Vicio y subcultura La superioridad sexual de los franceses

Que ciudadanos galos con aspecto de cernícalos y mastuerzos se lleven al huerto a mujeres de tan buen ver como Rihnna solo puede atribuirse, en opinión de Blánquez, a lo muy vigente que sigue el mito de la superioridad sexual de los franceses.

Rihanna
Javier Blánquez | 19/01/2016 - 11:51

No hace mucho tiempo, en una agitada conversación con sátiros de demostrado pedigrí, observadores de la decadencia humana y otras aves nocturnas con afición al morbo, surgió un interesante tema de conversación: ¿cómo puede ser que futbolistas objetivamente feos como Franck Ribéry o Mathieu Valbuena, hombres de rostro adustos y gesto cetrino, con irregularidades y entrecejos, por no hablar de un rastro de genética cavernícola todavía no suavizado por el paso de generaciones desde los tiempos de las cuevas de Lascaux, puedan presumir de un currículum sexual tan abultado?

Habrá quien diga, lógicamente, que el dinero obra milagros, y que ingresando varios millones de euros al año -y emanando feromonas de éxito, que el deporte tira mucho-, incluso el más contrahecho, paticorto y descascarillado de los hombres conseguiría encamarse con las más rotundas y esbeltas hembras de Europa.

Pero eso es un argumento incorrecto, un factoide, porque de igual manera que hay futbolistas alejados del canon metrosexual que impusiera David Beckham a golpe de coletilla, tatuaje y calzoncillo Calvin Klein, también los hay que no parecen el hombre de Atapuerca y, de este modo, acapararán más cuota de cazafortunas o coleccionistas de famosos. Proporcionalmente deberían tocar a más -y eso teniendo en cuenta que los nadadores, los tenistas, los jugadores de balonmano y los ex concursantes de reality también pillan bastante cacho-, y aún así tenemos, decíamos, a Valbuena, Ribéry, incluso a Karim Benzema, habiéndose puesto las botas en todos estos años y llevando vidas propias del más experimentado putero, jugándose fuertemente cada noche la integridad de su pistola, sorteando ETS y herpes con habilidad, trincando piezas de mucho valor. No es que lo digamos nosotros, lo dicen los juzgados.

Rihanna

 

Caso por caso

Lo de Benzema clama al cielo, aunque por otra parte nos da un argumento de análisis interesante: hay algo en las mujeres que les debe atraer como un poderoso imán a esos hombres que tienen un asombroso parecido con Kiko Rivera. Es más: hay mujeres a las que les gusta Kiko Rivera, de quien se ha llegado a decir que es un experimentado comedor de coños, y mientras el grueso de la humanidad que habita las redes sociales mata el tiempo fabricando memes, chanzas y exabruptos contra el hijo de la Pantoja, él se pone como el ídem (o sea, como el quico) cada noche sin que le tiemble la mano. Pero hay que saber comparar: Rivera -también Albert– lo hace con chonis de Sevilla y alrededores, y a Benzema se le estuvo viendo cerca de Rihanna este pasado verano.

La única explicación que pudimos sacar en claro es que hay algo en el hombre francés que hace que jueguen en otra liga, y que aunque tengan visajes de felón, algo hay en su composición hormonal que les añade superioridad sexual ante el resto de la humanidad. Si en un lance de ligoteo compiten, pongamos por caso, un francés y un hombre de cualquier otra parte del mundo, tengan por seguro que el hijo de Carlomagno irá siempre con ventaja, algo instintivo tiene que le hace comprender mejor las reglas del juego, ha recibido sabiduría a través de la interminable cadena del semen galo.

Fíjese si no en cualquier francés que tenga carácter –Serge Gainsbourg, un tipo con cara de boxeador y abundante olor corporal; Gérard Depardieu, que es como el doble de Jesús Gil en su momento de mejor año, cuando estaba más cebado que un cochino en noviembre; el propio Sarkozy, que no levantando más de metro y medio del suelo se llevó al altar a la mismísima Carla Bruni– y descubrirá en él a un follador inapelable. El mito de Don Juan se asocia con España, pero está claro que es mentira, que al lado de ellos somos una birria, que donde hay encamamientos en juego, el francés va por delante.

