Vicio y subcultura Sí a mirar escotes

La mirada de reojo que Tom Hiddleston dedicó al escote de Brie Larson sirve a Blánquez para embarcarse en una (delirante, por supuesto) reivindicación del instinto básico y la incorrección política.

Javier Blánquez | 21/03/2017 - 9:05

Hace unos pocos días, al actor inglés Tom Hiddleston le sorprendieron mirando con mucha atención el canalillo de Brie Larson, que se presentó a la promoción de la nueva película en la que salen ambos, ‘Kong‘, con uno de esos escotes tan blancos y tan profundos que servirían para canalizar aguas en la ciudad o para que se realizaran competiciones de esquí. Un canalillo blanco y generoso, un valle de sensualidad insondable.

Si analizamos atentamente las fotos del momento en el que Hiddleston clava su pupila azul en la pechuga de su compañera no sólo captaremos un ángulo de visión muy trabajado –es decir, una leve inclinación de los ojos, perfecta para llegar a lo más hondo–, sino sobre todo persistencia en la mirada. Lo de Hiddleston no es un simple barrido óptico fugaz, un pasar por delante disimuladamente, sino una exploración concienzuda de las formas y los perfiles de ese asomo de seno, como si sus retinas estuvieran provistas de rayos X.

La cara de Loki –es el papel suyo que más nos gusta– lo dejaba todo claro: solo le faltaba silbar, levantar la mano y pedir urgentemente que se presentara un notario en la sala para dar fe de que lo que había visto merecía colgar en el museo del Louvre, junto a la Gioconda. En su caso, tras echarle un ojo al canalillo de su partenaire, sólo le faltaba hacer el típico gesto de aprobación del índice y el pulgar cerrados en un círculo, con los otros tres dedos levantados.

Escote

 

Tormenta en un vaso de agua

Por supuesto, el momento del espionaje mamario se difundió rápidamente por las redes sociales y los medios de comunicación que, a diferencia de ‘Primera Línea’, viven del cotilleo y la trivialidad. Era buena carnaza para conseguir visitas, más teniendo en cuenta que Hiddleston es ahora mismo uno de los machos elegantes más consagrados del momento –carne de portada de ‘Icon’, o de ‘GQ’–, y que Larson está muy en la pomada después de haberse llevado el Oscar con ‘The Room’.

Y, como ocurre desde hace unos años, esa mirada de Hiddleston, tan humana, tan de carne débil, fue el desencadenante de un montón de comentarios que le reprochaban en Twitter y pozos de narcisismo similares una actitud flagrantemente machista. Ha llegado un momento en el que a ciertas mujeres ya no se les puede hacer nada, ni decir nada, ni siquiera mirarlas, porque parece como si solo moviendo las córneas ya estuvieras contribuyendo a consolidar el repugnante heteropatriarcado y perpetuar los estereotipos de géneros.

Pero eso no enmascara unas realidades biológicas, necesarias para la reproducción de la especie, que consisten en que una buena parte de nuestro cerebro está heredado de los reptiles, que nos movemos por instintos incontrolables –por eso es tan perfecto el título de la mayor obra maestra del cine, ‘Instinto básico’; el que lo puso sabía de lo que hablaba–, y sobre todo que, si ante nuestra vista se pone un bello par de tetas, lo normal es que echemos un ojo, no sea que nos perdamos algo y nos arrepintamos más tarde.

 

Las cosas claras

Si encima es la anatomía de Brie Larson la que interceptamos, tan de hueso fino, tan de brillos de juventud, pues qué le vamos a hacer, la vamos a mirar. Es muy posible que a la señorita Larson no le parezca bien del todo: ella es una de esas mujeres de Hollywood, empoderadísimas ellas, que escuchan a Beyoncé y que no están por la labor de tolerar a los hombres que se vayan comportando por el mundo como si fueran simios. Larson hace películas de monos, pero ella sólo acepta la regresión biológica en la ficción, y apuesta por un hombre sensible, feminizado, votante de Podemos, que no se deje llevar por los arrebatos del rijo, ni que piense con el nardo.

Escote

 

Como muestra de su autonomía y su libertad, por supuesto, ella se pone lo que le dé la gana, y viste ropa que realza sus formas, celebra su naturaleza floreciente, pero a la vez espera de una ciudadanía ilustrada y educada que lo que ella viste, con la única finalidad de sentirse guapa, no se tome a la ligera. Ese escote que ella exhibe no está ahí para atraer miradas, sino precisamente para poner a prueba al hombre inteligente y evolucionado precisamente para que no mire –es una prueba de fe, como la que le pusieron a Indiana Jones–, algo así como la tentación de San Antonio en versión alfombra roja.

Total, que Hiddleton quedó como un mierdas, como un gárrulo y un cabrero, como un hotentote, o sea, como un tipejo montaraz de pensamiento sucio e instintos incontrolables que tiene el cerebro, si es que de verdad lo tiene, en esa parte de su cuerpo que ustedes ya saben.

 

Una dura prueba

¿Qué hubiera hecho usted de haber tenido delante a Brie Larson con ese escote? Servidor, por si les interesa mi versión, sin ninguna duda habría aprovechado la ocasión para recomendarle a tan distinguida dama la lectura crítica de las ‘Meditaciones metafísicas’ de Descartes, que son una obra deliciosa y de mucho provecho, pilar de nuestra civilización, pero lo haría muy casualmente, sin ínfulas ni intentando atraer la atención, trayendo al caso un comentario fortuito que diera pie a proseguir la conversación por ese terreno filosófico y cuidando mucho las palabras, no sea que luego vengan y te acusen de hacer mansplaining.

