Échate un Casquet Fusionando Shibari con jazz

Buscando el final de la noche, Casquet se cuela en un local barcelonés en el que se puede formar y se practica una de las más exquisitas fusiones concebibles: música y cuerdas, jazz en directo y shibari.

Club Rosas 5
Noemí Casquet / Fotos: Agustín Tentesion | 13/03/2014 - 13:17

Hay fusiones que mejoran sustancialmente la materia prima inicial. Las patatas ganan mucho si les añades salsa brava, y la ducha, de por sí estupenda, se convierte en algo aún mejor si la compartes con otra persona. Pero desde hace unos días sé que hay una combinación que supera a la mayoría de las alternativas imaginables: el jazz y el shibari.

¿Y qué es eso del shibari, te preguntarás? Para resumirlo, es el la versión ritualizada y japonesa del bondage. Es el arte de atar a una persona con cuerdas de yute y, en la mayoría de los casos, suspenderla en el aire mediante una anilla plateada fijada en el techo.

El shibari presiona los puntos sensibles y erógenos del atado, juega con la presión y con la relajación y se centra en el roce de la cuerda, que excita potencialmente todos los sentidos. Los nudos y las composiciones son muy diversos, y presenciar una exhibición de shibari es un verdadero placer para los sentidos. En mi caso, como soy una fanática de las fusiones, tenía que presenciar esas noches de shibari y jazz que se realizan en un local barcelonés llamado Club Rosas 5. Pero, ¿cómo surge esa mezcla?

 

Atado y bien atado

Kurt, fundador del club y Jorge, dueño del Bel-Luna, eran grandes amigos. Suya fue la idea de combinar shibari y música en el célebre club de jazz barcelonés. Hace unos años se produjo un brusco parón: Kurt falleció y el Bel-Luna cerró temporalmente sus puertas. Por fin, en enero de 2014 nacen las noches de shibari y jazz en el Club Rosas 5, un sentido homenaje a esa historia de amistad entre las cuerdas y el jazz. Entre Kurt y Jorge.

Actualmente, el club tiene dos propietarios: MJ, una mujer joven, de contagiosa simpatía y estética ‘alternativa’, con piercings y tatuajes por todo el cuerpo y mechones lila en el pelo, y Andrés, un hombre con una peculiar barba, pelo entrecano y una notable predisposición a dar cálidos abrazos de bienvenida. El club está perfectamente insonorizado: no hay el menor indicio de lo que ocurre tras su puerta de madera iluminada por una luz tenue.

El pasado viernes, yo estaba ansiosa por presenciar la que me habían asegurado que era una de las mejores fusiones que existen. Nada más entrar, colgué mi chaqueta en el pequeño vestidor y saludé a MJ y a Andrés. Había gente y humo, que merodeaba entre persona y persona. Es un club privado, así que en él se puede fumar. Detrás de la barra estaba Lady Extraña, una chica joven con el pelo corto y rosa, con pajarita y una gracia innata. Hacía tiempo que no nos veíamos. Me pedí un refresco y pregunté a qué hora empezaba el show. “A partir de las doce” me dijeron. Tenía una hora de margen. Aproveché para hacer algo de relaciones públicos, y fue así como conocí a Agustín Tentesion, uno de los mejores fotógrafos de Barcelona que retrata la esencia del BDSM y del shibari en todo su esplendor.

Un cuarto de hora antes del momento previsto, subí las estrechas escaleras que dan paso a la mazmorra. Sí, la mazmorra: una pequeña sala llena de cruces de San Andrés, potros y una ruleta gigante como las del circo, a la que solo le faltaba el lanzador de cuchillos. Del techo colgaba una cadena con una anilla gigante plateada.

En cuestión de minutos, se llenaron tanto el local como la mazmorra, y yo me apretujé entre un pequeño grupo de jóvenes encorsetadas. Los músicos entraron con cara descompuesta. Eran tres: el pianista y cantante, el contrabajo y el batería. El grupo se llama Cool Grinders y su especialidad es la improvisación.

– ¿Qué queréis que hagamos? – preguntó el cantante

-¡Uy! Aquí no digas según qué cosas – soltó una mujer entre el público.

La cara de terror de los músicos era  de película. Todos nos reímos. Menos ellos, que esbozaron una sonrisa forzada y se miraron, nerviosos.

– Esta tarde hemos tocado en un local para abuelas y ahora estamos aquí. Esta es la vida de los músicos, amigos.

Y sonó la música. Una hora de jazz y blues que hizo mover esos tacones de aguja marcando el compás.

 

Éxtasis entre cuerdas

Después de una larga pausa, entraron MJ y Andrés. Ella, tapada con una bata roja. Y él, vestido de negro y con su corbata roja.  Tras una introducción en tono jocoso, bastón con que Andrés rozase la piel de MJ para que la atmósfera cambiase al instante. Ella se inclinó y desvió la mirada, como entregándose a la experiencia. Él la empezó a atar con fuerza y delicadeza, mientras se derretían en cada roce.

Había algo íntimo, casi sexual, en la relación que se establecía entre ellos. Y nosotros lo percibíamos con nitidez. Empezábamos a compartir su excitación. Entraron los músicos, sigilosos, y empezaron a tocar. ¿Qué música se toca en estas ocasiones? Suave jazz de fondo para ambientar cada movimiento. Andrés recorría la piel de MJ con las cuerdas mientras la anudaba. Ella se dejaba. Estaba indiferente. Cuando pasaba por su pecho se paraba, le acariciaba, disfrutaba de sus piel y su cuerpo como nunca. Había una conexión excitante. Y el jazz incrementaba esa sensación.

MJ tenía los brazos atados al cuerpo y los pies perfectamente unidos. Se acercaba el momento cumbre, el de suspensión. Andrés pasó las cuerdas por las anillas y elevó el cuerpo inerte. Todos aplaudimos. Qué maravilla. Pero aún quedaba más. Una cuerda recorrió el cuello de MJ mientras la tensión en el público se hizo presente. El cuello es una zona especialmente delicada cuando se realiza el shibari, porque un exceso de presión puede llevar a la asfixia por estrangulamiento. Para evitar tensión en esa zona, el ‘maestro’ le ató el pelo y la cara y la colgó en la anilla, junto a las otras cuerdas que ataban su cuerpo y sus pies. Le dio un pequeño empujón y MJ empezó a girar sobre sí misma, totalmente embriagada. Los músicos casi se olvidaron de tocar. Aquello rozaba lo sublime.

Pasaron pocos minutos y Andrés empezó a desatarla. Cada cuerda que le quitaba equivalía a un roce y más excitación, hasta que desató todos los nudos y se besaron. Todos aplaudimos como locos. Habíamos presenciado una perfomance extraordinaria.

Al poco me fui. Se acercaban las horas salvajes de la madrugada y yo me moría de cansancio. Me despedí de todos, felicité a los protagonistas del show y me fui a mi casa. Había presenciado una de las mejores fusiones que el ser humano puede realizar. Un placer auditivo y visual. Un arte muy excitante. Toca esperar a la siguiente noche de jazz y shibari que se realizan el último viernes de cada mes en el Club Rosas 5. Perdérselo es pecado.

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