Crónica de un trío ilegal, la primera ‘hazaña’ de Migoya

Hace unos meses, uno de nuestros crápulas favoritos, el escritor Hernán Migoya, se ofreció a escribir para nosotros una especie de crónica por entregas de su ajetreada vida sexual y titularla Hazañas de un cuarentón hijoputa. El caso es que le dijimos que sí, en un rapto de enajenación mental transitoria. Y nos nos hemos arrepentido. Aquí tienes la primera de la serie, publicada en septiembre.

Santiago Sequeiros
Texto: Hernán Migoya / Ilustración: Santiago Sequeiros | 20/02/2014 - 13:47

Nunca he estado con prostitutas, soy demasiado aprensivo. Además, tampoco lo necesito desde que las redes sociales se han convertido en una estupenda alternativa, el paraíso del sexo gratis. Gracias a ellas, he reunido un grupo de cuatro o cinco amantes variables, casi todas latinoamericanas (son más guapas, pasionales y agradecidas que el producto patrio), con las que voy rotando en la cama cada dos o tres días.

T. es la más duradera de ellas: ya llevamos acostándonos varios meses. Suele dejarme con ganas de repetir por su belleza y dulzura, así como su empeño en proponer cita tras cita nuevos juegos libidinosos a los que podemos jugar juntos.

 T. es una salvadoreña de 24 años, con ojazos de Bambi y cuerpo pequeño y delicioso. Su vida es de telenovela para adultos: creció en una casa situada junto al refugio de una mara (banda latina de sicarios y contrabandistas adolescentes), viendo cadáveres por la calle casi a diario. Cada mañana, cuando se sentaba a estudiar en su habitación, terminaba medio grogui al inhalar las vaharadas de marihuana que llegaban a su ventana abierta desde la casa de sus peligrosos vecinos. Los mareros tenían la costumbre de refugiarse sin permiso en su vivienda cuando la policía realizaba inesperadas batidas por el barrio. “Si no me vialaron nunca fue porque no quisieron, porque me conocían”, me dice a menudo. Quién sí acabaría violándola fue un compañero de clase: la drogó para dormirla y despertó desflorada. Desde entonces, T. le tuvo siempre una profunda aversión al sexo. Hasta que me conoció.

Hoy, mi amante vive en Barcelona cuidando a un anciano. Está en situación ilegal, por lo que ni siquiera se atreve a dejar la ciudad. Ya en la primera cita, la atracción mutua fue instantánea. Pese a todo, tras nuestro primer escarceo juntos, ella se marchó convencida de que no volvería a verme. Por suerte, le gustó tanto la experiencia que ahora es adicta a mí. Descubrió que el sexo podía ser bonito. Después de una sesión conmigo, se pasa diez o quince minutos inerme, estirada sobre la cama, disfrutando los orgasmos que le sobrevienen debido a sus espasmos vaginales. Esa es mi mejor recompensa.

Aunque me he acostado con más de cien mujeres, nunca había participado en un trío. Mi enfoque a la hora de ligar es demasiado unipersonal: me desvivo para que mi amante se sienta el centro de mis atenciones. Pero T. llegó a saber de mis fantasías y, dispuesta a darme gusto por pura gratitud, un día me sorprendió al anunciarme que le apetecía regalarme un trío con ella y otra mujer. Ella no se define como bisexual, pero me aclaró que no le importaría montárselo con una chica si eso podía darme placer. Por supuesto, acepté. Ahora la pregunta era: ¿con quién lo hacemos?

 

La candidata ideal

T. abrió un perfil en páginas de contacto para encontrar una chica dispuesta a participar en nuestro juego. Lo único que consiguió es que se le inundase el correo de salidos haciéndole proposiciones guarras o lesbianas con ganas de montárselo con ella sola. Al final, optó por la solución más sencilla: ¡pedírselo a su mejor amiga!

C. era otra salvadoreña en la misma situación “sin papeles” que T., compañera de confidencias que ya conocía de nuestras andadas. Me enseñó fotos de ella, con el típico y angelical pudor de las veinteañeras latinas: C. era más morena, tenía más sangre negra. Su rostro no me convencía, pero poseía un cuerpo adherente y un culo de campeonato. Nunca me acuesto con mujeres cuya cara no me embelses, pero aquí primaba el dúo, así que le di el visto bueno. Solo había un problema: ¡C. tenía novio y no quería serle infiel! Por tanto, rechazó la propuesta de su amiga, aunque reconoció que yo le ponía.

Sin embargo, la suerte nos acompañó: un par de semanas después, un incidente nos la puso en bandeja. El novio de C. intentó ligar por su cuenta con T., echándole los tejos a espaldas de su novia. T. le contó la torpe jugarreta a su colega, y ella se puso furiosa. Una furia muy conveniente para nosotros: se enfadó tanto que, como venganza contra el conato de infidelidad, aceptó participar en el trío. Supongo que en el fondo también le apetecía.

