El sexo de Lucía No me gusta el sexo telefónico

La inquina y muy poco convencional Lucía nos explica esta vez por qué los polvos a distancia le parecen una práctica sexual más bien poco estimulante y con muchos números para acabar en desastre.

Sexo telefónico
Lucía | 15/12/2016 - 18:26

Lo confieso, no me pone el sexo telefónico con desconocidos. Necesito haber visto antes a esa persona, haberla tenido a mi alcance, conocer su olor, haber podido saborear las distancias cortas. Porque el sexo telefónico con alguien que nunca vi se me antoja similar a estar contratando un paquete de telefonía móvil. Y eso no pone.

Las féminas solemos hacernos ilusiones rápidamente frente a un encuentro sexual, o frente a un tipo, a secas. No digo con ello, ojo, no nos equivoquemos, que pensemos que el susodicho va a convertirse en el padre de nuestros ocho hijos y que alimentará nuestro hogar bíblica y materialmente. No, en absoluto me refiero a eso: quiero decir que las mujeres, especialmente las que somos soñadoras, como es mi caso, nos da por idealizar un encuentro sexual. O a un hombre. Y pensar que el polvo va a ser la hostia. Y que el tipo va a responder a todas nuestras expectativas, físicas y mentales, aunque sean justo de una noche.

Y nada más lejos de la realidad. Luego, la mayoría de las veces, el tipo y el encuentro resultan ser un fraude y se te queda cara de póker, claro está.

 

El peso de las expectativas

¿Quién tiene la culpa? Nosotras: si fuésemos más pragmáticas, como son los hombres (algo que envidio), no andaríamos dando cosas por sentadas ni aventurando escenas y por extensión, luego no habría desilusiones.

Todo esto viene al caso porque el otro día le vi en Twitter: es un fotógrafo pseudo famosete, no nos conocemos personalmente ni nos seguimos, pero recordé que tuvimos sexo telefónico en una ocasión. Y no llegó a haber sexo físico, del presencial, del de oda la vida, por lo muy defraudadas que se vieron mis expectativas sobre él.

No recuerdo por qué me abordó, fue él y creo que estaba relacionado con la publicación de mi primer libro. Tampoco recuerdo la plataforma, para el caso da igual, empezamos a hablar vía whatsapp, primero conversaciones anodinas y luego fueron subiendo de tono: es algo que nos pasa regularmente a las chicas que escribimos de sexo. Y estoy segura de que si escribiese de física cuántica, el sujeto en cuestión no se pondría a hablarme en cero coma sobre el gato de Schrödinger.

Sea como fuere, me llamó, porque quería oír mi voz y como ya veníamos tonteando hacía unas semanas pretendía que tuviésemos sexo telefónico a bocajarro, nunca mejor dicho. Imaginad la situación: yo estaba saliendo casi por la puerta para buscar a mi hija a la guardería y él ahí, encendido, al otro lado del teléfono, pidiéndome guerra.

Eran las cinco de la tarde, no, no eran horas, lo siento. Como lo de la hija me pareció un destruye libidos total, le comenté que estaba llegando el técnico de Telefónica a casa, que siempre suena algo más misterioso que “tengo que salir a buscar a mi hijo a la guardería”. Total, quedamos emplazados para hablar esa misma noche porque la noche no se presta más a estos avatares que las cinco de la tarde, cuando la gente está en plenas obligaciones cotidianas, sea ir a por los enanos, salir de la oficina o pasar por la tienda a por unos plátanos.

 

Brazos fuertes para follarte mejor

Debían ser ya las once muy pasadas cuando nos llamamos: recuerdo que aunque había habido tonteo, no se había iniciado aun una conversación sexual, explícita. Se notaba que estábamos los dos un pelín cortados, lógico, ni nos conocíamos, apenas habíamos intercambiado palabra, como para ponerte a hablar de sexo oral.

Sexo telefónico

 

Después de unas frases para romper el hielo, a mí se me ocurrió decirle que vaya brazos se le veían en la foto de su avatar, que si es que hacía musculación o que qué deporte practicaba. Era una forma elegante de entrar en materia, pero sin ser demasiado evidente. Su respuesta me dejó de piedra: ¿A ti nunca te han follado de pie? ¿A que cuando lo han hecho el tío no aguanta nada?, pues para eso tengo estos brazos, para follarte bien de pie contra la pared”.

Toma: si no querías caldo, 14 tazas. Joder, pensé, para un inicio de relación sexual telefónica no está mal. Apuesta fuerte.

Casi se me cayó el teléfono al suelo: no recuerdo ni qué atiné a contestar, algo así como “vaya, no te andas por las ramas”. Entonces él siguió con ese mismo ritmo, total, ya había entrado en calor y para qué ponerle freno: Te follaría horas contra la pared, te iría comiendo las tetas, mordisqueándote los pezones mientras te la meto fuerte”. Estaba embalado: “Después te pondré a cuatro patas, mientras te la meto por detrás, en el culo, sin lubricante ni nada. Y así sentirás mi verga gorda dentro de ti, ¿te gusta, te gusta?”, me preguntaba.

A mí aquello, he de confesar, me hacía más gracia que otra cosa. Vamos, que no me ponía en absoluto y no es que el sexting o el sexo por teléfono no me ponga, pero hombre, ¡es que era la segunda vez que hablábamos en nuestra vida, me resultaba todo tan frío que casi me daba la impresión de estar contratando un paquete de telefonía móvil: “Entonces, ¿la oferta de canales de televisión entra en el precio o no?¿Y es con Iva incluido?”

La apoteosis llegó cuando me dijo que, en un momento determinado, yo me agacharía a comerle la polla, que me la metería en la boca brutalmente, hasta darme en la campanilla. Como me estaba haciendo más gracia que otra cosa y como además, yo soy muy práctica y racional, le solté: “Uhmmm, vale, pero vamos, sexo oral de buenas a primeras en una primera vez me parece un poco violento… Y tendría que ser con preservativo”.

Sí, se le bajó todo al oírlo. Un jarro de agua fría, que yo me imaginaba deslizándose por aquellos brazotes de “hombre que los trabaja para poder follarte contra la pared”.

Qué queréis, me estaba entrando sueño, ya era tarde y ni siquiera se me habían mojado las bragas. Evidentemente, después de aquello no volvió a mostrar interés en mí: demostró ser poco listo, porque podría haber probado a que nos viésemos y seguro que ahí, en las distancias cortas, de haber atracción, el polvo hubiera sido real.

En fin, qué más da. Además, seguro que lo de los brazos era simple publicidad engañosa.

 

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