El hombre del siglo XXI tiene que estar por encima de estas cosas, y esto es tan cierto como que los tuits de Guti son mejor literatura que las novelas de Pilar Rahola. Tenemos que madurar, admitir que somos productos del azar biológico, que las plantas –incluidas las alcachofas– tienen sentimientos, y las mujeres guapas también. Como diría Eduardo Mendicutti, eminente escritor con una pluma cultivadísima, no tienen la culpa de haber nacido tan sexys. Eso es un accidente involuntario de la naturaleza, una pedrea en la lotería de los genes, y por tanto no es excusa para que uno se comporte como un animal de bellota, por lo que el mirón ajeno debería renunciar al placer de la observación y bajar la mirada al suelo.

Escote

 

Observar el canalillo es acceder sin permiso a un territorio vedado. Antes de echar ahí un tiento y fondear con la pupila como si fuera el yate de Florentino en Mallorca, hay que pedir permiso o abstenerse de ser tan guarros. Es que ya nos vale, cochinos de mierda.

 

Miradas furtivas

Lo mismo deberíamos decir de los traseros que se nos presentan por la calle, los tobillos y los cuellos, las matas de pelo e incluso los brazos: a partir de ahora, y sobre todo con el comienzo de la primavera, vamos a tener que superar la dura prueba de no mirar aquello que se nos ponga delante.

Con el aumento de las temperaturas, además de fundirse el Polo Norte ocurrirá que las chicas van a empezar a quitarse la ropa, y saldrán a la calle con alpargatas, enseñando los dedos de los pies y las pantorrillas, iremos a las playas y las veremos en bikini, o en topless, y empezarán a asomar las primeras axilas –muchas de ellas como las de Lola Kirke y su hermana, que parecen un jardín botánico, más que de las delicias– y lógicamente no podremos mirar nada de eso, tendremos que hacer el esfuerzo mental y físico de imaginarnos que, aunque vayan medio en cueros, en realidad llevan burka.

Es un gran esfuerzo, solo al alcance de héroes, pero si lo conseguimos no sólo habremos contribuido a ser más feministas, como nos exige Willy Toledo, sino a progresar como especie. Erradicar todos esos micromachismos es algo muy importante, porque así aumentaremos la seguridad colectiva, y poco a poco ascenderemos en la cadena evolutiva, dejando de ser simples babuinos para convertirnos en ángeles celestiales, abundantes de luz y desprovistos de sexo.

 

¿Para qué sufrir tanto?

Pero también les decimos una cosa: todo eso es muy complicado, implica un esfuerzo ingente y resulta muy difícil ir por los sitios fingiendo que la gente es invisible –bueno, eso tampoco es mucho esfuerzo, sobre todo si son turistas, chusma y gente que quiere hacerte una encuesta o pedirte un donativo–, así que hemos decidido, después de darle vueltas al asunto, que en realidad vamos a posicionamos muy fuertemente a favor de mirar el escote de las señoras. Aunque tengamos que dar la vida a cambio.

Mi reino por un canalillo, que diría Ricardo III. Un sí rotundo, pues, a depositar la vista ante cualquier encanto que, de manera generosa, se presente ante el campo de visión, porque además de ser gratis encima es legal, y un placer para los sentidos, si alguien lo rechaza, además de amargarse la vida se convierte en un imbécil. ¿Topless? Pues sí, gracias, todos los que vengan. ¿Canalillos profundos que dejan una autopista hasta el ombligo? Nuestra mirada será como un rayo láser de precisión ante esa ofrenda de Dios. Tobillos blancos, antebrazos prietos, cuellos firmes, orejas élficas: todo lo que esté a la vista, como las estatuas en las fachadas nobles de las iglesias o las hojas verdes en los árboles, está para ser contemplado como milagros de la naturaleza.

Escote

T

om Hiddleston hizo lo correcto, qué les vamos a explicar. Cualquiera habría hecho lo mismo, y quien lo niegue o miente o es Juan Carlos Monedero.

Es, en definitiva, lo que hacen todas aquellas personas que, ante la aparición de un culo de proporciones exactas y redondez con forma de corazón, son capaces de desviarse transitoriamente de su ruta para seguir discretamente, a unos pocos metros, a tan extraordinaria forma que nunca más volveremos a ver.

Una vez ya dijimos aquí que nos gustaba ser voyeurs. Ahora también decimos que nos gusta ser microvoyeurs: disfrutar de la visión efímera de una parte escueta de una anatomía al azar, de arrojarnos en plancha para conseguir un vistazo mínimo de un trozo de piel que se desvanecerá en dos segundos, todo para conseguir una buena imagen mental, una grabación en el córtex, de unas vistas extraordinarias, pues nunca se sabe para cuándo vamos a necesitar ese recuerdo y con qué fin.

En resumen, que si salimos ahí fuera y lo que vemos son canalillos –más triste sería salir ahí afuera, con el móvil, cazando Pokémon–, nuestra obligación como seres observadores antes que seres inteligentes es desviar la mirada hacia ese acontecimiento extraordinario en el que la naturaleza se manifiesta en toda su gloriosa curvatura, dejando un asomo de senos que tan buena materia literaria le proporcionó a Ramón Gómez de la Serna, y honrarlo con un reconocimiento visual y una aprobación de gourmet.

Si detectas un canalillo, hazte un favor y lánzate a explorarlo. Que nadie cohorte tu libertad de alegrarte la vista, sobre todo si te ponen las cosas delante de las narices. No llegaremos aún a Marte, pero podemos conquistar Venus.

 

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