La mancha blanca Stoya no puede destruirme

Con ella empezó todo. En mayo de 2014, la escritora sevillana Elisa Victoria inauguró en las páginas de ‘Primera Línea’ su sección La mancha blanca, que trata, según explica ella misma, de porno pero también de tragedia y luz. Stoya fue la primera actriz sobre la que escribió Elisa.

Stoya
Elisa Victoria | 29/02/2016 - 16:35

En el cuarto de baño de mi casa hay camuflada una vagina en lata que trae el chocho de Stoya esculpido en látex. Se llama Destroya. Yo lo cojo de vez en cuando y lo miro porque es muy bonito. Es lo único que puedo hacer, lo miro y le hago así con el dedo.

Con lo que me llega de la verdadera Stoya me pasa más o menos lo mismo. Esa chica es de otra especie, venga ya. Hay algo en ella que me resulta ajeno, algo que no reconozco en mi código genético.

Pero mirarla es adictivo e insisto. Pienso que cuando se quite los piercings de los pezones la veré con otros ojos. Luego lo achaco al pelo. Después a que es una cobardica que no se deja por el culo y acabo viéndola sonreír bajo una doble penetración. Al final me enfadé porque se metió a trabajar en un circo.

No tengo ningún motivo para seguir quejándome, se merece otra oportunidad, siempre se la merece.

Está de pie junto a una columna y le envuelven el culo con cinta aislante transparente, cosa que está bien pero no sé. No sé. Es un sitio muy raro, me distraigo con facilidad. Ahora lleva unas medias muy finas y el pelo ondulado. Está demasiado guapa, clama al cielo, no soy capaz de fijarme en nada más.

Sasha Grey ha venido a socorrerme. Las dos son seres esbeltos, tonificados y pálidos, y aunque percibo que Sasha sí es humana, se contagia del embrujo élfico y adiós. La escena parece haberse rodado en un mundito fosforescente habitado por hadas. Brilla mucho pero tampoco me sirve.

Lo terrenal, lo que yo sí sé interpretar, me llega por fin de pura casualidad gracias a Rebeca Linares. En todo su esplendor, cuando todavía chillaba en ese entrañable inglés de Barbate. Le cabe todo pero justito justito. Se parte de risa porque está el suelo lleno de aceite y al ponerse de pie casi talega.

Bueno, Rebeca, son las doce de la mañana, ya está el día hecho y te lo debo a ti. Para que luego digas que me metí con tus tetas nuevas.

 

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