Vicio y subcultura De Prada nos llama basura (y tiene razón)

Si la tribu de canallas que se reúne en esta página fuese el Joker, el escritor Juan Manuel de Prada sería nuestro Batman. O al menos eso opina Blánquez, admirador del prosista zamorano que lleva ya un par de décadas fustigando con su desprecio a gente tan de mala vida como nosotros.

Juan Manuel de Prada
Javier Blánquez | 28/10/2016 - 17:07

Si fuera usted, por casualidad, una persona proclive al vicio, esto es, que gusta de vez en cuando de ingerir alcohol, de volver a casa a horas intempestivas, o incluso de no volver en varios días y sin cambiarse de ropa; que es pródigo en el consumo de tabaco, porros y una amplia variedad de drogas duras, y por supuesto que ve porno, se masturba, incluso paga por follar, debe tener clara una cosa: para todo Joker siempre hay un Batman, y si es usted de esa clase de gente que no quiere ir al cielo –y, por tanto, es lector potencial o habitual de ‘Primera Línea’–, su antagonista tiene nombre y apellidos: Juan Manuel de Prada. Cuidado: nos vigila.

El látigo contra los viciosos, los pervertidos y la gente de mala vida no es, por tanto, un capitoste de la iglesia ni un diputado del Partido Popular, ni siquiera un tertuliano de 13TV o la cuenta de Twitter de Carlos Herrera, sino este escritor de razones poderosas, perfil rabelesiano y verbo afiladísimo –autor de unas novelas voluminosas a su imagen y semejanza, que nadan en un léxico tan abundante como el caudal del Nilo–, y que a la mínima que nos desviamos de la senda del orden lanza con precisión de ninja unos dardos venenosos que nos hacen quedar en evidencia como una ralea sucia y degenerada, purria animaloide que ayuda, con sus hendidas pezuñas, a cavar un poco más en la zanja en la que dentro de poco sepultaremos toda nuestra civilización occidental, ya en franca decadencia.

 

El heraldo del Apocalipsis

Del  mismo modo en que el Imperio Romano cayó cuando sus habitantes se dieron a toda clase de placeres y se descuidaron de velar por un sentido rígido de la responsabilidad civil, entregados a la libación del vino y al placer de la carne, fuera ésta de efebo o de matrona, de esclava de ébano o de gladiador, hoy Juan Manuel de Prada es esa brújula moral que nos advierte del inminente y cierto fin de toda nuestra dignidad si nos empeñamos en hacer cosas inconvenientes, ya sea bajarnos una película porno, doblegarnos al imperialismo liberal o votar a Podemos.

Estamos aquí, disfrutando de una orgía perpetua, como los venecianos del siglo XVIII, tan dados a la mascarada y al casino, a contraer la sífilis y a sangrar en un duelo a espada, hábiles lanzando dados e introduciendo dedos en las cavidades de las lumias, y no nos damos cuenta de que con nuestra actitud aceleramos la desgracia que nos barrerá del mundo, como si dentro de poco fuera a caer sobre nuestras ciudades el fuego divino que arrasó con Sodoma.

Dijo Juan Manuel de Prada, hace unos meses en su columna semanal del diario ‘ABC’, que el consumo de pornografía era la antesala de la pedofilia.

No es que De Prada suela hablar mucho de porno –o, mejor dicho, de los efectos nocivos del porno en la sociedad–, pero aquella vez lo hizo con tal énfasis, con un halo apocalíptico tan acojonante, que el artículo cayó como una bomba, causando estupor a medida que se iban desgranando unas frases que parecían latigazos de un nuevo Cristo expulsando a los pajilleros de las dependencias de un sex shop.

“El naturalismo instintivo, hoy convertido en ideología”, decía, “pretende que la sexualidad humana es benéfica y multiforme, y que nada hay de malo en someterla a constantes estímulos. Pero lo cierto es que la sexualidad humana es como el agua: benéfica cuando se encauza; destructiva cuando los cauces se desbordan y se rompen los diques”.

