Vicio y subcultura La estafa del porno en las redes sociales

A Blánquez, más vicioso y menos subcultural esta vez que de costumbre, le parece que la censura al sexo explícito en las redes es un extraño caso de insensatez e hipocresía elevadas al cubo.

Barbie-y-Ken
Javier Blánquez | 08/04/2015 - 11:41

Es sabido que, si en Facebook cuelgas una imagen en la que se ve una teta, al poco rato te habrán bloqueado la cuenta durante al menos 24 horas.

Eso puede venir muy bien para culturizarte -el tiempo que no pasas en la red social leyendo tonterías lo puedes dedicar, por ejemplo, al nuevo libro de Fernando Sánchez Dragó-, pero en una situación de esta índole lo mejor no es refugiarse en el cinismo, sino afrontar el problema cara a cara.

La cuestión de fondo es el puritanismo que se está promoviendo desde todo el social media: mientras un pezón o unos vellos púbicos pueden acarrear una suspensión en Facebook, como si fueras un militante díscolo de UPyD, hay carta blanca para colgar noticias truculentas del IS, de Carlos Floriano o imágenes de platos de comida verdaderamente asquerosos que harían vomitar hasta a Chicote.

El argumento que puede esgrimir Facebook tiene lógica en su base -“es que aquí entran niños y hay que protegerlos”-, pero se desmonta cuando estudiamos un poco más a fondo cómo usan los menores su tiempo en internet. Cuando no hay ojos vigilantes encima de ellos, que es buena parte del tiempo, una persona menor puede visitar indistintamente la página de Disney o Xhamster; es tan sencillo como asegurar solemnemente con un click que se han cumplido los 18 o los 21 años, según la legislación de cada país.

A partir de ahí, a lo que se enfrentan sus ojos es a una barra libre, que casi se diría charcutería, de cuerpos desnudos, penes monstruosos, vaginas supurantes y posiciones sexuales acrobáticas. Que nadie gire la cabeza: la generación joven actual, por no hablar ya de las que vienen y están en la adolescencia, han consumido en pocos años más porno que muchos señores de 40 en toda su vida.

 

Una cuestión peliaguda 

Esta es una cuestión muy espinosa y no vamos a tratar de resolverla; por desgracia, uno no es ni Rivera ni Errejón, y no tiene respuestas para todo. Pero lleva a pensar sobre el espacio que tiene el sector del porno en las redes sociales.

Si el porno es una de las formas de entretenimiento más consumidas –aunque sea en B, dentro de la economía del uso del tiempo en las redes-, lo lógico es que tenga su traducción a Facebook, Twitter, Instagram y otras herramientas de social media, como existen páginas de fans de futbolistas o de estrellas del pop. Es cierto que James Deen no es Messi y que Anikka Albrite no es Katy Perry, pero no vamos a negar que tienen detrás gente interesada en saber qué es de su vida y de su trabajo, y que no rechazarían una fugaz visión, a modo de obsequio para mirones, de una mazorca en ristre o un ojete dilatado.

Anikka

 

Pero como en muchas redes no permiten ese tipo de intercambio, su presencia es inútil y, por consiguiente, absurda. Sigamos con el caso de Anikka Albrite, una rubia culona que se ha consolidado este año, gracias a su triunfo en los AVN, como una de las estrellas más en forma del porno americano. Su página en Facebook tiene unos tristes 996 fans (y seguramente es pirata, porque hay una errata en el nombre: Annika), e imaginamos el porqué: para que te salgan unas fotos de ella en bikini, o en tanga, buscando el ángulo que le hace el trasero más respingón, mejor no ver nada. La mercancía que verdaderamente cotiza es otra.

La alternativa lógica sería Instagram, ya que IG es el paraíso de voyeur, un festín ininterrumpido de imágenes fuera de contexto para el simple placer de la mirada opulenta. Pero Instagram también ejerce una fuerte censura del contenido explícito (al fin y al cabo, pertenece a Facebook, que compró la start-up en 2012 por mil millones de dólares), así que quien desee encontrarse ahí con teasers de las nuevas escenas a punto de publicarse en compañías como Mofos, Brazzers o HardX, o pequeños obsequios de las estrellas a los fans, se van a quedar a medias: si hay un pezón, será con una banda negra tapando lo que importa -por los clavos de Cristo, si hasta los compañeros de ‘Primera Línea’ tienen que hacerlo hasta para mostrarnos a mujeres agrestes como la prima de Paquirrín-, y si no lo hay será porque ya se ha buscado el enfoque y el ángulo adecuado para que no se vea nada.

 

¿Tolerancia cero?

