Esto pasa Crónica de un trío ilegal

Desde hace tres años, Hernán Migoya publica en nuestra revista ‘Hazañas de un cuarentón hijoputa’, deslumbrante serie de relatos eróticos basados en experiencias no siempre del todo reales. Aprovechando ese tercer aniversario, recuperamos la hazaña publicada en septiembre de 2013. Con ella empezó todo.

El trío de MIgoya
Hernán Migoya / Ilustración: Santiago Sequeiros | 11/08/2016 - 12:46

Nunca he estado con prostitutas, soy demasiado aprensivo; y hoy, las redes sociales son el paraíso del sexo gratis. Gracias a ellas, he reunido un grupo de cuatro o cinco amantes variables, casi todas latinoamericanas (son más guapas, pasionales y agradecidas que el producto patrio), con las que voy rotando en la cama cada dos o tres días.

T es la más duradera: llevamos acostándonos varios meses, debido a su belleza y dulzura, y a su empeño en proponer nuevos juegos libidinosos.

T es una salvadoreña de 24 años, con ojazos de Bambi y cuerpo pequeño y delicioso. Su vida es de telenovela para adultos: creció en una casa junto al refugio de una mara (banda latina de sicarios y contrabandistas adolescentes), viendo cadáveres por la calle; y cada mañana terminaba grogui cuando se sentaba a estudiar, debido a las vaharadas de marihuana que le llegaban por su ventana abierta desde la ventana de sus peligrosos vecinos.

Los ochenta mareros a menudo se le refugiaban sin permiso en su vivienda, cuando la policía realizaba inesperadas batidas por el barrio. “Los chicos no me han violado porque no quisieron, porque me conocían”, me dice a menudo. No tardaron en hacerlo, pero fue un compañero de clase: la drogó para dormirla y despertó desflorada. Desde entonces le tuvo siempre aversión al sexo, hasta que me conoció.

Vive en Barcelona cuidando a un anciano y su estatus es ilegal, por lo que no se atreve a salir de la Ciudad Condal. Ya en la primera cita, la atracción mutua fue inmediata. Pero tras nuestro primer escarceo juntos, se marchó convencida de que no volvería a verme: siempre huía de las relaciones íntimas, debido a su trauma.

Por suerte le gustó tanto la experiencia, que ahora es adicta a mí. Descubrió que el sexo podía ser bonito. ¡Y cuánto! Después de una sesión conmigo, se pasa diez o quince minutos más inerme, estirada sobre la cama, disfrutando orgasmos que le sobrevienen debido a sus espasmos vaginales. Es mi mejor recompensa.

Aunque me he acostado con más de cien mujeres, nunca había participado en un trío. Mi enfoque a la hora de ligar es demasiado unipersonal, me desvivo para que mi amante se sienta el centro de mis atenciones. Pero T llegó a saber de mis fantasías y, dispuesta a darme gusto por puro agradecimiento, un día me sorprendió al anunciarme que le apetecía regalarme un trío. Ella no es definidamente bisexual, pero no le importaría montárselo con otra chica para procurarme placer.

Por supuesto, acepté. Ahora la pregunta era: ¿con quién?

 

La candidata ideal

T abrió un perfil en páginas de contacto para encontrar una chica dispuesta a participar en nuestro juego: pero lo único que consiguió es su correo inundado de salidos haciéndole proposiciones guarras o lesbianas con ganas de montárselo con ella sola. Al final, optó por la solución más sencilla: ¡pedírselo a su mejor amiga!

C era otra salvadoreña en la misma situación “sin papeles” que T, compañera de confidencias que ya conocía de nuestras andadas. Me enseñó fotos de ella, con el típico y angelical pudor de las veinteañeras latinas: C era más morena, tenía más sangre negra. Su rostro no me convencía, pero poseía un cuerpo adherente y un culo de campeonato. Nunca me acuesto con mujeres que no me embelesen de cara, pero aquí primaba el dúo, así que le di el visto bueno.

Sólo había un problema: ¡C tenía novio y no quería serle infiel! Por tanto, rechazó la propuesta de su amiga, aunque reconoció que yo le ponía.

Sin embargo, la suerte nos acompañó: un par de semanas después, un incidente nos la puso en bandeja. El novio de C intentó ligar por su cuenta con T, echándole los tejos a espaldas de su novia. T le contó la torpe jugarreta a su colega, y ella se puso furiosa. Una furia muy conveniente para nosotros: se enfadó tanto que como venganza aceptó participar en el trío. Supongo que, en el fondo, también le apetecía.

 

Como un adolescente virgen

Hicimos los preparativos. Pagar una habitación de hotel para tres personas nos parecía demasiado audaz, así que decidí llevarlas a un club swinger donde T y yo ya habíamos hecho nuestros pinitos (nos gustaba exhibirnos, pero sin consumar ningún intercambio).

