nicki?

¿Es lógico que se busquen actores negros que más parecen estrellas del trap o ex traficantes de base de cocaína en cualquier esquina de Baltimore que jugadores de baloncesto? ¿Qué tiene que ver todo esto con el cambio de tendencia en el pop, que una vez más ha flirteado con lo abiertamente porno?

Mientras tanto, ya tenemos disco del verano para escuchar con la mano izquierda.

Nicki Minaj

 

Habrá nuevas mozas zaínas que aporten frescura, delicadeza y explosión hormonal, pero no vamos a renunciar todavía a la reina de la cosa guarra y los hitazos más subidos de tono que la conversación telefónica de dos subsecretarios de ERC. Mientras Nicki Minaj conserve esa rotundidad curvilínea y esa lengua sucia como el palo de un gallinero, nunca le faltará un plato de sopa en nuestra mesa ni una reproducción esporádica en Spotify.

Si en el Louvre conservan la Mona Lisa porque es una obra de arte, la UNESCO tendría que hacer lo mismo por el mantenimiento perpetuo de ese culo que es, dicho alto y claro, una de las maravillas arquitectónicas del mundo moderno, y que sirva de inspiración para muchas generaciones por venir.

 

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