Carla Bruni y Nicolas Sarkozy

 

Que se sepa

La explicación podría ser esta: aunque súbditos de dios y católicos fieles, los franceses siempre han jugado a dos bandas, a alimentar a los ángeles como si fueran palomas a la vez que presentaban sus respetos al diablo. Desde muchos siglos atrás, la cultura francesa ha sido la de la buena vida y los placeres prohibidos, un juego en el que se podía participar sabiendo que, a la hora de la verdad, nadie iría a la hoguera por montar una orgía, ya que las leyes y las costumbres siempre han sido allí más laxas y liberales.

En los tiempos de Rabelais, archienemigo moral de Montaigne, ya se apreciaba la cultura del tintorro y el cochinillo, del comer y beber hasta desarrollar gota en las articulaciones, y una vez llegado el momento, arramblar con una lozana, cargársela al hombro entre pataleos de broma mientras los cabellos caían en cascada por encima del sayo, y llevársela al pajar para culminar una fogosa coyunda.

Todo esto es lo que lleva a la gloriosa época libertina, en la que los franceses no sólo inventan el sadismo –el divino Marqués, tan perverso en acto como con la pluma, se llevó a innumerables mujeres a las mazmorras de su castillo para pellizcarles el glúteo– sino la galantería con picante, las reglas de las relaciones peligrosas, la carta de amor con intención sexual y las conversaciones de salón en las que las grandes damas empolvadas, con su peluca de dos pisos, elegían a sus parejas furtivas para la noche como si estuvieran en una subasta de pescado, basándose por igual en el tamaño de su bolsa, la magnitud de su paquete y la destreza a la hora de argumentar a partir de textos de Rousseau y máximas de Voltaire. Una vez resuelto aquello, ya no había mucho más misterio: culotte quitado, enaguas bajadas, ñigo ñigo y adieu.

 

Cuestión genética

La mayoría de los hijos de Francia tienen todo eso escrito a fuego en su genoma. Vienen de una tradición en la que follar no sólo es una obligación social, sino un arte. Es deporte y competición, pero no les cuesta esfuerzo. El francés transmite carisma y seguridad aunque sea en realidad un dandy de segunda -recuerden a Zidane en la última campaña de publicidad de Mango, forzado en la pose, incómodo embutido en esa ropa que, él que es percha propia de Armani, seguramente considerará low cost-, y esa seguridad es la que le permite obtener buenos resultados y alcanzar cotas elevadas sin apenas esfuerzo. Lo que a otro ciudadano europeo le puede llevar toda la vida -por ejemplo, conseguir que su pareja acceda a practicar el sexo anal-, él lo consigue a la primera. En un abrir y cerrar de ojos. Sólo haciendo chas con los dedos.

Francia la hemos tenido muy olvidada, no nos hemos acordado de presentar nuestros respetos sexuales a los vecinos del norte. Ellos nos han enseñado tanto… El coito con mantequilla de Marlon Brando lo vieron nuestros padres en Perpignan, crearon el mito -hoy muy ajado, pero ahí sigue- de Emmanuelle, han inventado el “Je t’aime” para que suene en todas las alcobas y, de manera constante, cultural, como una gota malaya, han inscrito en los hijos de San Luis, los cachorros de la revolución, en cada una de sus moléculas, el instinto de depredación con estilazo, el detector de hembras en celo, el carisma de quien, sin tener que mover apenas un dedo, consigue al instante satisfacer sus deseos sexuales.

Se empieza dándole una patada a una pelota y se acaba con Rihanna en tu habitación, en pelotas y libando champán de una copa de fino cristal de Bohemia. Y todo eso no porque tengas dinero, sino porque tienes antepasados. Ya lo ven, la mayor aportación de Francia a nuestra cultura no son precisamente ni el fular ni las tablas de quesos.

Carla Bruni

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