El club disponía de dos reservados que se podían alquilar: el dueño me enseñó uno grande, más cómodo, pero donde no se veía absolutamente un pijo ni había posibilidad de encender ninguna luz (nunca he entendido el fetiche de acostarse en grupo si no puedes verlo: ¿dónde está la gracia entonces?).

La sala pequeña, sin embargo, sí contaba con una luz razonable y jacuzzi incorporado. Serviría. Ellas sólo exigían la garantía de que nadie nos estorbase, así que les pareció una buena solución. Alquilé por 40 euros dos horas de la sala para una tarde de jornada laborable.

El día antes de nuestra cita yo estaba hecho un flan. Tras varios meses acostándome dos o tres veces a la semana con diferentes mujeres, me encontraba en bastante buena forma física y me sentía seguro para manejar la situación una a una… ¡pero con dos a la vez era distinto!

De pronto me descubrí aterrado como un quinceañero. Realizar un trío era para mí cumplir un sueño, literalmente: mi primera polución nocturna había sobrevenido soñando con dos chicas mamándomela, pero… ¿y si la realidad no se parecía en nada a mis fantasías? ¿Y si, llevado del nerviosismo, no se me LEVANTABA?

 

Mejor que un sueño

Quedamos una hora antes en un bar chino cerca del metro. Yo llegué adrede cinco minutos tarde. Ya estaban allí las dos. Besé a mi amante en la boca y me incliné sobre la otra chica: C me respondió con un morreo de gata en celo. La camarera china se nos quedó mirando perpleja desde detrás de la barra.

Luego T me comentó traviesa que C venía muy dispuesta y agresiva, marcando territorio, para que yo no me creyera que allí tenía las de mandar: me iban a exprimir de lo lindo, pero siempre siguiendo sus reglas. C no quería que hubiera equívocos sentimentales: lo hacía por su amiga, dijo. Eso sí, se la veía juguetona.

C era más guapa en persona de lo que me había parecido en sus fotos: cara de cuarterona viciosa, con la piel lisa, nariz carnosa y labios jugosos. Me quedé estupefacto cuando me dijo que tenía 22 añitos. Ambas podían ser mis hijas. Entre las dos, solamente sumaban cinco años más que yo.

Con el ánimo bastante alto, nos fuimos los tres al club. El sitio estaba vacío a aquella hora: mejor. Nos encerramos enseguida en el reservado y rápidamente me quité la ropa, quería enfrentarme desnudo cuanto antes a aquel reto. “¡Estás temblando!”, me espetó C burlona. Sí, un poco, pero también más seguro de mí y mis posibilidades, pensé. La callé con un beso y mi polla reaccionó. La dejé en sus manos para apuntalar rápido mi erección.

Obviamente, me interesaba más estrenarla a ella, pero T no mostró celos en ningún momento. Se desnudó también, sentándoseme a horcajadas sobre la jeta: enseguida me vi con su coño en la boca mientras la otra me chupaba los huevos. Ahí vi que la cosa funcionaba.

Desde mi percepción, un trío real no es como un trío imaginado: es simplemente estar con dos cuerpos, muy difíciles de poseer a la vez. Las dos tenían la piel trigueña, suavísima y deseable, y me fui repartiendo como pude. Le comí el coño a las dos: siempre trato de que se corran en mi boca primero, luego las deja totalmente dóciles para la penetración.

Retrasé el folleteo todo lo posible e hice bien. Para cuando me metí en C, ya no era tan guerrera: ya estaba más dócil. Loca de placer, empezó a gritar, dejándose ir. Estaba francamente sorprendida. Yo también: mientras la follaba sujeto a sus tetitas, noté que T me abría el culo y su lengüita revoltosa hurgaba en mi ojete. Me encantó su desenvoltura.

La confianza fue la clave: los tres nos sentimos a gusto y T nunca advirtió riesgo alguno de perder el dominio de la situación. Tras cabalgarlas a las dos una hora, me corrí a gusto dentro de C. Los tres suspiramos, en la gloria. Nos introducimos en el jacuzzi y estuvimos charlando alegremente, hasta que me di cuenta de que podía reanudar la faena. Cuando nos avisaron de que habían transcurrido las dos horas, deslicé un billete de 10 euros por la puerta para prorrogarla una más.

Esta vez propuse a T que me estimulara visualmente masturbando a su amiga: no sólo me complació, sino que plantó toda su boca para comerle el coño a la otra. Con eso mi polla ya estaba otra vez en modo Ave César: tenían sus rajitas tan sensibles, que sólo penetrarlas las hice volar. Luego entré en el culo de C: ella ya estaba acostumbrada y pude explotar incrustado en su flamante diana rugosa.

Una hora después, C sólo podía musitar, derrengada: “Cuarentón hijoputa…”. Había superado sus expectativas. Ver a dos mujeres exhaustas por tu potencia sexual es el mayor subidón que un hombre de letras puede ambicionar, mayor que el Premio Planeta.

Las dos estaban más contentas que un chocho.

Más que dos.

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