En resumen: que sexo sí, pero sólo un poco, porque el exceso enturbia los sentidos y acaba por mirar los cimientos de nuestra humanidad, rebajándonos al mismo nivel que los cerdos. La tesis de De Prada era una analogía del aviso a navegantes en el tema de las drogas: se comienza con un cigarro y te acabas picando en la vena, lo que en pornografía vendría a ser que empieza uno con una ofrenda furtiva a Onán, viendo a dos señoritas almorzándose el mejillón, y se acaba entrando en la deep web buscando fotos de niños.

 

Francotirador solitario

Por cosas así, la juventud licenciosa ha tomado a De Prada como su objetivo de mofa preferido: intelectual solitario que aboga por un regreso a los valores cristianos en nuestra sociedad –lo que en su caso se traduce en un progresismo de derechas muy mal comprendido, pues nunca ha sido un defensor del liberalismo, del dejar hacer y dejar pasar, y ni mucho menos de la izquierda pseudo-anarquista, aunque a la vez él sería feliz viendo caer a las elites políticas y económicas que han convertido nuestro mundo en una charca en la que retozan oportunistas, ladrones, demagogos y demás patulea dañina–, nadie parece querer tomárselo en serio, y una radiografía torpe de la situación le endosa el papel del bufón, cuando en realidad él es la sonora trompeta del Apocalipsis que viene.

A diferencia de lo que la gente cree, De Prada no es un facha –esa palabra que se utiliza para denostar a quien no transige con el progreso y la piedad, pues precisamente eso es lo que él defiende, aunque sea otra clase progreso y otra modalidad de piedad–, sino un reaccionario. Alguien, o sea, que de entrada dice no a todo, porque no nos lleva a nada mejor de lo que tuvimos: no a internet, no al porno en la tele, no a Estados Unidos, no a abrir las fronteras, no a los escritores experimentales, no, en definitiva, a todo lo que tenga que ver con el mundo que hemos conocido después de la Edad Media.

“Yo no soy de derechas, yo soy pre-moderno” es una de sus frases más logradas, la que mejor resume su punto de vista heterodoxo tan difícil de comprender. Para De Prada, seríamos una civilización más sólida si no hubiéramos matado a Dios, y nunca hubiéramos tenido la curiosidad de meternos donde no nos llamaban, y por supuesto si no hubiéramos inventado Facebook, la separación de poderes, el sufragio universal y la televisión.

La vida invisible

 

El porno, el rock’n’roll y la prensa del corazón son males equiparables entre sí: llagas del órgano purulento, pútrido, en el que se ha convertido nuestro sistema de valores, más propio del simio que del ser racional, y por tanto más coherente con la idea de un dios creador que nos dio libertad, e inteligencia para usarla sabiamente. Según De Prada, somos una especie fracasada: se empieza por perder valores sólidos, que dan respuestas a situaciones que profundizan en la congoja que produce el vivir sin futuro, sin rumbo, sin esperanzas ni expectativas de mejora, y se acaba, por ejemplo, pajeándose frente al ordenador. Causa y efecto: el porno no es malo por sí mismo, sino porque es un reflejo de nuestra incapacidad para sublimarnos y contactar con lo divino. Resulta lógico: nosotros no queremos ir al cielo, pero él sí.

 

Apocalíptico (des)integrado

Ni qué decir tiene que de Juan Manuel de Prada somos fanísimos, porque en él reconocemos nuestros pecados expiados, lavados hasta alcanzar un blanquísimo nuclear. De Prada es un ser superior que ha sabido domesticar las pulsiones eróticas, los bajos instintos, para extraer de ellos una alta materialización del arte, que es una de esas pocas cosas que nos alejan del gorila envilecido, cubierto de garrapatas, y nos acerca a Dios.

