Vicio y subcultura Las modelos freaks y feas son el futuro

Si en los 90 se llevaban las modelos esculturales e inalcanzables, la moda opta ahora por las chicas raras y políticamente incorrectas, tipo Molly Bair. Blánquez cae rendido ante estas chicas que prefieren hacerse líneas que guardar la línea.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 23/03/2015 - 9:22

La edad dorada de las top models, que se correspondería con la década de los 90 y, por tanto, con el reinado de jacazas de anatomía renacentista como Claudia Schiffer, Elle Macpherson y Cindy Crawford, fue en realidad una distorsión de la realidad cuyas consecuencias todavía seguimos pagando. Lo que nos vino a decir aquella época es que la mujer guapa, o al menos la mujer que podía triunfar profesionalmente gracias a su imagen, sólo tenía una alternativa, un único canon al que adaptarse: el de la belleza escultural.

No importaba que se alzaran innumerables voces recordando que la esbeltez no era la única opción, y que en tiempos del pintor Rubens se llevaban las señoras rellenas, o que incluso estuviera La Veneno por la tele confundiendo un poco al personal con su ambigüedad trans: la mujer-mujer, como le gustaba remarcar a Aznar, tenía que estar en el metro ochenta, parecer hecha de mármol de Carrara y gastar pelazo. Fuera de ahí, se podía ser modelo, pero no top.

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Toda regla tiene su excepción, y en aquella época era Naomi Campbell, cariátide de ébano adicta a salir de fiesta con la peña de Oasis y más borde que Tania Sánchez cuando le ponían una alcachofa delante. Campbell era el recordatorio de que esta corriente -no hay espacio más permeable a las modas que la moda misma- algún día se vendría abajo. Bastaba con recordar que Rossy DePalma, que parecía sacada de un cuadro de Chagall, también era modelo -y siempre ha presumido de comerse rabos de indiscutible grosor y longitud-. Bastaba con recordar cómo pocos años atrás se llevaba la mujer tanque, tipo Brigitte Nielsen, y que incluso Grace Jones, que no se sabía muy bien si estaba más cerca de Bibí Andersen o de Kareem Abdul-Jabbar, alternaba las pasarelas con las películas de la saga Conan y los estudios de grabación. O sea, que las modelos extravagantes siempre han estado ahí.

Las otras modelos 

Ocurre que unas veces se las tapa y otras se las fomenta. Fue llegar Kate Moss, con su diastema y su escualidez, su afición a la harina y su pelo lacio, y comenzó una nueva revolución en los estándares de belleza: por un lado, la abundancia tropical de Giselle Bundchen; por otro, un resquicio por el que empezaban a colarse freaks. En términos globales, la victoria se ha decantado por el lado ortodoxo: aunque las top de los últimos años son menos top (nos habremos cansado de tanta señorita a la que, en vez de querer dar un abrazo, preferiríamos invitarle a merendar unos melindros), las que más salen en los papeles y más contratos acumulan pertenecen a la línea escultural de Irina Shayk o Adriana Lima. Pero de las que más se habla es de las otras: las que son raras, curvys o directamente unas fiesteras con cara de mala leche. Desde que Bar Refaeli empezó a ser más comentada por tirarse a media plantilla del F.C. Barcelona, o por aparecer con el ojete dilatado en aquellas fotos del ‘fappening’, que por su trabajo en sí -llegábamos a dudar incluso de que trabajara-, lo que más se comenta del modeleo son cuestiones que poco tienen que ver con marcas, desfiles y contratos.

