Vicio y subcultura Valentina Nappi, diosa grecolatina del amor

La diosa del amor, concluye Blánquez, no es Venus, sino está italiana de 26 años que está triunfando en el porno con armas ctan incontestables como su cuerpo, su mente, su personalidad arrolladora y su sincera pasión por el sexo.

Valentina Nappi
Javier Blánquez | 24/08/2017 - 12:00

A la mujer italiana la tenemos construida culturalmente a partir de las películas de Federico Fellini, o tomando como modelo a Monica Bellucci, y eso significa que cuando pensamos en la fémina transalpina, lo que se nos viene a la cabeza es un par de senos voluptuosos, un pelazo moreno y lacio, grato cuando lo sujetas con la mano, y un montón de formas curvilíneas que explotan en el arco abierto de la cadera, y en la circunferencia generosa del muslo.

Todas las sex symbols italianas han estado cortadas por el mismo patrón, desde Sofia Loren a todas las que vinieron después, y por eso Italia se asocia con el sexo, la pasta y la vida ociosa: porque solo con macarrones y lasaña se consiguen esos puntos justos entre salud y carnes entradas, ideales para lo que los romanos tenían como el goce supremo. Italia empieza con .I. por alguna razón, claro está.

Así que cuando vimos a Valentina Nappi por primera vez, lo que inmediatamente pensamos fue en las bondades de Italia, tierra de vinos y viñedos, de quesos y pizzas, de bustos en mármol donde las esposas de los Césares se nos mostraban como mujeres con poder y la libido más subida que la Paris Hilton en sus buenos tiempos.

Valentina Nappi

 

Esa frescura mediterránea, esa construcción anatómica con más curvas que el circuito de Monza, esa mirada grecolatina de vicio, de quien lo ha aprendido todo sobre el sexo leyendo a Ovidio en latín, no pueden disimularse, no engañan a nadie. Vimos una vez más la perfección de la mujer italiana. La historia se repite, una y otra vez.

 

Antecedentes muy ilustres

Hay un continuum de la jacaza itálica, que hasta hace unos años representaba en su plenitud la mencionada Bellucci –odiamos educadamente desde aquí a Vincent Cassel, que durante años la ha tenido a su lado, aportándole calor y confort en las duras noches de invierno–, y que ahora lidera con aplomo como una embajadora eficaz Valentina Nappi, nacida en Scafati, un pueblecito de la Campania, hace ya 26 años.

La edad no es baladí, pues si los 26 es el momento dorado para cualquier deportista –todavía con la fortaleza de la juventud, aún sin el desgaste de la etapa última de madurez, y con experiencia adquirida por los varios años en el oficio–, también lo es para las actrices porno, que en ese momento de su carrera todavía están, como dirían en su tierra, al dente, y además ya se las saben todas y pueden rendir con una eficacia insuperable.

Por lo demás, hay algo en Valentina Nappi que la convierte en una estrella del porno que va más allá del sexo. Su perfil se corresponde, en gran medida, con el de otras chicas que han intentado darle una dimensión intelectual al asunto, como Stoya, Angela White o Amarna Miller. No se trata exactamente de porno hipster, como en los viejos tiempos de Sasha Grey y Jessie Andrews, que más que graduadas en la universidad eran chicas con aficiones culturetas, sino de actrices que, además de las escenas, tienen títulos al más alto nivel y hacen vida académica, escribiendo ensayos, papers y participando en seminarios.

Valentina Nappi

 

El porno se ha intelectualizado mucho en los últimos años, y Valentina, que se inició en este mundo con 19 años de la mano de Rocco Siffredi, siempre ha tenido claro que hay que hacer dos cosas: ser una bestia sexual en la cama, pero también una refinada rata de biblioteca durante el día.

Además de ser la mayor actriz europea trabajando en el mercado americano, Nappi también se ha sacado sus estudios de filosofía y en una de sus primeras entrevistas, con la edición italiana de GQ, hasta citaba frases del historiador ateniense Tucídides. Nos pone burrísimos.

 

Hacia el olimpo de las diosas

Por lo demás, su historia es la de un ascenso constante hasta las más altas cotas del oficio sexual.