 

Como un adolescente virgen

Hicimos los preparativos. Pagar una habitación de hotel para tres personas nos parecía demasiado audaz, así que decidí llevarlas a un club swinger donde T. y yo ya habíamos hecho nuestros pinitos. El club disponía de dos reservados que se podían alquilar: el dueño me enseñó uno grande, más cómodo, pero donde no se veía absolutamente un pijo ni había posibilidad de encender ninguna luz (nunca he entendido el fetiche de acostarse en grupo si no puedes verlo: no le encuentro la gracia). La sala pequeña, sin embargo, sí contaba con una luz razonable y jacuzzi incorporados. Serviría. Alquilé por 40 euros dos horas de la sala para una tarde de jornada laborable.

El día anterior a nuestra cita yo estaba hecho un flan. Tras varios meses acostándome dos o tres veces a la semana con diferentes mujeres, me encontraba en bastante buena forma física y me sentía seguro para manejar la situación una a una… ¡pero con dos a la vez era distinto!  Realizar un trío era para mí cumplir un sueño, literalmente: mi primera polución nocturna había sobrevenido soñando con dos chicas mamándomela, pero… ¿y si la realidad no se parecía en nada a mis fantasías? ¿Y SI NO SE ME LEVANTABA?

 

Mejor que un sueño

Quedamos una hora antes en un bar chino cerca del metro. Yo llegué (adrede) cinco minutos tarde. Ya estaban allí las dos. Besé a mi amante en la boca y me incliné sobre la otra chica: C. me respondió con un morreo de gata en celo. La camarera china se nos quedó mirando perpleja desde detrás de la barra. Luego T. me comentó traviesa que C. venía muy dispuesta y agresiva, marcando territorio, para que yo no me creyera que allí tenía las de mandar: me iban a exprimir de lo lindo, pero siempre siguiendo sus reglas. C. no quería que hubiera equívocos sentimentales: lo hacía por su amiga, dijo.

C. era más guapa en persona de lo que me había parecido en sus fotos: cara de cuarterona viciosa, con la piel lisa, nariz carnosa y labios jugosos. Me quedé estupefacto cuando me dijo que tenía 22 añitos. Ambas podían ser mis hijas.

Con el ánimo bastante alto, nos fuimos los tres al club. El sitio estaba vacío a aquella hora. Mejor. Nos encerramos enseguida en el reservado y rápidamente me quité la ropa, quería enfrentarme desnudo cuanto antes a aquel reto. “¡Estás temblando!”, me espetó C. burlona. Sí, un poco, pero también más seguro de mí y mis posibilidades, pensé. La callé con un beso y mi polla reaccionó.

Obviamente, me interesaba más estrenarla a ella, pero T. no mostró celos en ningún momento. Se desnudó también, sentándose a horcajadas sobre mi jeta: enseguida me vi con su coño en la boca mientras la otra me chupaba los huevos. Ahí vi que la cosa funcionaba.

Desde mi percepción, un trío real no es como un trío imaginado: es simplemente estar con dos cuerpos, muy difíciles de poseer a la vez. Las dos tenían la piel trigueña, suavísima y deseable, y me fui repartiendo como pude. Le comí el coño a las dos: siempre trato de que se corran en mi boca primero, eso las deja totalmente dóciles para la penetración.

Retrasé el folleteo todo lo posible. E hice bien. Para cuando me metí en C., ya no era tan guerrera. Loca de placer, empezó a gritar, dejándose ir. Estaba francamente sorprendida. Yo también: mientras la follaba sujeto a sus tetitas, noté que T. me abría el culo y su lengüita revoltosa hurgaba en mi ojete. La confianza fue la clave: los tres nos sentimos a gusto y T. nunca advirtió riesgo alguno de perder el dominio de la situación. Tras cabalgarlas a las dos una hora, me corrí a gusto dentro de C. Los tres suspiramos, en la gloria. Nos introdujimos en el jacuzzi y estuvimos charlando alegremente. Cuando nos avisaron de que habían transcurrido las dos horas, deslicé un billete de 10 euros por la puerta para prorrogarlas.

Esta vez, propuse a T. que me estimulara visualmente masturbando a su amiga: no solo me complació, sino que plantó toda su boca para comerle el coño a la otra. Con eso, mi polla estaba otra vez en modo Ave César: tenían sus rajitas tan sensibles, que solo penetrarlas las hice volar. Luego entré en el culo de C.: ella ya estaba acostumbrada y pude explotar incrustado en su flamante diana rugosa. Una hora después, C. sólo podía musitar, derrengada: “Cuarentón hijoputa…”.  Ver a dos mujeres exhaustas por tu potencia sexual es el mayor subidón que un hombre de letras puede ambicionar. Mayor que el Premio Planeta.

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