Vicio y subcultura Por qué nos da morbo Ariana Grande

Blánquez se ha atrevido a divulgar lo que era un secreto a voces: el nuevo disco de Ariana Grande es lo de menos. Las razones por las que la diva de Boca Ratón, Florida, es ahora mismo un icono pop de muy grueso calibre y arrasa en las redes sociales tienen que ver muy poco (o nada) con su música.

Ariana Grande
Javier Blánquez | 01/06/2016 - 11:01

Después de haber entrevistado a decenas de personas sobre Ariana Grande para preparar este artículo –y sin menoscabo para la cartera, pues hay numerosas opciones de chat disponibles ahí fuera que facilitan y abaratan el trabajo una barbaridad–, hay dos expresiones que suelen aparecer de manera recurrente en las conversaciones. La primera es “yo la daba durísimo”, arranque rijoso con laísmo incluido, al estilo Ramón Gómez de la Serna, que se explica por sí mismo sin necesidad de apostillas ni notas al pie. Y la segunda sería en realidad una variante de la primera, pues se suele afirmar que Ariana, al susodicho interlocutor, se la pone “como la vena de un cantaor”.

Con lo cual obtenemos una conclusión que en realidad no necesitaba de ningún estudio de campo –científico o intuitivo, no importa–, pues es tan cierta como la existencia de Dios, que no requiere ser demostrada, y es que Ariana Grande se ha consolidado como una de las sex symbols que concitan a su alrededor una mayor unanimidad. No hay nadie ahí fuera que, al ver una foto o vídeo suyo, no deje asomar el sátiro que lleva dentro, proyectando sobre la joven pop star norteamericana una pulsión tan ardiente que podría quemar un bosque.

Ariana Grande

 

Mucho peligro

Ariana Grande tiene 22 años, acaba de publicar su tercer disco, ‘Dangerous Woman’, y es la nueva entrega de un serial –iba a decir folletín, pero igual ustedes interpretan la palabra mal, con tanta pasión contenida– que la industria del pop lleva explotando desde, al menos, dos décadas, y es el encumbramiento periódico y renovable de ídolos juveniles con un alto componente erótico.

Hasta 1999, las estrellas adolescentes estaban dirigidas exclusivamente a su público, y si gustaban a los padres o los hermanos mayores –como pasó en su día con la brasileña Xuxa, de la que al parecer se desenterró algún que otro vídeo porno–, no era por su música, sino por el envoltorio exterior. Pero entonces empezaron a llegar púberes como Britney Spears o Christina Aguilera, que se habían forjado en factorías de televisión para niños como el Disney Channel, y el pack completo incluía aspecto aniñado y canciones guays, lo que hacía que, desde la madurez, pudieras encontrar una doble satisfacción en el voyeurismo y en el análisis de la producción de piezas como ‘Genie in a Bottle’, uno de los primeros hits R&B pensados para el público generalista blanco.

Desde entonces, la sutil fricción entre pop y pornografía soft ha sido una constante del panorama musical del siglo, y después de Britney y Christina –la primera engordó y se estropeó muy seriamente; la segunda también– han ido llegando todo tipo de jovenzuelas que durante un tiempo, hasta que se les marchita la flor, han ido prolongando la tendencia porque está claro que funciona.

Tuvimos a Alizée, a Katy Perry, a Miley Cyrus, a Rihanna, y ahora tenemos reinando en esa porción de terreno del pop en la que la X marca el lugar a Ariana Grande, posiblemente el más importante espectáculo visual de la era de internet en los últimos tiempos. Porque de igual manera que no encontrarás a mucha gente que haya escuchado ‘Dangerous Woman’ a fondo –además es un disco largo, un poco lento, aunque bien producido–, y todavía menos a compradores del producto –en su primera semana a la venta en Estados Unidos, algo más de 150.000 copias, aunque millones de reproducciones en streaming–, es difícil encontrar a nadie que no le haya echado miradas furtivas a la última foto de Ariana en Instagram, o un tiento a su último vídeo en YouTube, o que busque fotos en Google para compartirlas con otro guarro de su misma calaña vía Whatsapp.

El mayor espectáculo del mundo no es una final de Champions, sino el momento en el que Ariana, en panties y con tirantes, y con una diadema con forma de orejas de gato, enseña algo de carne en la red.

Ariana Grande

 

Expectación inusitada

Y es que somos unos cuantos los que estamos obsesionados por pillar a Ariana en un renuncio, y como aquella vez que Britney se dejó las bragas en casa y se bajó de un descapotable enseñando el almuerzo, poderle intuir algo más que lo que simplemente asoma de manera estratégica. Lo que nos convierte en un ejército de millones de potenciales Humbert Humbert ahí fuera dispuestos a decir aquello de “fuego de mis entrañas” cada vez que Ariana va de Lolita por la vida, calentando al personal con unas formas (iba a decir curvas, pero no hay) más bien de tabla de planchar, pero que exhibe de manera tan graciosa que incluso legendarios viejos verdes como Nabokov o Umbral nos darían la razón, pues eran ellos los que aseguraban que la mujer, cuanto más tierna, más morbo daba.

Es por eso por lo que los vídeos de Ariana ya han superado los miles de millones de reproducciones en YouTube, su página oficial en Facebook ya casi tiene 30 millones de fans –Primera Línea alcanzó su primer millón la semana pasada (¡un fuerte aplauso, ladies & gentlemen!) y ya nos parece un flipe, imaginen la multiplicación–, y a todo eso hay que sumar 70 millones de seguidores en Instagram y casi 40 millones en Twitter. Pero luego vende ‘solo’ dos millones de discos, como ocurrió con ‘My Everything’ (2014).

Ariana Grande

 

El dichoso álbum

Está claro que la música, bien. Hay estribillos que enganchan y producciones en las que se nota que se han gastado el dinero, y que suenan nítidas como un amanecer de primavera interrumpido por el rugido del florecer de los cerezos. Pero Ariana Grande como producto total, como cuerpo de deseo y objeto de fascinación, mucho mejor.

Seguramente, a ella ya le va bien así: utilizar los discos como plataforma para pillar cacho en muchos otros campos paralelos –publicidad, giras, ingresos derivados de la publicidad de sus vídeos y de sus comunicaciones en las redes sociales–, sabiendo que no son sus canciones exactamente las que nos vuelven locos, sino su retahíla de escándalos cutres –chupar donuts en una tienda, por ejemplo– y ese montón de fotos suyas que existen poniendo morritos mientras masca chicle, mostrando jamón (york) o revolviéndose el pelo.

Sé de gente que antes borraría los archivos mp3 de sus discos bajados que la colección de fotos pacientemente acumulada durante tres años, todas las imágenes en las que Ariana ha salido tirada en una cómoda como si fuera Agripina, sus apariciones en conciertos disfrazada de ratoncillo sexy, sus editoriales de moda y sus primeros planos con los labios carnosos haciendo subir el mercurio como si estuviéramos en la superficie de Venus. Y así, llegamos a la conclusión evidente: Ariana Grande le mola a todo el mundo, aunque la mayoría no sepa cómo suena su último disco.

Es más: su último disco nos da exactamente igual.

 

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