Cuando empezó, su mercado era fundamentalmente el europeo. Rocco la contrató para una escena en Evil Angel, de cuando Rocco trabajaba para algunas compañías americanas, pero una vez pasó aquello, donde más se la vio fue en Cum Louder, Private y demás productoras europeas, en las que su silueta grecolatina y su piel paliducha empezaron a llamar la atención por la armonía de sus proporciones y el contraste con toda la pelambre negra que le surgía de las zonas apropiadas, como una Helena de Troya en territorio gonzo. Por mujeres así es por las que se empiezan las guerras.

Y habría que decir que hay una pequeña diferencia entre la Valentina Nappi inicial y la de ahora, y es que, a pesar de que su cuerpo parece natural al cien por cien, no lo es. Es evidente que los senos no llevan plástico dentro, y sus labios carnosos son los que Dios le otorgó de serie, pero tenía una nariz más grande que le rompía el perfil, y decidió corregírsela para que todo se rigiera por la proporción áurea, que es la que determina qué es o no la belleza.

Valentina Nappi

 

Así, resulta que Valentina es una mujer pitagórica, que nos provoca enormes erecciones. Por tanto, si hay que echarle la culpa de su belleza a algo, echémosela a las matemáticas.

 

Lo suyo es vocacional

Y otra clave del triunfo de Nappi es que, más allá de que sea una belleza armónica y una inteligencia compleja, es una verdadera adicta al porno.

Aunque se sepa enteros cantos de ‘La Eneida‘ y pueda citar versos de Dante mientras desayuna té con tostadas, cuando se trata de follar es una mujer predispuesta, con ganas de experimentar y que además siente curiosidad por la sexualidad en sus formas más variadas: es ninfómana, es voyeur, es aventurera, bisexual un poco retorcida –en una entrevista explicaba que de adolescente le gustaba salir con chico gordos, porque le gustaba tocarles las tetillas–, y cuando se entrega lo hace en cuerpo y alma.

Muy pronto se dio cuenta de que el mercado europeo se le quedaba pequeño y se mudó a Los Ángeles, para meterse a fondo en la industria americana, y tiene ya todo el espectro conquistado, desde las producciones más duras, tipo FakeTaxi, a las más glamurosas, como Vixen, donde Greg Lansky la tiene como una presencia fija, porque si se trata de resaltar la belleza del cuerpo, no hay mejor cuerpo –exceptuando el de la Guardia Civil– que el de esta Afrodita voluptuosa.

Triunfa, también, porque es un seguro de vida. No hay nada que lo haga mal. ¿Necesita usted una chica cañera para una escena lésbica o un trío, como el que se marcó con Angela White y Manuel Ferrara en un sofá al borde de la piscina? Ella tiene todo lo que tú quieres, papi. ¿O prefiere más bien una competidora eficiente en un uno contra uno con remate anal en HardX? Valentina hace que se derritan las cámaras.

Valentina Nappi

 

Tiene todo lo demás: la doble penetración, el interracial, le flipan las orgías. Lo ha hecho en cines y aviones. Además, es una de las pocas estrellas que desafía el mito de la estrella del porno como una chica inalcanzable. No es que se vaya tirando a los fans por ahí –eso no ha ocurrido, como también es falso que Kendra Sunderland vaya quedando con gente anónima en Tinder–, pero como suele rodar mucho por España, son muchas las posibilidades de que algún día, por azar, te la cruces por la calle.

Donde yo vivo hay muy cerca un bloque de apartamentos de lujo que a veces se alquilan a productoras porno para rodar escenas. Hay una escena de Valentina Nappi con Nacho Vidal grabada ahí. A pocos metros de mi guarida. Por las noches, a veces, todavía llega el fresco y jugoso aroma de Valentina hasta mi habitación, transportado por la brisa de verano.

No es normal que las actrices europeas triunfen en Estados Unidos. El mercado de importación ha preferido a las latinas en los últimos años, y aunque Valentina es una italiana canónica, no parece una venezolana ardiente, e incluso ha tenido ese factor como hándicap. Puestos a preferir europeas, las productoras yanquis se han decantado más por las bellezas rusas, como decía Nabokov, o por las ucranianas dispuestas a todo que pueblan las escenas extremas de Legal Porno.

Pero aquí tenemos a una heredera de los Césares que, aunque no cruzó el río Rubicón, sí atravesó el océano Atlántico, se fue para Los Ángeles y ahí vino, vio y venció con dos armas infalibles: una mandíbula como un guante de seda, y una cadera como un martillo neumático.

La diosa del amor no es Venus, joder, es Valentina y punto.

 

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