Hay que fijarse en lo que permite Instagram: culos sí, incluso sin pieza de ropa interior por encima; pero coños no, y las tetas sólo si el pezón está tapado con la mano o un crespón; penes por supuesto tampoco, aunque se tolera la erección disimulada tras la tela del calzoncillo o el pantalón tejano. Sexo explícito, ni hablar.

Así, quien se tome la molestia de seguir a varias actrices de moda en Instagram, lo que encontrará será una sobredosis de ego, un teasing mal canalizado o escenas costumbristas que, en el fondo, nos dan bastante igual. Stoya, por ejemplo, está obsesionada con fotografiar a su gato, cuando está claro que el fan busca otro tipo de pussy.

Stoya

Si encima la actriz se ha retirado, como la otrora gran dama de las escenas lésbicas con encanto, Malena Morgan, hasta costará verle la cara. Lo que más abunda son las típicas fotos que le puedes encontrar en Instagram a la it girl del momento: lo que la chica está comiendo en ese momento, fotos del porro que está a punto de liarse o ya se está fumando (curiosa esta tolerancia hacia drogas que no son plenamente legales, en comparación con la intolerancia a la tetilla), detalles de una nueva prenda de ropa, instantáneas de las vacaciones, selfies sola o acompañada, y en algunos casos -esto es quizá lo mejor, porque da morbazo-, la típica foto en la cama, a punto de levantarse, con el rastro cercano del tipo que se la ha estado trajinando por la noche.

Instagram no da para más, y a pesar de que muchas porn stars acumulan decenas de miles de seguidores -y algunas sacan buen rendimiento de los likes, como Christy Mack, que ha estado documentando durante meses su proceso de recuperación, después de que una brutal paliza de su ex le dejara la cara deformada, hasta llegar al punto en el que ha vuelto a su gloriosa forma de hace unos meses-.

Christy Mack

 

Pero Christy Mack no ha vuelto al porno de momento, hace apariciones por casinos y clubes de alterne, como la mayoría de las otras chicas -el Instagram de Asa Akira, por ejemplo, es un recordatorio constante de dónde va a firmar libros, dónde va a estar bailando, dónde va a aparecer en una fiesta cobrando, al estilo Pocholo, más una sucesión hilarante de capturas de conversaciones con Toni Rivas vía móvil-. Instagram no es un mecanismo de exhibición, sino de promoción. Se ha vuelto como una página de anuncio en una revista.

Lo que nos lleva a Twitter. En Twitter sí hay tema, aunque en el fondo sea como la versión light -los más veteranos de internet lo recordarán- de las “paginillas” de fotos, aquellos lugares en los que, en los comienzos de la navegación en la red, ibas a husmear series de imágenes de mujeres desnudas, que eran igual de explícitas que las de revistas tipo ‘Lib’ o ‘Clima’, pero en cantidades ingentes, aunque te tiraras años para bajarlas todas.

 

La red que va al grano

Twitter no tiene una política de censura tan asfixiante como Facebook e Instagram, y ahí puedes colgar lo que quieras -el único límite es el que te pueden marcar otros usuarios, que quizá te bloqueen o te denuncien-, así que es el único lugar en el que merece seguir a las actrices porno y a las compañías editoras de vídeos. No sólo porque ofrecen material exclusivo -adelantos de escenas con todo lo explícito bien visible-, sino porque van al grano. La naturaleza de Twitter, que es la de tablón de anuncios, hace que sea muy ágil para comunicar mensajes sencillos y directos, tipo “acabo de rodar un trío lésbico apabullante” (y la chica de turno nos muestra la foto en la que se da la lengua con dos compañeras), o “aquí estoy tomando el sol”, y nos enseña hasta el libro de familia.

Twitter también permite incrustar vídeos breves en formato Vine, así que cualquier pornófilo puede tener ahí breves fogonazos de coitos, lechazos y demás pasatiempos antes de ir a buscar el verdadero maná, que es la escena de turno en la que pueden ocurrir cosas memorables -el primer anal de [escriba su nombre aquí], la primera película completa de una estrella emergente, la primera DP, etcétera- y que hay que ir a agenciarse a otros sitios.

El consumo de porno es una jungla en la que no vamos a entrar, tiene sus propias leyes y sus propios rituales, y no pertenece en absoluto al terreno de las redes sociales: es el de los portales tipo Orgasmatrix, el gran supermercado de Xvideos y los torrents.

La pregunta es: ¿para qué sirve en realidad, entonces, el porno en Facebook o en Twitter? En realidad, para nada, como todo lo que sucede en esos marcos. Pero puestos a elegir, está claro: mejor Twitter, hay más carne e información práctica. Instagram sólo se recomienda a mirones incurables con poca exigencia. Un consejo: mejor el nuevo libro de Sánchez Dragó.

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