Vicio y subcultura A Uma se la suda lo que pienses de su cara

Malas noticias: Uma Thurman no solo se ha tuneado hasta la base de la rabadilla de manera que ya no quede ni rastro de la mujer a la que tanto adoramos hasta hace unos años, sino que encima, según intuye Blánquez, se la suda lo que pensemos al respecto.

Uma tal y como está ahora mismo
Javier Blánquez | 10/02/2015 - 17:11

De repente, se ha paralizado el mundo por una foto de Uma Thurman en la que no parece del todo Uma Thurman.

No es la primera vez que pasa: hace unas semanas ya se alborotó el gallinero porque vimos una foto de Renée Zellweger en la que no parecía del todo Renée Zellweger, sino una especie de cochinillo rosado con raíces negras asomando bajo una panocha rubia, y una boca estática al estilo de la muñeca Doña Rogelia, como una trampa para ratones a la que se le hubiera estropeado el muelle.

Renée Zellweger

 

Y una vez más hemos visto, en todo su esplendor, lo que es el poder de lo que conocemos como “el internet”: gente con infinidad de tiempo libre -a diferencia de servidor, que habla de lo mismo pero cobrando, y por tanto técnicamente es trabajo, o prostitución intelectual-, de esa que hace memes y que se dedica a debatir encarnizadamente sobre la primera chorrada que se le pase por delante.

Como los antiguos nobles bizantinos, que se tiraban horas departiendo sobre el sexo de los ángeles, hoy hablamos sobre el tuneo de las celebridades. Da igual cómo o dónde, el caso es indignarse, elevar el tono, decir que todo es una mierda, juzgar gratuitamente a la prójima sin darse cuenta de que tu vida es poco menos que un fracaso.

 

Los hechos

La verdad es la siguiente: a Uma Thurman se la suda muchísimo el coño lo que opines de su cara, y si se ha inyectado lo más grande de botox, como Johnny Thunders se pinchaba farlopa directamente en vena, es porque prefiere tener una cara picassiana, como Rossy de Palma, a una cara arrugada, como el mostacho de Aznar.

Son elecciones personales que probablemente a todos nosotros, que tenemos un gusto estético exquisito, nos repugnen más que comernos una caca de perro a lo Divine, pero que hay que respetar: nadie monta un pollo en la red porque, pongamos por caso, cierta actriz se haya tatuado una golondrina en el tobillo, o la sobrina de Isabel Pantoja no termine de depilarse el bigote bien y aparezca así cada semana en los debates de ‘Gran Hermano VIP’, que parece Bárbol.

Mientras no podamos demostrar que tenemos la cara y el cuerpo de Channing Tatum, nosotros, o la curvilínea silueta griega de Scarlett Johansson, vosotras, cualquier apreciación sobre los cambios de estilo del prójimo será algo que a las celebrities les va a resbalar bastante. A Scarlett, por cierto, le da lo mismo lo que te parezca su peinado. Tu pelo igual mola más, pero tienes la cuenta corriente en números rojos.

 

Las interpretaciones

¿Por qué se monta todo este escándalo con Uma Thurman, y no ocurre con, pongamos por caso, Nicole Kidman, que también tiene la cara que parece un mosaico etrusco y ya es incapaz de sonreír si no se le abren las fauces con unas tenazas?

Pues porque Uma Thurman resulta que salió en ‘Pulp Fiction’, y en ‘Kill Bill’ -ahora intenta pensar una película que no sea de Tarantino y en la que salga Uma: difícil, ¿verdad? Recordad lo juvenil y tierna que aparecía en ‘Las amistades peligrosas‘-, y el segmento de población que fue adolescente en la época, y que ahora tiene becas o trabajos a media jornada en oficinas -y, por tanto, mucho tiempo para tirar por el retrete- la tuvo como referente, ya sea vital o como simple vehículo para el onanismo.

Uma en Kil Bill

 

Uma Thurman ha adquirido una dimensión legendaria porque su rostro, levemente pétreo, y su nariz altiva, y esas cuencas profundas de los ojos y esos mentones afilados como alfanjes sarracenos, todo ello ha entrado en el canon de las bellezas más insólitas y magnéticas de finales del siglo XX y principios del XXI. Ahora la vemos distinta -o sea, imperfecta- y se nos cae un mito a los pies.

