Vicio y subcultura Por qué amamos a Emma Stone

Blánquez sigue utilizando Vicio y subcultura para identificar a sus objetos de adoración. Esta vez le llega el turno a la nueva reina de la comedia musical, espectacular pelirroja de pómulos rollizos y voz de resaca eterna.

Emma Stone
Javier Blánquez | 10/01/2017 - 11:15

La obsesión por Emma Stone nos viene de lejos, para qué negarlo. Desde que la vimos hace ya diez años en el que fue su primer papel importante en Hollywood –la dulce Jules, una de las mocitas cachondas que acaban por llevarse al huerto al trío calavera de ‘Supersalidos’ (2007), la película que volvió a poner de moda la obsesión de los adolescentes norteamericanos por perder la virginidad antes de pisar la universidad– ya procedimos a registrarla adecuadamente en el disco duro mental, con un compartimento específico y mucho espacio libre, por si acaso, y desde ese momento siempre que hay una nueva película en la que ella sale, allá que vamos a verla, o nos la compramos en Blu-Ray, o la alquilamos en el videoclub (digital; de casa ya no se sale). Amamos muchísimo a Emma Stone, esto es un hecho.

Lo que ocurre con Emma Stone es que, a diferencia de otras actrices de su generación con un atractivo magnético, o incluso podríamos decir con una belleza arrebatadora, es que en gran medida permanece como un enigma, y eso la convierte en un amor platónico. Nos gusta ella en abstracto, sin que sepamos realmente quién es ella.

Emma Stone

 

Más allá de los focos

Por ejemplo, y como ya dijimos aquí hace unos días, de su amiga Jennifer Lawrence hemos visto todo lo que podíamos ver, incluida la partida de nacimiento: un buen día empezaron a llegarnos fotos suyas al móvil, y el misterio se disipó de repente. Sabemos con quién se acuesta, qué le gusta en la cama, cómo tiene el chocho, como diría Recio, el pescadero de ‘Aquí no hay quien viva’.

Pero de Emma Stone no sabemos nada. O lo que sabemos es poco relevante: tuvo un affaire breve con Andrew Garfield cuando se conocieron en el rodaje de las dos últimas películas de Spider-Man y… y eso es todo, básicamente. No se le conocen escándalos, ni deslices, ni desnudos, el tema de los novios lo lleva discretamente, tampoco le da mucho por opinar sobre cosas y está volcadísima en el trabajo. Cuando más hemos podido admirarla, como si fuera un mármol griego, posiblemente haya sido en ‘Irrational Man’ (2015), la película de Woody Allen en la que hace de estudiante universitaria con cierta facilidad para pasearse por el campus en minifalda. Nos tiene a dos velas, y lo peor es que nos gusta la idea.

 

Rauda y veloz

Toda esta contención no nos la esperábamos hace una década, cuando Stone era una prometedora adolescente que empezaba a encontrar sus primeros trabajos en el cine. Su primer papel relevante, si la memoria no nos falla, fue en 2006, cuando apareció en un capítulo de ‘Lucky Louie’ –la primera serie del comediante Louis C.K., mucho antes de que se convirtiera en el nuevo Seinfeld punk–, y su aportación consistía en interpretar a una niñera que le ofrecía una mamada al susodicho.

Luego vino ‘Supersalidos’ y, lógicamente, confiábamos en que Stone tomara el camino que hubiera emprendido en su lugar una Megan Fox pelirroja y pecosa, la de bomba sexual para públicos de comedia de tono elevado. Pero la cosa se quedó ahí. Siguieron llegando más comedias adolescentes, como ‘Zombieland’ o ‘Rumores y mentiras’, pero no había manera de que fuera a más la tentación, hasta el punto de que olvidamos incluso de que una vez, en la ficción, le ofreció una limpieza de sable a C.K. Lo más que nos enseñaba era un codo, o sus pómulos rollizos, o el pliego de la axila, la cerámica de sus tobillos o la piedra de Carrara de su cuello. Poco a poco, Emma Stone aspiraba a ser la Audrey Hepburn de su generación.