Recordamos con mucho cariño aquel primer libro suyo, ‘Coños’ (Valdemar, 1995), que era la versión refinada y culta de un catálogo de sexos femeninos que hasta entonces sólo podíamos disfrutar en las páginas del Clima, o el Lib. Se cuenta que en sus años de estudiante en la universidad de Salamanca, cuando Juan Manuel era todavía un joven alto y espigado, culto y locuaz, había ganado buena reputación de auténtico depredador sexual que no perdonaba ni una presa, a las que envolvía siempre entre versos de Valle-Inclán y léxico quevedesco, invitando a pasar al campo de plumas, o tálamo nupcial, para consumar la yuxtaposición genital.

Así, De Prada se hizo una idea de primera mano de la variedad de los coños castellanos, de sus formas y aromas, y lo reflejó en un librito picantón que remitía al ‘Senos’ de Ramón Gómez de la Serna, un libro sobre las curvas y las formas, las elasticidades y las durezas, del pecho femenino.

Aquel De Prada un poco rijoso nos gustaba porque iba por la vida como un joven Umbral, es decir, como un asaltador de habitaciones ajenas, cuyo verbo erecto y su lengua suelta desencadenaban, inexcusablemente, una consiguiente erección propia y un humedecimiento ajeno. Fueron fuegos fatuos de un beato de corazón que se abría al mundo exterior, por saber algo de él, hasta concluir que no le interesaba esta mediocridad –De Prada, como los gnósticos de los primeros siglos de la cristiandad, opinan que el mundo ya es el infierno–, y poco a poco fue recluyéndose en su cascarón reaccionario, el del no a todo –no a ultranza–, rechazando cualquier placer liviano y cualquier técnica diabólica. Prefiere el dolor del cilicio al coñazo de tener Twitter.

Las máscaras del héroe

 

Ustedes ahora se preguntarán: ¿y todo esto a cuento de qué? Podría haber sido a cuento de cualquier cosa. Por ejemplo, nostalgia de cuando De Prada era tertuliano en ‘¡Qué grande es el cine!’, aquel programa dirigido por José Luis Garci que olía a tabaco negro y a polla vieja, y en el que solía acudir para comentar películas clásicas de terror, siempre compartiendo opiniones con el más grande de los poetas españoles vivos, Luis Alberto de Cuenca. O admiración por algunos de sus textos más literariamente conseguidos, como ‘Las máscaras del héroe’, o ‘La tempestad‘.

También podríamos recordar cuando Prada aparecía en Intereconomía, alabando a Putin y cagándose en el comunismo, siempre con una buena colección de insultos bajo el brazo, o por sus recopilaciones de artículos, que si no los leemos en serio siempre nos hacen mucha gracia, y que si los leemos en broma resulta que están preñados de una gravedad alarmante. Pero lo hacemos porque De Prada tiene un nuevo libro entre manos, que hemos devorado con gula, con la misma ansia con la que un broker de Wall Street se acabaría una bolsa de un gramo comprada en viernes, y que ha sido una nueva constatación de que nunca debemos dejar que abandone nuestro panteón de dioses.

Juan Manuel de Prada, que llevaba una época escribiendo novelones de época, nunca de menos de 500 páginas y con un estilo abigarrado en el que ya no encontrábamos esas cosas livianas de su juventud, que eran los coños y la bohemia, el hambre y la intriga, sino cuestiones más nobles e históricas como la Guerra Civil y la pérdida de las colonias del imperio español –ocasos de la civilización, recuerden–, en realidad había dejado de gustarnos como escritor.

Nos gustaba su dimensión pública, sus exabruptos, esas fotos furtivas que le sacaba la gente en el metro, leyendo repantigado en el asiento, como si fuera Nerón en el triclinio, pero por fin ha llegado ‘Mirlo blanco, cisne negro’ (Espasa, 2016), que como él bien avisa es un ajuste de cuentas con el mundillo literario, y ahí es cuando se encienden las alarmas del morbo y el humor.

Volvió, o sea, el joven De Prada que nos gustaba horrores.