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Se habla de papelas furtivas recogidas del suelo tras caer de un bolso inapropiadamente desabrochado, de ciegos memorables en bares exclusivos, de citas con Lenny Kravitz, de fines de semana en Coachella y de asaltar el trono que Kate Moss está a punto de dejar vacante por simple relevo generacional -que no por capacidades para aguantar en pie hasta que amanezca sin que se descomponga ni una mecha-. Se habla de Cara Delevingne hurgando en bolsitas de eme y dándose el lote rollo bollo, se habla de modelos ‘plus size’ (o sea, gorditas) como Ashley Graham o Tara Lynn, que a mucha honra lucen lorza en bikini y que remiten, ya lo decíamos antes, al canon de Rubens o a la letra visionaria de la Orquesta Mondragón (“ellos las prefieren gordas, gordas, súper gordas y apretás”).

Y después de las modelos curvy, que son un fenómeno muy de comienzos de 2015 y que incluso va cosechando portadas en dominicales de periódicos, lo que viene a afianzarse con fuerza es la tendencia de las modelos raras. Ya lo decía Nile Rodgers: “le freak c’est chic”. Era algo que se venía cociendo desde hacía tiempo -agencias que sólo admiten a mujeres ‘feas’, este fomento cada vez más activo por el fiesteo y el rápido desgaste de las células de la piel que ha llevado a chicas guapas como Lindsay Lohan a parecerse a tu abuela con sólo 28 años-, y que ha estallado por fin con el último fenómeno -en el sentido castellano e inglés del término- que responde al nombre de Molly Bair.

Molly, puteada en el cole

Si la miras de cerca, Molly Bair parece la chica del anuncio ‘Riqueza Mental’ que dirigió Chris Cunningham para PlayStation: tiene la cabeza jibarizada, la barbilla hendida y unas orejas que parecen antenas parabólicas cuando se recoge el pelo en una coleta. De ahí que en el colegio le hayan llamado de todo -desde “rata” a “alíen”-, porque ya sabemos que la juventud es muy cruel en esa etapa de la vida, y el único significado que conocen de la palabra ‘bully’ no es precisamente el de un restaurante especializado en caramelización y esfericidad. Imaginamos que la vida de la joven Bair, que ahora mismo sólo tiene 17 años, habría sido hasta este pasado verano un infierno: humillada por sus compañeras por responder al canon que se conoce coloquialmente como ‘bichopalo’ -o sea, la chica delgada, sin curvas, que bien pudiera pasar por el mango de la fregona-, y encima con una cabeza con forma de cebolla, quizá se sintiera fea. Pero precisamente este es el tipo de chicas que busca la industria del modeleo ahora mismo: escuálidas adolescentes con cejas tupidas, cara de mala hostia, propensas al exabrupto, rebeldes sin causa para las que subirse a una pasarela y exhibir trapitos de Chanel es también una excusa para sacar la lengua como Miley Cyrus y lanzar miradas desafiantes del tipo ‘tú y yo sabemos que no debería estar aquí, pero aquí estoy, llevándomelo crudo, y tú te jodes’ que vienen muy a colación en estos tiempos en los que la única alternativa al compromiso social es el más puro cinismo.

En un momento en el que por top model se entiende la típica hembra alfa brasileña, o de Europa del Este, o Megan Fox si en vez de posar en películas lo hubiera hecho en ‘Vogue’, los vientos de cambio podrían estar en estos dos nuevos frentes abiertos: las chicas con curvas y pantorrillas como jamones, o las extraterrestres como Molly Bair, que no dejan de ser una extensión al límite de la tendencia excéntrica que empezó a poner en circulación Kate Moss, y que siempre es la que más gusta. A Bair, que se la conocía con el sobrenombre de ‘mantis religiosa’, ahora le deben estar llamando también ‘abeja reina’. Por ahora, es una excepción misteriosa que nunca sonríe, que parece que tenga ganas de darte una hostia, en un mundo lleno de ginoides -nota: el femenino de androide- complacientes y risueñas que salen con futbolistas, moldeadas a base de gimnasio y la dieta de la alcachofa. Donde haya dos lonchas de perico y cara de mala leche, que se quiten las dos rodajas de tomate del almuerzo: ¡por los clavos de Cristo!, necesitamos que la moda vuelva a ser punk.

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