Emma Stone

 

Lo podría haber sido gracias a su flequillo –el mejor peinado de todo Hollywood–, aunque hay un factor físico en Emma Stone que le ha restado algo de potencial erótico, que es su voz singular: un registro levemente cazallero, de afinación grave, con ligera tendencia al gallo, que estaría en las antípodas, pongamos por caso, de la de Mila Kunis, que es escucharla hablar y ya se derrite uno como si fuera el Círculo Polar Ártico en pleno cambio climático.

Las voces ayudan mucho en algunas ocasiones, y mientras Kunis ha tenido la suerte –la lotería de la genética– de que su rostro feroz se corresponda a la perfección con su voz viciosa, Emma Stone cuenta con una faz radiante y una voz de domingo de resaca. También es cierto que no nos importa lo más mínimo, y que no le resta encanto, pero debe constar en acta.

 

La consagración

El caso es que a Stone le íbamos siguiendo la pista, la vimos también en películas aburridas, muy del gusto de las solteronas de provincias tipo ‘Criadas y señoras’ (2011), o en supuestas obras maestras con ínfulas de trascendencia como ‘Birdman‘ (2014), y muchas veces nos tragábamos películas poco conseguidas –sería el caso de ‘Gangster Squad’, que iba para recambio de ‘Chinatown‘ y se quedó en ‘Dick Tracy’– sólo porque ella iluminaba unos cuantos planos con su fulgor rojizo, con el fuego que emanaba de sus pecas. Por el mismo motivo le dábamos las gracias a Woody Allen, porque a falta de algo mejor, le hacía chupar mucho plano y tanto en ‘Magia a la luz de la luna’ (2014) como en la citada ‘Irrational Man’ no hacía más que aparecer, como si fuera el lucero de la mañana, irradiando con su calor la frialdad de un plano huérfano. Sospechábamos que era la mujer perfecta, no había motivos para no pensar otra cosa.

Todo esto ocurría mientras su caché iba incrementándose de manera exponencial y sin poner en riesgo su vida privada, que la mantiene perfectamente bajo control y sin que se sepa absolutamente nada sobre quién ocupa actualmente sus desvelos, si tiene planes de boda o si sale a cenar por ahí de vez en cuando.

Hay que tener un atractivo sobrenatural para conseguir mantener a todo el mundo pendiente de cualquier movimiento tuyo sin que des nunca nada a cambio: este tipo de distanciamiento frío con los fans, casi cruel, sólo se lo hemos conocido a Eva Green. Se conoce que nos gustan también por eso: porque buena parte de su estrategia de presencia real en el mundo comienza con la idea de ser inalcanzables, misterios para toda la eternidad.

Emma Stone

 

La diosa de la comedia musical

Ahora que está a punto de estrenarse ‘La La Land’ –concretamente este viernes, y con el título para la cartelera española de ‘La ciudad de las estrellas’–, un musical en la línea de ‘Cantando bajo la lluvia’ acompañada de Ryan Gosling, el hombre que nunca cambia el gesto–, sospechamos que el culto alrededor de Emma Stone va a crecer de manera significativa, y que quienes no la tenían en su radar por los motivos que fueran (motivos inconcebibles, pero motivos al fin y al cabo), se vayan a apuntar al carro.

Nos parecerá bien: Emma Stone está cada día más fulgurante, su flequillo debería estar ganando ahora mismo todo tipo de premios de arquitectura, y en la película demuestra que es la actriz perfecta de comedia porque, a diferencia de otras, que sólo saben lucir palmito y poco más, ella baila, canta –y cuando canta se le va el timbre grave, como de haberse bebido dos litros de sangría ella sola– y se maneja a la perfección en el registro de la risa y la ternura.

Cuantos más seamos adorando a Emma Stone como si fuera una divinidad mesopotámica, una especie de Astarté de la comedia light, quizá más energía consigamos concentrar para que algún día, en un giro inesperado de los acontecimientos, se nos vuelva una especie de Winona Ryder, que de repente pasó de ser una chica buena a una especie de encarnación del mal, y pise el lado oscuro.

Ahora que tenemos consolidada a la Emma Stone que elude las polémicas, nos gustaría ver si tiene algo siniestro escondido en el fondo del armario. Si con esa expresión modosa ya nos procura todo tipo de reacciones hormonales, qué no nos ocurrirá el día en que Emma Stone revele su lado oscuro, que sospechamos que lo tiene. Mientras tanto, amémosla, locamente y para siempre.

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