La cosa va así: un escritor pipiolo y prometedor, que podría ser ese joven De Prada al que aludíamos, el de la época de ‘Coños’, o de ‘El silencio del patinador’, intenta abrirse camino sin fortuna en una escena arbitrada por el suplemento literario Barataria, que ensalza a viejas glorias que escriben muermos –muy de lagrimones de risa el momento en el libro en el que caricaturiza a Javier Marías– y escritores nocilleros que publican bodrios pestilentes. Cuando todo parece perdido, el mozo lechal, Alejandro Ballesteros, traba amistad con Octavio Saldaña, un viejo escritor apestado, brillante, polémico y al que tildan de facha, con el que entablará una relación tóxica mientras intenta darle forma a su primera novela.

Mirlo blanco

 

Autobiografía deslumbrante

No es difícil ver en el escritor joven a un De Prada cachorro, miedica, y en Octavio a una mezcla entre Cela, Umbral, Sánchez Dragó y algo del propio De Prada de hoy, apestado porque no transige ni a izquierdas ni a derechas, que se mantiene firme en su convicción cristiana y en departir libremente sobre cuestiones cuya opinión no encaja en ningún molde, que se despatarra orondo por los platós y que muestra un desprecio evidente por cualquier muestra de estupidez incipiente o de apuntarse al carro de la opinión mayoritaria, lo que él llama “alfalfa sistémica”, y que tampoco cede un milímetro al retratarnos como gente pervertida y sin horizonte, drogadictos desalmados y pornófilos patéticos, chusma que, pudiendo hacer el bien –a los demás o a uno mismo, ya sea contribuyendo a la sociedad con obras nobles o cultivando el espíritu con arte afianzado en valores clásicos–, nos dedicamos a ver porno por los sitios, a disfrutar de vaginas carnosas como si fueran productos de charcutería, y en definitiva a ayudar en la erosión de las bases de nuestra civilización, que se va a pique y que algún día arrasarán los rusos, o los del ISIS, o los chinos, culturas con su más y su menos de repugnancia, pero que no han cedido a la tontería de la posmodernidad.

Lo dicho, para todo Joker hay un Batman, y nosotros siempre tendremos a Juan Manuel de Prada diciéndonos como Pepito Grillo que somos la vergüenza de la especie, un aborto de ciudadanía, una recua de carininfos, barbilindos y petimetres que manchamos con nuestras sucias manos la belleza de la obra de Dios. Y lo peor es que tiene razón: nos gusta el porno, nos gusta el vicio y somos escoria incorregible.

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4 Responses to De Prada nos llama basura (y tiene razón)

  1. Josep Pagés i Canaleta deCARDEDEU dice:

    Esto ya es antiguo insultar despreciar a los que les gusta el sexo el porno , algunos ban de Puritanos i son unos puteros y mas guarros y asquerosos que nosotros . Que nos guste el porno sexo no es malo ser Persona corrupta o politico corrupto si es malo …EL SEXO PORNO NOS HACE FELIZ Nos da alegria lo que digan algunos hasen reir critican lo que tambien les gusta a ellos …LO QUE DICE PRADA Es como aquel que dice EL DINERO NO DA HACE LA FELICIDAD .. Que se lo digan a los pobres si no son mas felices con un poco de dinero he en las manos . ..EL SEXO es EL PAN NUESTRO DE CADA DIA …Un Matrimonio una Pareja sin tener un buen Sexo nunca sera feliz .. ¿ ORQUE HAY TANTAS PUTAS ? Son para gente como PRADA Que hacen a las Putas lo que no hace a su pareja SIN PUTAS HABRIA MUCHAS MAS VIOLACIONES ….

  2. atenea dice:

    Somos morbosos y cachondos por naturaleza

  3. alex dice:

    En el fondo tiene razon, somos unos sucios empedernidos jejejeje

  4. Alex dice:

    En el fondo tiene razon somos unos sucios empedernidos jejejej

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