El caso es que tampoco es que estuviéramos viendo a Uma Thurman cada día -confesad: ¿quién de vosotros se acuesta con ella?-, y del mismo modo en que Prince ya no hace los mismos discos que antes, Uma ya no pone la misma cara que antes, y por eso ya no es la Uma platónica que nos gustaría tener guardada en una vitrina.

Mientras unos acudimos a la memoria o a las fotos buscadas en Google, Uma Thurman resulta que tiene un espejo, y lo que ve puede que no le acabara de gustar. Está a punto de llegar a los 45 años, habrá tenido una crisis y se habrá pinchado; lo hace todo el mundo en esas ligas: hasta Mila Ximénez tiene cita con el cirujano el miércoles. Por no hablar de Madonna, que cuentan las malas lenguas que lo único que no se ha retocado de esa anatomía que ahora parece carne de faisán -que dicen que hay que dejarla que se pudra un poco para que esté en su punto, sabrosa y comestible- han sido las manos, porque no hay parcheador que las remiende y por eso no las enseña.

Madonna

 

Si tuviéramos que abrir actas y convocar comisiones de investigación cada vez que una famosa pasa por el quirófano, no tendríamos tiempo ni para doblar los calcetines. Lo sorprendente es como, con nuestro ánimo de portera, siempre caemos en el mismo juego. Recordamos todavía, como si fuera ayer, cuando Belén Esteban vendió a la portada del ‘¡Hola!’ su cambio de imagen, aprovechando esa rinoplastia que más bien parecía una obra pública en la Gran Vía para tapar boquetes: de la cosa cadavérica que salía por la tele pasamos a una mujer más rolliza, aunque también más afilada en ciertos rasgos.

La verdad sea dicha: a Uma Thurman todavía se la reconoce, pero nos ponen una foto de la Esteban de ahora, con su perfil de Jabba, y la Esteban de cuando se ligó a Jesulín, y tendríamos que estar elaborando nuevas teorías de la evolución que desmintieran a Darwin.

También salió el otro día Kiko Matamoros por la tele, que se había arreglado la nariz para que, en vez de una berenjena, le quedara mejor una alcachofa en la tocha, y también le retocaron las ojeras y las orejas (perdón por la aliteración cacofónica), y tampoco pasa nada. La cirugía masculina se tolera más que la femenina, a pesar de que muchas veces implica el mismo estilo de atrocidades, o peores: silicona en los glúteos y mierdas similares.

Pero lo que nos choca es que Kim Kardashian, como hacen los culturistas con el aceite o los ciclistas con su propia sangre, se inyecte grasa de la celulitis y la barriga en el culo, para darle esa forma cilíndrica como de bombona de butano doble. La gente de la calle, humilde, que se sorprende del cambio radical de aspecto de las famosas tendría que pasearse por el mundillo del porno, y verá allí estropicios aún más grande: a ver quién identifica a la Jenna Jameson de hoy con aquella que nos alegraba las pajas en los 90. Vaya monstruo.

Kim Kardashian

 

Las conclusiones

Lo de Uma, comparado con los repentinos aumentos de pechos de la cosa triple equis (se nos viene a la memoria el caso de Lela Star, que de micromachine de formas suaves pasó a quedarse, en un momento, en una especie de muñeca de plástico con goma suficiente para fabricar todos los neumáticos de una temporada para Ferrari), decíamos, es poca cosa, peccata minuta.

Uma se ha hecho el tratamiento de la no-sonrisa, se ha estirado un poco y se ha pinchado para corregir arrugas, se le ha hinchado un poco la cara, como si hubiera sobrevivido a un ataque de avispas, y dentro de poco nos acostumbraremos y hasta la veremos guapa de nuevo. Pero hay otros viajes de ida sin posibilidad de regreso que son mucho más drásticos, incluso dramáticos, que deberían preocuparnos más. ¿Quién nos devolverá a la Rebeca Linares de los comienzos? ¿Quién nos recompensará por todo el daño que provocaron esos melones desmesurados? ¿No es acaso eso un verdadero estropicio, y no sólo corregir unas pocas arrugas en el entrecejo y en las comisuras?

Tenlo por seguro: ahora mismo Uma Thurman debe estar en su baño diario de leche de burra, leyendo la Cosmo, desayunándose un zumo de naranja acompañado de rebanadas de kiwi, y cuando acabe irá a que le blanqueen el ojete y a que le hagan las uñas, y luego al gimnasio y de compras, y todo lo que se diga por internet -este artículo incluido- se lo va a pasar por salva sea la chona. Así que, amigo internauta, hazte un favor y relaja la raja.

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