Cuando despertó, ‘Primera Línea’ aún seguía allí

Juanjo de la Iglesia, pluma invitada en el especial 30 aniversario de ‘Primera Línea’ que acaba de salir a la venta, nos habla de lo mucho que han cambiado en las últimas tres décadas quioscos, sex shops, videoclubs y otros templos consagrados a los placeres prohibidos.

Especial-30-años
Juanjo de la Iglesia Ilustración: Juliana Peña | 13/05/2015 - 18:15

Uno se da cuenta de que va llegando a edad provecta cuando recibe encargos como este: un artículo que glose los 30 años de vida de ‘Primera Línea’. Los que me lo encargan dan por hecho que uno ya tenía edad de comprar la revista en esa muy lejana fecha. Malditos cotillas. Por lo menos, todavía no se les ha ocurrido pensar que soy demasiado viejo como para acordarme. Y mira que han pasado años. Treinta. Da vértigo.

Un paseo en el famoso DeLorean con destino 1985 nos permitiría comprobar (además de asistir al estreno de ‘Regreso al futuro’ a bordo del famoso coche y anticipar en 30 años el fenómeno friki en España) hasta qué punto es intenso ese vértigo. No ha cambiado la cosa ni nada… Y no necesariamente para mal, como diría cualquier cenizo. Al menos, las hombreras, las pelambreras permanentadas y los inacabables viajes del ubicuo Papa Wojtyla forman ya parte del pasado. Otras cosas que no existían, como los teléfonos móviles o internet, sin embargo, forman parte hoy del decorado cotidiano imprescindible. La aparición de internet ha hecho que la forma de consumo de contenidos culturales o de entretenimiento haya cambiado mucho,  así como la actitud de los consumidores. En esa época, algunos hasta pensaban que lo razonable era pagar por lo que consumían. Qué tiempos, ¿verdad?

Pero el año que apareció ‘Primera Línea’ en los quioscos por primera vez, la cosa era muy diferente. Por ejemplo, una de las aficiones más populares hoy en internet, pero menos reconocidas –la afición al porno-, contaba con hábitos de consumo completamente distintos a los de ahora.

Si uno quería hacerse con una película, tenía varias opciones: la más disimulada era adquirirla por correspondencia, enviando uno de los cupones que aparecían en algunas revistas y recibirla a vuelta de correo en un discreto paquete “sin marcas exteriores”, como se anunciaba tranquilizadoramente en la publicidad. Esta opción tenía el inconveniente de ser excesivamente diferida y poco adecuada en caso de apremios perentorios.

Otra posibilidad era dirigirse al sex shop más cercano y hacerse con alguna de aquellas cintas en VHS con porno alemán de los años 70 que, por algún motivo que desconozco, estaban por todas partes. Tenían esas películas un encanto especial, aunque hay que reconocer que en ocasiones era bastante difícil distinguir a los actores de las actrices, a causa de lo poco extendida que estaba en la época la costumbre de depilarse ciertas zonas del cuerpo, incluido el espacio que hay entre la nariz y la boca, entre los actores porno de ambos sexos. Eso solía tener como consecuencia que su visionado acababa en una reflexión –incluso en un coloquio tipo cine-fórum, dependiendo de los casos- sobre los hábitos alimenticios y depilatorios en los países centroeuropeos y lo gracioso que suena “orgasmo” dicho en alemán (la pelis estaban sin doblar, claro). Si es verdad que se cogía cierto oído para los idiomas, al final, la cosa, aunque divertida, acababa algo desactivada desde el punto de vista erótico.

Otra opción, sin salir del sex shop, era utilizar alguna de las coquetas cabinas individuales donde, cómodamente instalado en una butaca como las del cine y a cambio de unas pocas monedas, se podía acceder a una programación interminable de películas, con suerte algunas de ellas protagonizadas por grandes estrellas del porno durante los tiempos heroicos de la industria. Daban un poco de reparo aquellas cabinas en las que además olía raro (yo lo sé porque me lo han contado, naturalmente). En esto, al menos, hemos mejorado, aunque la industria se haya resentido. Lo que ignoro es si aún existe este procedimiento de las cabinas. Si es así, es señal de que estas tres décadas han sobrevivido costumbres que son bastante más raras que el saludable hábito de comprar ‘Primera Línea’ puntualmente todos los meses.

Tómese lo anteriormente dicho, no como síntoma de la obsesión del autor de estas líneas por la sicalipsis aunque  no venga a cuento, sino como ejemplo de que en el ámbito de los medios de comunicación son muy pocas las cosas que han permanecido inalterables en estas tres décadas. Una de ellas es la cita puntual de ‘Primera Línea’ en los quioscos, y de los lectores con la revista. Una supervivencia heroica, en tiempos en los que la mayoría de cabeceras han ido desapareciendo, engullidas por los efectos secundarios del fenómeno internáutico. Pero ‘Primera Línea’ sigue ahí, y sus lectores, rascándose el bolsillo cada mes. Tomen ejemplo.

¡A por los sesenta!

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